sábado, 28 de marzo de 2015

MEDITACIONES BAJO EL CRISTO DE LA EXPIRACIÓN

 Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: “Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz”. De igual modo, también los sumos sacerdotes comentaban entre ellos, burlándose: “A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos”. También los otros crucificados lo insultaban.
Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí Eloí, lemá sabactaní (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)… Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
Marcos 15 (29-37)

Cada Viernes Santo me aplico con los rituales aprendidos  repetidos desde hace años. La túnica cuelga planchada en el salón. Una torrija para merendar. Y el olor de la crema de zapatos; ningún otro día me esmero tanto en su limpieza y brillo. En la Iglesia, una sorda y contenida emoción compartida al comprobar que todo está preparado y va a salir bien.

Las cuentas de mi rosario acompañan a Nuestra Señora que camina al son de marchas fúnebres, divisando allá al final de la calle a su Hijo, que recorre las calles con un andar sobrio y silencioso. Cristo está exhalando su último aliento. ¿Por qué entonces siento un íntimo gozo?

En la Cruz, Jesús levanta su mirada al cielo, se dirige al Padre, le interpela, le acusa.
CRISTO DE LA EXPIRACIÓN
No es sólo dolor físico. A fin de cuentas el dolor físico no es otra cosa que una sensación biológica. Nada comparado con las impresiones que pueden recorrer la compleja mente humana. Si hubiese sentido solamente dolor, sabiendo que la pasión no era más que un trance que iba a tener un final glorioso, hubiese sentido algo parecido a una mujer dando a luz o que el corredor de maratón que llega exhausto a la meta. Un gran dolor, pero también la ilusión por lo que viene después, la satisfacción interior por lo bien hecho.

CRISTO DEL MUSEO
Según sus propias palabras se siente abandonado. Es el sentimiento de quien ha sido traicionado por los suyos, humillado por sus enemigos, de quien unos días antes había sido recibido entre vítores y alabanzas y ahora fracasa en su proyecto. De quien es arrojado a lo más bajo de la escala social: a una muerte ignominiosa entre bandidos.

  
Oyendo y contemplando la escena, en la mirada acusadora o al menos interrogante de Jesús al Padre en sus últimos segundos reconocemos sentimientos puramente humanos, impropios de un Dios que guarda un as en la manga. Siente como cualquier hombre todo aquello que se ha proyectado sobre Él: humillación, abandono, traición… Pero también siente el miedo, la desesperación, la incertidumbre que cualquier otro hombre sentiría en su lugar.

Pesebre y Expiración, son los dos momentos más significativos del abajamiento, de la encarnación del Hijo de Dios. De querer sentir la debilidad del recién nacido y la zozobra de la muerte tras una dolorosa derrota.

LA VIRGEN
DE
 LOS PALAFRENEROS
(CARAVAGGIO)
Su madre se llamaba María y su abuela Ana, pero podrían haber sido unas lavanderas italianas de piel arrugada y uñas sucias. Se llamaba Jesús vivió en Palestina, pero se podría haber llamado Cachorro, y ser un gitano de mala vida de un arrabal de Sevilla, que muere de una mala puñalada, y siente desesperado que se le escapa la vida y se aplica en vano y con denuedo a inspirar aire que le vivifique.


EL CACHORRO
Contrariamente al poeta, me gusta rezar a este Cristo derrotado, más que al que anduvo en el mar. Porque es ese el Dios en el que quiero creer. El que quiere vivir y padecer como uno más, para decirnos “No tengas miedo. Estoy contigo. Yo también pasé por ahí”. El que, estoy convencido y que me perdone la Santa Inquisición, quiso dejar su condición divina en las alforjas de la Borriquita para padecer la Pasión como la sufriría cualquier otro hombre. Sin ventajas. 

Es esa alegría de creer en un Dios tan lleno de Amor la que me llena de agradecimiento y de gozo íntimo acompañándolo en su Pasión.

No existe el Cielo en la tierra. Solo anticipos. Quien se lo fabrique vivirá con el temor a perder lo que tiene y miedo a la muerte. Quien así viva, no comprenderá la emoción que siente el hombre sufriente ante la Cruz.

Me gusta más la austeridad del románico castellano que la majestuosidad del gótico francés. Más la piedra que el cristal. Me resulta más fácil adorar a Dios en lo pequeño y humilde que en las grandezas de la Creación.

Yo soy el que ha fracasado, el derrotado, el débil. Soy el que se ha equivocado y lo sabe. Soy el que tiene miedo. Soy el inmigrante que cree que llama a las puertas del paraíso. Soy el que depende de otros para sobrevivir. Yo soy el hijo pródigo. Soy la mujer adúltera, un marido infiel. Soy un preso, pero no de los injustamente perseguidos, yo soy culpable. Yo soy Charlie, y al mismo tiempo su asesino. Soy el copiloto de Germanwings. Soy la madre que entierra a su hijo.

