Dios
lo hizo todo, conoce todas las cosas reales y posibles de manera perfecta,
sabía lo que habría de pasar y sabe lo que habrá de pasar. Nadie puede
equipararse al Señor, Creador del universo, nadie puede competir con Dios y
arrogarse su inmenso poder o su ilimitada sabiduría. Así lo pondera el profeta
Isaías:
“¿Acaso
no lo sabes, es que no lo has oído? El Señor es un Dios eterno que
ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, es insondable
su inteligencia” (Isaías 40:28).
“Yo
soy Dios. Lo soy desde siempre, y nadie se puede liberar de mi mano. Lo que yo
hago ¿quién podría deshacerlo?” (Isaías 43:13).
“Yo
soy el Señor, que hace todas las cosas. Despliego los cielos por mí mismo,
pongo los fundamentos de la tierra” (Isaías 44:24).
Desde
antes de la expulsión del Paraíso, Dios conoce al hombre pero decidió dejar que
decidiera por sí mismo qué hacer. Lejos de tratarnos como marionetas, porque
nos ama, nos concede el libre albedrío para que elijamos entre la ciencia del
bien o del mal. Si como dijo Santa Teresa “amor saca amor”, sabido es que la
avaricia, la envidia, el odio, el egoísmo, la maldad, provocan enfrentamientos,
guerras, enfermedades y otras calamidades. El profeta se hace eco de esta
capacidad de elección:
“Ellos
eligieron sus caminos, estaban encantados con sus abominaciones” (Isaías 66:3).
En
medio de esta zozobra que caracteriza al ser humano, también Dios, a través de
su Palabra, nos ha indicado el único camino correcto y sensato –sabio– a
seguir. Nadie que la conozca puede llamarse a engaño:
“Que
el malvado abandone su camino, y el malhechor sus planes; que se convierta al
Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Porque
mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos” (Isaías
55:7-8).
"Esto dice el Señor: Observad el
derecho, practicad la justicia, porque mi salvación está por llegar, y mi
justicia se va a manifestar” (Isaías 56:1).
“La
vida de los justos está en manos de Dios, y ningún tormento los alcanzará”
(Libro de la Sabiduría
3:1).
“Son
necios por naturaleza todos los hombres que han ignorado a Dios y no han sido
capaces de conocer al que es a partir de los bienes visibles” (Libro de la Sabiduría 13:1).
Estos
mensajes, para muchos propios de arcanas profecías, siguen estando vigentes.
Múltiples son los ejemplos, aunque nos interesa –por la cercanía de muchos de
los que lean estas palabras al ámbito misionero– destacar del mensaje del Papa
Benedicto XVI, con motivo de la Jornada Mundial de las Misiones 2011, lo
siguiente: “Es cada vez mayor la multitud de aquellos que, aun habiendo
recibido el anuncio del Evangelio, lo han olvidado y abandonado, y no se
reconocen ya en la Iglesia; y muchos ambientes, también en sociedades
tradicionalmente cristianas, son hoy refractarios a abrirse a la palabra de la
fe. Está en marcha un cambio cultural, alimentado también por la globalización,
por movimientos de pensamiento y por el relativismo imperante, un cambio que
lleva a una mentalidad y a un estilo de vida que prescinden del mensaje evangélico,
como si Dios no existiese, y que exaltan la búsqueda del bienestar, de la
ganancia fácil, de la carrera y del éxito como objetivo de la vida, incluso a
costa de los valores morales”.