Mi Dios ha querido sentir y vivir conmigo lo que soy. Por eso, cada Viernes Santo visto mis mejores galas, por dentro y por fuera, me agarro a la Cruz y camino con Él.






Manuel Del Rey Alamillo    

martes, 24 de marzo de 2015

LACRIMATORIOS

Lo malo de no saber quién fue tu padre, es la profesión de tu madre.
En cuanto pude, salí huyendo de la calle Rey Heredia. Aquello era, y seguirá siendo, un agujero negro. Todavía recuerdo a mi madre, más pintada que una puerta, la pobre, sentada en el zaguán de nuestra casa, poniendo al mal tiempo buena cara. En aquella calle, y para aquellas señoras, no existía glamour que valiera…

Todo el día había faena: que si cambio de sábanas, que si ajetreo de palanganas, que si hay que ventilar el cuarto… Y ella me miraba con resignación, con un punto de vergüenza y dándome a entender que, a veces, lo que toca es lo que toca. Y no hay más.

Me gustaba jugar con las demás niñas cerca de mi calle, en una plazuela empedrada. Me encantaba mirar aquel muro encalado, por encima del cual asomaban unos cipreses que me parecían altísimos. “En esa casa vive un señor que mi madre dice que es judío y que es muy rico”, nos contaba siempre nuestra amiga Elena.

Un día nos dio por entrar en el palacio que había al otro lado de la plaza. “Museo Arqueológico”, decía en una placa a la entrada. Allí dentro, había un montón de cosas de los antiguos, como los llamaba Elena.

Por aquel entonces, un señor de esos de corbata de lazo y sombrero venía casi todos los días a ver a mi madre. A escondidas, la oía comentar ufana con sus compañeras que aquel señor tan elegante “la iba a retirar”. Él trabajaba en el Museo ese de la plaza y algunas tardes paseaba conmigo y me explicaba las cosas de los antiguos. Y a mí, por las noches, me daba por imaginarme como una gran señorona de esas que llevaban túnica y anillos y se rizaban las pestañas y se ponían ungüentos con la ayuda de sus esclavas…

Lo que más me gustaba era asomarme a la vitrina en la que se exponían los lacrimatorios. Vaya palabra, siempre me costó pronunciarla. Me sugestionaba imaginar las vidas de aquellos señores que recogían sus lágrimas en aquellas vasijitas de distintos colores ¡El vidrio se veía tan delicado, tan frágil! Incluso alguna vez conseguí que mi madre me acompañara a mirar aquellas piezas que me obsesionaban ¡qué tiempos!

Caramba, creo que me estoy poniendo más melancólica de la cuenta pero, ¿a quién se lo voy a contar si no es a ti? Anda, Alicia, ponme otro gin-tonic a ver si me vengo arriba. Ese anillo que llevas en la derecha lo tengo atravesado esta tarde. Me está recordando a la sortija de aquel señor con la que le señaló la cara a mi madre de un bofetón la última vez que estuvo en casa...

El día que me fui de aquella calle, no volví la vista atrás. No quería que nada me atara allí. Ni mi madre tampoco lo quería. Así hasta la semana pasada, cuando me telefonearon las monjitas de la residencia. Hacía mucho tiempo que esperaba aquella maldita llamada. Me entregaron las cuatro cosas que mi madre atesoraba: algunas estampitas de santos (a su San Antonio y a su Santa Rita no había quien les tosiera), una peina de carey, fotos mías de pequeña y una cajita lacada que yo jamás había visto.

Mandé a los niños con Roberto a la calle, no quería a nadie a mi alrededor en aquel momento. Cuando abrí la caja, ya a solas, me pareció que el Tiempo se detenía. Allí dentro estaba, durmiendo una especie de sueño eterno, el lacrimatorio azul que tanto me obsesionaba cuando lo miraba de pequeña. En un trocito de papel, con su caligrafía insegura, decía: “Para Manuela. Mamá”.

Fue entonces cuando las lágrimas, al fin, comenzaron a salir sin estorbo, llenando el lacrimatorio mansamente, limpiándome las entrañas, podridas y acartonadas desde hacía mucho tiempo.

Y, como una patricia romana, desee que a mi madre, al menos, la tierra le fuera siempre leve.

Aunque no sé muy bien qué hago contándote esto a ti…

        Enrique García Luque


* Relato finalista del Concurso de Relato Breve del Museo Arqueológico 

miércoles, 18 de marzo de 2015

¿POR QUÉ LA PESETA TIENE 4 REALES?

Felipe V, 2 reales de 1719, ceca de Segovia.
Realizados en el Ingenio por laminación

Carlos III, 4 reales de 1772, ceca de Lima. De tipo columnario.

Fernando VII, 8 reales de 1814, ceca de Potosí.
Peso: 26´8 gr

Las tres monedas que se han expuesto al inicio son un ejemplo de la infinidad de reales que se pueden encontrar dentro de lo que es el imperio español.
Múltiplos del real se utilizan lógicamente para piezas de mayor valor y tamaño. En el sistema antiguo lo serán de 2, 4 y 8 reales.
Hasta Carlos III todas estas piezas tenían por una parte el denominado escudo de dominios y por la otra ese escudo en forma de rosa (véanse los dos reales de Felipe V), Ese escudo en forma de rosa lo repetirá Franco en las monedas de 100 pesetas de plata. 
O eran de tipo columnario (véanse los 4 reales de Carlos III).
Y ya con Carlos III comienzan a aparecer los bustos reales en las monedas a la vez que un escudo en el reverso que con pequeñas diferencias se mantiene hasta la actualidad (véanse los 8 reales de Fernando VII)

La combinación de los distintos elementos descritos, escudo de dominios, columnario… unidos a las distintas cecas, años y algún otro elemento más da como resultado un número de bastantes cientos de reales distintos. La causa ya se dijo, su tiempo de uso llega a los 700 u 800 años.

Isabel II, 100 reales ceca de Barcelona
Peso: 8´35 gr

Si el valor facial sobrepasaba los 8 reales en el sistema antiguo o 20 reales en el moderno y se mantenía la plata como metal habríamos tenido piezas excesivamente grandes, lo que hubiese supuesto una incomodidad para llevarlas en el bolsillo. En este caso se echaba mano a un metal más caro, el oro. Es el caso de estos 100 reales.

La revolución de 1868 conlleva el destronamiento de Isabel II, la instauración del Gobierno Provisional, la supresión de unidades como el real y el escudo que tenían una clara referencia monárquica, y la instauración de la peseta. Pero el pueblo es el señor y su voluntad no se tuerce siempre políticamente. El pueblo decide seguir aplicando la denominación real a las monedas de 25 céntimos de peseta, porque si  4 reales se transforman en 1 peseta, pues 25 céntimos de peseta es un real. ¡¡Está clarísimo!!


Isabel II, 4 reales de 1853 de la ceca de Barcelona
Peso: 5´1 gr 
  
Gobierno Provisional, 1 peseta de 1869, Madrid
Peso: 4´6 gr

Ahí están. Son dos monedas exactamente iguales en cuanto al metal, tamaño y peso, la primera de 4 reales y la segunda de 1 peseta (las 4 décimas de gramo que le faltan a la segunda son debidas a la evidente pérdida por desgaste mientras que la décima de gramo que le sobra a la primera posiblemente se debería a una mala calibración de la maquinaria). Por eso el pueblo llamó indistintamente a esta segunda como peseta o 4 reales.
A partir de ahí la peseta tenía 4 reales.

    Juan Manuel López Márquez

martes, 17 de marzo de 2015

VISITA AL MUSEO


Con el cuadro "VISITA AL MUSEO" nuestro amigo y socio Antonio Pérez participa en esta exposición DEL GRAFITO A LA VELADURA que se inauguró ayer lunes 16 de marzo en la Diputación de Córdoba y que estará abierta hasta el próximo sábado día 28 de marzo.

Estáis invitados y os animamos a visitarla.

sábado, 14 de marzo de 2015

MURALLAS Y PUERTAS DE CÓRDOBA III (ÉPOCA BAJOMEDIEVAL, PUERTAS DE LA VILLA)

Córdoba, como en todas las ciudades medievales fortificadas, se comunicaba con el exterior a través de las puertas existentes en la muralla , en las que se iniciaban los caminos que conducían a principales núcleo urbanos más próximos.
En este tercer apartado y debido al número de puertas y postigos existentes en la época bajomedieval, nos referiremos sólo a las puertas y postigos de la Villa que figuran en el Plano de los Franceses de 1811, exactamente las mismas que existían en tiempos de la conquista de Córdoba por Fernando III año 1236.
Las puertas, que estaban guardadas por los jurados al igual que las torres, se cerraban de noche quedando la ciudad incomunicada con el exterior. Según Orti Belmonte, la mayoría de las puertas se abrían al amanecer y se cerraban con el toque del Ave María, mientras que las del Puente, Gallegos, Rincón y Plasencia, se cerraban a la una de la madrugada y se abrían a las nueve en invierno y a las ocho en verano.
Si bien, en los anteriores escritos sobre las murallas, se ha mencionado algunas de las distintas puertas de élla, ahora, se trata de hacer una breve descripción de cada una de éllas y de los postigos. Partimos de la situada en el puente romano siguiendo por la muralla en el sentido de las agujas del reloj.
Plano de los Franceses
  