Sin
embargo, este cambio cultural, materialista y global, hacia un nuevo orden
mundial, no es pacífico y hace que se tambalee el modelo actual de sociedad del
bienestar, la economía y la política (endeudamiento, desempleo, revueltas
sociales, vandalismo callejero, precariedad laboral, especulación y corrupción
política, enfrentamientos políticos) y, por supuesto el modelo de valores. Así
lo expresaba el entonces cardenal Joseph Ratzinger en la conferencia que
pronunció en la biblioteca del Senado de la República Italiana ,
el 13 de mayo de 2004 sobre los fundamentos espirituales de Europa: “Con la
victoria del mundo técnico-secular post-europeo, con la universalización de su
modelo de vida y de su manera de pensar, da la impresión de que el mundo de
valores de Europa, su cultura y su fe, aquello sobre lo que se basa su identidad.,
ha llegado al final y esté saliendo del escenario; da la impresión de que ha
llegado la hora de los sistemas de valores de otros mundos, de la América precolombina, del
Islam, de la mística asiática. Europa, justo en esta hora de su máximo éxito,
parece haberse vaciado por dentro, paralizada en cierto sentido por una crisis
de su sistema circulatorio que pone en riesgo su vida. Ello se debe a una
disminución interior de las fuerzas espirituales importantes y a una extraña
falta de deseo de futuro, pues los hijos son vistos como un límite para el
presente y no como una esperanza”.
Cobran
actualidad las palabras del Evangelio de Mateo pronunciadas por Jesús
inmediatamente antes de comenzar su pasión cuando los discípulos le preguntaron
“¿cuál será el signo de tu venida y del fin de los tiempos?”:
"Estad atentos a que nadie os
engañe, porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Mesías, y
engañarán a muchos. Vais a oír hablar de guerras y noticias de guerra.
Cuidado, no os alarméis, porque todo esto ha de suceder, pero todavía no es el
final. Se levantará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá
hambre, epidemias y terremotos en diversos lugares; todo esto será el comienzo de los dolores. Os entregarán al suplicio y
os matarán, y por mi causa os odiarán todos los pueblos (…) pero el que
persevere hasta el final se salvará” (Mt 24:1-13).
Y
continúa diciendo:
“Aprended
de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las
yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis todas estas
cosas, sabed que él está cerca, a la puerta. En verdad os digo que no
pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán,
pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce,
ni los ángeles de los cielos ni el Hijo, sino solo el Padre” (Mt 24:32-36).
No
sólo el cristiano si no el lector que se aproxime a estas palabras en el
contexto de la actual situación mundial ¿puede permanecer indiferente?
¿Constituye la crisis sanitaria que azota el mundo provocada por la pandemia
del coronavirus, un nuevo signo visible de los tiempos? No es fácil la
respuesta, pero lo que sí es cierto, como afirmamos al principio, es que Dios
conoce todas las cosas reales y posibles de manera perfecta y sabe lo que ha de
pasar en cada momento, y que nosotros somos los que elegimos entre la ciencia
del bien o del mal.
Por
eso, cuando los valores sociales de hoy en día se caen, cuando el éxito y el
dinero no lo pueden todo, ha llegado el momento de darnos de bruces con la
realidad. Efectivamente, que nadie se engañe, este sistema de vida no podía
mantenerse siempre. Sólo nos queda buscar razones profundas que nos lleven a
vivir en plenitud nuestra existencia para recuperar la confianza en el hombre,
volver nuestra mirada a los valores de nuestra fe, promover
un humanismo nuevo fundado en el Evangelio de Jesús y adorar al Padre:
“Se
acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al
Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios
es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad” (Jn
4:23-24).
Siendo
esto así, los cristianos deben aprender a ofrecer
signos de esperanza y a convertirse en hermanos universales, cultivando los
grandes ideales que transforman la historia y, sin falsas ilusiones o inútiles
miedos, comprometernos a hacer del planeta la casa de todos los pueblos. Una
mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los
comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su
servicio, como nos dice San Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris
missio, 1, sobre la permanente validez del mandato misionero.
Se impone, más que nunca, una reflexión profunda sobre el sentido
de nuestra vida y la necesidad de tomar conciencia renovada de la urgente
misión de anunciar el verdadero amor.
Muy bueno, amigo. Me ha encantado, aunque estrás de acuerdo conmigo que para escribir este documento epistolar hay que saberse situar. Un abrazo. Dionisio
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