Puerta del Puente:
Situada en el lienzo meridional de la muralla de la villa, existió desde época romana, siendo conocida en el momento de la conquista, según el plano de Ocaña Jiménez, como puerta del Puente o Algeciras. En los siglos bajomedievales pertenece a la collación de Santa María y es denominada con el topónimo de Puerta del Puente, por su situación a la entrada del puente romano. Fue la puerta más importante de la ciudad en este período históríco, ya que era el paso obligado para todo el tráfico de viajeros y mercancías con el sur a través del puente. Tuvo por tanto, un gran movimiento en sus alrededores, pues cerca a ella estaba la aduana y más tarde el peso del trigo y de la harina.
No se ha conservado descripción alguna de esta puerta en la época bajomedieval, siendo construida en la segunda mitad del siglo XVI en estilo herreriano que es como ha llegado hasta nosotros, pues una vez resuelto el problema del tráfico en esta zona al margen de la puerta, ha quedado como testimonio artístico-arqueológico.
Puerta del Puente

Puerta de los Sacos:
Situada en la esquina meridional de la huerta del Alcázar, entre dos torres cuadradas unidas por un arco, se encontraba en el siglo XVII en mal estado de conservación, por lo que la puerta, según nos informa Vaca de Alfaro, recogiendo a su vez lo que dice P. Martín de Roa en su “Principado” , llevaba ya bastantes años cerrada. Ha cambiado de sitio varias veces en el transcurso de los siglos modernos al restaurarse el ángulo donde se encontraba primitivamente y la muralla de la huerta del alcázar. Por ubicarse un molino cerca de esta zona de la muralla, era la puerta por la que se entraba la harina molida al alcázar, de donde tomó este topónimo en la Baja Edad Media, a partir de la construcción en la segunda mitad del siglo XIV de este lienzo de muralla, que cercaba la huerta del alcázar.

Puerta de los Sacos

Puerta de Sevilla:
Ubicada en el saliente suroccidental de la muralla de la Villa que fue construido para cercar el Alcázar de los Reyes Cristianos, la huerta del Alcázar y el Alcázar Viejo. Fue edificada, al igual que esta parte de la muralla en la segunda mitad del siglo XIV, estando situada algo más al oeste de una puerta musulmana perteneciente al recinto fortificado del alcázar, en el cerramiento de la Almedina, denominada en el plano de Ocaña Jiménez Puerta de Sevilla o de los Drogueros.
La puerta de Sevilla cristiana, denominada así desde su construcción, por el lugar desde donde se iniciaba el camino que conducía a dicho población, ha sido un problema arqueológico. Para el licenciado Pedro Díaz de Rivas en su libro Antigüedades de Córdoba era una torre albarrana desviada de la muralla, de un gran porte y altura y de planta cuadrada. Sin embargo, esta torre no es sino la torre albarrana que defendía la puerta de Sevilla, que era la entrada al Alcázar Viejo, perteneciente a la collación de San Bartolomé y que al romperse la muralla frente al cementerio de la Salud, hizo desaparecer la puerta, como se puede observar en el Plano de los Franceses, si bien este lugar ha conservado hasta hoy dicho topónimo.

Puerta de Sevilla

Puerta de Almodóvar:
Situada en el lienzo occidental de la muralla de la villa, coincide con otra existente en época romana y califal, denominada en el plano de Ocaña puerta del Nogal o de Badajoz. Conocida con el nombre de Puerta de Almodóvar desde los años siguientes a la conquista de la ciudad en 1236, debido a que éste era el lugar donde se iniciaba el camino que conducía a dicha población, perteneciente al término de Córdoba, ha mantenido dicho topónímo hasta nuestros días.
Junto a esta puerta que servía de divisoria entre las collaciones de Santa María y de Omnium Sanctorum, se extendía la Alhadra y el  fonsario de los judios. Estaba constituida por un arco de herradura apuntado y flanqueado por dos torres almenadas, que la encuadran, estando la parte alta del muro renovada en época cristiana. Fue restaurada  a principios del siglo XIX con una portadita interior, que vino a darle una mezcla de antiguo y moderno que le ha hecho perder casi por completo su merito. Tuvo al igual que la puerta de Servilla, una torre albarrana, que fue destruida en el siglo XIX. Sin embargo, la puerta si pudo escapar de la destrucción de los años contemporáneos, llegando hasta nosotros de la forma antes dicha.

Puerta de Almodóvar

Puerta de Gallegos:
Ubicada igualmente en el lienzo occidental de la muralla de la Villa, coincide también con otra existente en época romana y califal, llamada en la última etapa musulmana, según el plano de Ocaña Jiménez, puerta dee Amir al Qurishi. El topónimo de Gallegos aparece desde los primeros años de la conquista, sin que su motivo aparezca muy claro. Fue construida por los árabes “con sillares de piedra franca almohadillados y dos colosales columnas a los lados, dándole una forma muy gallarda; los capiteles de éstas eran romanos, lo cual hace sospechar fueron restos de otra portada anterior; después de la conquista le hicieron nueva la parte superior, colocándole en el centro las armas de Castilla y a los lados, en los frentes de unas acroteras que tenían la decoración, le pusieron los escudos de Córdoba, existiendo cerca de ella, como dijimos anteriormente, una torre albarrana unida a la muralla por un arco que se asemejaba algo a la de la Malmuerta. Esta era la torre octogonal de tapiería de cal, arena y ripio de la que nos habla Orti Belmonte recogiendo la descripción que hace del lienzo occidental de la muralla Pedro Díaz de Rivas en sus Antigüedades de Córdoba.
Junto a esta puerta que pertenecía a la collación de San Nicolás de la Villa, era donde sacaban el barro, extendiéndose delante de ella una serie de huertas y viñas. Su aspecto externo fue modificado como consecuencia del terremoto ocurrido a mitad el siglo XVIII siendo totalmente destruida en la segunda mitad del siglo siguiente al igual que la torre defensiva por lo que no ha llegado hasta nosotros, si bien su topónimo se ha mantenido popularmente.  
Puerta Gallegos
Puerta de Osario:
Situada en el lienzo septentrional de la muralla de la villa, era una antigua puerta romana y califal, denominada por Ocaña Jiménez para la última etapa musulmana con el nombre de puerta de León, de los Judíos o de la Recta Dirección. El topónimo Fonsario u Osario, con que se conoce en la Baja Edad Media, proviene de la existencia en sus proximidades de un cementerio. Se encontraba “abierta entre dos hermosas torres, hechas o reedificadas después de la conquista y aún tuvo a la derecha saliendo, otra muy hermosa y que debió tener comunicación por unos arcos en la antigua muralla. Esta puerta, que da salida al Campo de la Merced, tenía a su izquierda una torre albarrana, que fue demolida al igual que la puerta y esta parte de la muralla a finales del siglo XIX y principios del XX, llegando, sin embargo, su topónimo hasta nosotros.  

Puerta Osario

Puerta del Rincón:
Esta puerta pertenece a la muralla de la Ajerquía y será descrita en su momento.

Portillo del Bailío:
Situado en el muro oriental de la Villa, que separa ésta de la Ajerquía, se abrió después del amurallamiento de la Al-Sharqyya para comunicar ambas partes de la ciudad y no tenía denominación conocida, según Ocaña Jiménez, en el momento de la conquista. Posteriormente tampoco hemos encontrado topónimo alguno de este portillo perteneciente a la collación de San Miguel, si bien a finales del siglo XIV al dar los límites de dos casas tiendas situada a la izquierda de la Puerta de Hierro, se menciona una calle que iba hacia el portillo de Ferrant Yñeguez, lo cual nos induce a pensar que este portillo en donde hubo un arco hasta principios del siglo XVIII, es conocido a lo largo de los siglos bajomedievales por el nombre de alguna persona de relevancia que viviera cerca de él. Más tarde cambió de nombre por el de Bailío” por un Fernández de Córdoba que alcanzó esta dignidad y moraba en la casa de la calle de los Dolores chicos conocido con igual título, conservándose dicho topónimo para este lugar hasta la actualidad.

Puerta de Hierro o de San Salvador:
Ubicada en la muralla oriental de la villa que separa ésta de la ajerquía, era conocida en la última etapa musulmana según el plano de Ocaña Jiménez, con el nombre de puerta de Abd al-Chabbar, de Toledo o de Roma. Pertenecía a la collación de San Salvador y es conocida en los siglos bajomedievales con el topónimo de Puerta del Hierro “bien por ser una verja o por estar forrada de aquel metal” Sería una de las dos puertas existentes entre la Villa y la Ajerquía , que Alfonso XI en contestación a una de las peticiones formuladas por el concejo de Córdoba de cierre de las mismas manda: “que ninguna non aya estas entradas ni fagan en ellas casas por ninguna mis cartas que muestren nuestras que estén segund estauan ante que las cerrasen”. El topónimo primitivo se cambió posteriormente a finales del siglo XIV por el de San Salvador, debido a la plaza de dicho nombre, perteneciente a la collación de San Andrés, existente a su entrada, frente al convento de San Pablo, si bien los dos topónimos siguieron usándose indistintamente durante el siglo XV.
Esta puerta que tendría una gran importancia económica por la existencia en sus alrededores de la carnicería, de tiendas y mesones desapareció a principios del siglo XIX, no siendo ya recogida en el Plano de los Franceses, si bien el topónimo de San Salvador se ha conservado hasta la actualidad para la plaza aún existente.

Cuesta de Luján:
Es otra de las comunicaciones abierta en el siglo XVI,  existentes entre la Villa y la Ajerquía. Aunque no ha sido incluida en la descripción del trazado en las murallas en la Baja Edad Media por no estar abierta en estos siglos, se menciona para dar constancia de su existencia a partir del siglo XVI en la actual calle Diario de Córdoba. La abre en 1531 el corregidor D. Hernando Pérez de Luján, de quién le ha quedado el nombre dado por la posteridad toda vez que él sólo la nombró por la Calle Nueva de los Franceses a causa de haberse establecido en aquel punto algunos extranjeros dedicados a trabajar el cobre.

Portillo de Corvache o de San Francisco:
Coincidiendo con uno de los postigos abiertos, según Ocaña Jiménez, después del amurallamiento de la Al-Sharqiyya por los árabes, se encontraba en la muralla oriental de la Villa un portillo que comunicaba ésta con la Ajerquía. Situado frente al monasterio de San Francisco relacionaba la collación de Santa María con la calle de la Feria (collación de San Nicolás de la Ajerquía). En época cristiana recibe el nombre de postigo que sale a los Descalzos y portillo de Corvache para finales del Siglo XIII, debido al apellido de algún vecino que habitara en una de las casas próximas a él. También se conocerá como Portillo simplemente o, bien ya en el siglo XV, como Portillo de San Francisco por la proximidad a este monasterio. El Portillo, cuyo arco de dimensiones muy pequeñas aún se conserva, daba nombre a la calle que desde la collación de San María, pasando bajo él, se prolongaba hasta la calle de la Feria. Este topónimo será recogido en el Plano de los Franceses y llegará hasta la actualidad si bien en el siglo XVIII este lugar era conocido como Portillo de los Mercaderes.

Puerta de la Pescadería:
Era una de las puertas que situada en la muralla oriental de la Villa, comunicaba ésta con la Ajerquía. Existia desde época musulmana, siendo conocida, según Plano de Ocaña Jiménez con el nombre de puerta Nueva, de Hierro o de Zaragoza. Ubicada cerca del río era uno de los lugares de Córdoba, juntamente con la Puerta de Hierro, donde obligatoriamente debían hacerse los pregones y fijar los emplazamientos en sus puertas. A través de esta puerta se comunicaba la calle principal de la collación de Santa María (actual Cardenal González) con la calle Mayor o del Potro (actual Lucano Coronel Cascajo) iniciándose en ella la llamada carrera del puente.
La puerta de la Pescadería, cuyo arco fue derribado en el siglo XVIII daba nombre a la plaza que se extendía delante suya, en donde se encontraba una picota y la calle que, naciendo en la propia puerta y siendo prolongación de la del Potro, como se ha dicho, se adentraba en la mencionada collación. 

Puerta del Sol:
Este topónimo daba nombre desde finales del siglo XIV a una puerta situada al sur de la muralla de la villa, pero en linde con la Ajerquía, que existiría ya en el momento de la conquista, aunque con distinta orientación a la dada por Ocaña Jiménez. No se recoge en el Plano de los Franceses, ni ha llegado hasta nosotros. Esta puerta cuyo nombre era debido a su orientación hacia Levante, serviría de unión entre las collaciones de San Nicolás de la Ajerquía y Santa María, por la zona del adarve del río, pero desaparecerá con el tiempo al unirse toda la zona de la Ribera. Daba nombre a una calle que, arrancando de ella, se extendía, junto a la muralla de la Villa, hasta la Puerta de la Pescadería (actual Cruz de Rastro) .

                José Luis Arjona Lara



Bibliografía: “Recinto amurallado de la Córdoba bajomedieval” de D. José Manuel Escobar Camacho; Puerta Osario Blog.

Glosario:

Collación:                   Distribución administrativa de Córdoba realizada por Fernando III (barrios) fueron 14 y cada una era coincidente con una    Parroquia.

Torre Albarrana:       Una torre albarrana es una torre que forma parte de un recinto fortificado con el que está comunicado, aunque generalmente exenta de la muralla1 y conectada a ésta mediante un pequeño arco o puente, que pudiera ser destruido fácilmente en caso de que la torre cayese en manos del enemigo. Puede ir también adosada como gran baluarte pero en este caso es de mayor tamaño que los demás.

Alhadra:                     Quiere decir “la verde” y se refiere a la zona verde a partir de la Puerta de Almodovar

Fonsario de Judíos: Cementerio Judío

Piedra Franca:          Así se denominó a esta piedra de Caen, así como a todas las piedras sedimentarias extraídas de otras canteras. procedentes de canteras .

Acroteras:                 En la arquitectura griega y romana clásicas, las acroteras son zócalos (pedestales) que sostienen los adornos, dispuestos en el vértice o sobre las extremidades de un frontón

Ripio:                         Se denomina ripio o enripiado, en una construcción, a las separaciones entre las distintas hiladas de mampuesto con argamasa, ejecutadas con pequeñas piedras o casquijos,[3] dando aspecto de cajones. Era un sistema constructivo usual en la época nazarí en el sur de España.
Bailío:                        En un principio, el bailío o baile era un agente de la administración real o señorial en un territorio determinado. El de categoría superior era "gran bailío de espada", que administraba justicia en nombre del rey o de un señor. Durante el Antiguo Régimen francés, era el representante de la autoridad del rey o del príncipe, encargado de hacer aplicar la justicia y controlar la administración en su nombre.
Picota:                       Las picotas son columnas de piedra más o menos ornamentadas, sobre las que se exponía a los reos y las cabezas o cuerpos de los ajusticiados por la autoridad civil

jueves, 5 de marzo de 2015

CUARESMA

En este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos propone con frecuencia que nos soltemos de las cosas de la tierra, para poder llenar nuestro corazón de Dios. Nos dice Jeremías “Bendito quien confía en el Señor…Será un árbol plantado junto al agua…no deja de dar fruto” (Jer. 17, 7-8).Quien pone su confianza en las cosas de la tierra, está condenado a la esterilidad “Será como un cardo en la estepa, habitará en la aridez del desierto…” (Jer. 17, 6).
El Señor desea que nos ocupemos y amemos las cosas de la tierra, pero el amor desordenado, no deja lugar en el alma para el amor a Dios.
Las cosas pueden convertirse en una atadura que impidan alcanzar a Cristo, y si no llegamos hasta Él, ¿para qué sirve nuestra vida? Para llegar a Dios, el camino es Cristo, y para seguir a Cristo, hay que tener el corazón libre, desprendido de las cosas de la tierra “…quien no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc. 14, 33).
Los bienes de la tierra son buenos, porque son de Dios, son medios que Él ha puesto a disposición del hombre desde su creación, y no somos más que administradores de esos bienes por un tiempo. Todo nos debe servir para dar gloria a Dios y amar a los demás. Pero si nos apegamos a las cosas, si no nos sirven para hacer el bien, si nos separan del Señor, entonces dejan de ser bienes y se convierten en males que nos excluyen del Reino, porque hemos puesto las riquezas en el centro de nuestras vidas.
El desprendimiento nace del amor a Cristo, y a la vez, hace posible que este amor crezca y viva en nosotros. Dios no habita en un alma llena de baratijas, de calderilla. Pero el desprendimiento necesario para seguir de cerca al Señor, no solo incluye los bienes materiales, es necesario un desprendimiento de nosotros mismos, de la salud, del qué dirán o del qué pensarán de nosotros, de las ambiciones nobles, de los triunfos y éxitos profesionales.
Los cristianos debemos poseer las cosas “como si nada poseyesen” (I Cor. 7, 30).

martes, 3 de marzo de 2015

CAMPO DE LA VERDAD

           “Córdoba por la orilla, en la corriente,/en el recuerdo vivo de este ahora,/paloma que acompaña mi deshora,/sueño de ayer viviéndome el presente./Por qué espacio del río, por qué puente/ navega este soñar, el que me dora/ con el mismo fanal de aquella aurora,/Córdoba arroyo claro, clara fuente./Por imposibles tardes, por mañanas/ de almendros floreciendo en alba pura/ vuelve el ayer y vuelve aquel camino./Tu luz imploro en esta noche oscura, /como implora la lluvia el campesino./ Córdoba entre delirios de campanas.”

Estos versos se contienen en un hermoso libro que lleva por bello y expresivo título “Campo de la Verdad”, nombre del popular barrio cordobés que asoma a la ribera de la orilla izquierda del Guadalquivir. La ciudad, en los recuerdos y sueños de ayer de la autora, permanece viva, pero la realidad presente la sitúa fuera de lugar y hace que invoque a la Córdoba eterna, “arroyo claro, clara fuente” y que implore su luz en esta noche oscura. 

La autora dedicó un ejemplar de la obra a este modesto articulista, “desde la poesía, desde la amistad”, gran e inmerecido honor que me permito hoy compartir con aquellos que nos leen.

           Esta escritora, más conocida como Concha Lagos, es Doña María Concepción Gutiérrez de los Ríos y Muñoz Torrero. La que fuera Hija Predilecta y Medalla de Oro de Andalucía en 2002, dejaba de existir el 6 de septiembre de 2007 a los cien años de edad en una residencia  de ancianos de Madrid. El acto del sepelio fue íntimo y sencillo y contó con una representación institucional del Ayuntamiento de Córdoba. La Junta de Andalucía envió una corona de flores. La Diputación de Córdoba y la Real Academia, instituciones a las que donó parte de patrimonio, siendo además miembro de la última, estuvieron ausentes.

          Concha Lagos nació el 23 de enero de 1907 en Córdoba, en la calle Uceda, y aunque afincada en Madrid mantuvo siempre viva la conexión e identidad con sus raíces. En su casa de Madrid concurrían escritores y artistas en las reuniones de “Ágora”: Aleixandre, Gerardo Diego, Ortega, Valle Inclán, Anselmo Miguel Nieto. Dirigió la colección  de libros de poesía y la revista literaria “Ágora”.

Leyendo los poemas de Concha Lagos descubrimos la añoranza del Sur, los recuerdos de la infancia, la búsqueda de la verdad y del amor:

“Córdoba estaba allí, blanca, callada, / en el ayer estaba, en mi presente,/ en amoroso cerco del ausente./ Por la sierra y el río amurallada.
Tendida en la llanura, reflejada/ en agua peregrina, en la corriente/ con su historial glorioso por la frente./  De azahares y luceros coronada.
Toda encendida luz: huertos, jardines, / rejas para el amor o para el sueño, / entre un intenso aroma de jazmines.”

Desde estas líneas queremos ensalzar su figura y recordarla frente al silencio institucional de la ciudad que la vio nacer y constituyó la principal fuente de su inspiración. Sin duda ella, sin proponérselo, ha contribuido desde la sencillez, sin engañar a nadie, a engrandecer la Córdoba que aspiró a ser Capital Cultural, siendo, como reza en la presentación del poemario Campo de la Verdad “la niña soñadora del patio del jazmín y los azahares”.
    
  
Córdoba, 1 de marzo de 2015
Francisco de Paula Oteros Fernández

domingo, 1 de marzo de 2015

FAMILIA EVANGELIZADORA

En los tiempos en que vivimos, la crisis social y espiritual está llegando a ser un desafío pastoral que interpela  a la Iglesia en su misión evangelizadora de la familia como núcleo de la sociedad. Es por ello que el Santo Padre Francisco convocó en octubre de 2014 una Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos para recoger los testimonios y las propuestas que permitan anunciar y vivir el Evangelio en las familias, que desembocará en la Asamblea General Ordinaria del 2015 donde se  elaborarán las líneas operativas para la pastoral personal y familiar.

Por lo tanto, el anuncio del Evangelio en la familia constituye una urgencia para la nueva evangelización. Evangelizar es responsabilidad de todo el pueblo de Dios, cada uno según su propio ministerio y carisma. “Sin el testimonio gozoso de los cónyuges y de las familias, Iglesias domésticas, el anuncio, aunque fuese correcto corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras que caracterizan nuestra sociedad” (Novo Millennio Ineunte, 50).

Para muchos de nosotros, nuestros padres fueron nuestros primeros “enseñadores” de Jesús. Ellos, desde pequeños, nos mostraron lo maravilloso de la GRACIA de Dios. Con ellos aprendimos esos tres pilares en los que se ha de fundamentar la vida de un cristiano: el ESTUDIO para conocerle y así amarle más, la PIEDAD en la celebración comunitaria de la Fe y la ACCIÓN en la construcción de su Reino.

El espacio vital de la familia es el lugar de encuentro con Dios, el ámbito adecuado para una vida alegre de servicio y entrega a los demás. Es en la familia donde se viven en primer lugar las cualidades de un cristiano: el desprendimiento de uno mismo, el vencer las divergencias internas y reaccionar siempre amando, asumiendo y acompañando el sufrimiento de los otros, buscando juntos la voluntad de Dios, para fomentar entre todos un entorno de paz.

Esta es nuestra mejor herencia y lo más preciado que podemos dejar a nuestros hijos. Pero, esta Fe heredada, recibida como semilla ha de ser cultivada para que crezca y madure, para que no se quede en meros ritos y devociones. Cada uno, según su propia inquietud, ha de buscar hasta tener un encuentro personal con Cristo.

Los padres, desde el respeto y la libertad de cada uno, y con el propio ejemplo, debemos facilitar esas vías de encuentro con el Resucitado; de forma que ya no sea algo simplemente heredado si no que sea una opción personal de tener a Dios Padre como fuente, a Cristo como modelo y fiados en que la fuerza del Espíritu nos permite caminar hacia Él.

En nuestra Hermandad (Familia de familias) hemos de vivir inquietos por que esta devoción heredada vaya acompañada de una base sólida por la que, como dice san Pablo en la carta a los Corintios “ nada ni nadie pueda apartarnos del Amor de Dios” .

            Paco Linares y Setefilla Martínez



Publicado en CUARESMA 2015.
BOLETÍN DE HERMANDAD DEL
SANTÍSIMO CRISTO DE GRACIA