martes, 22 de diciembre de 2015

ÉRASE UNA VEZ...

El próximo lunes 28 de diciembre a las 17:30 en casa de Ángel y Mamen celebraremos la Navidad con una jornada de cuenta cuentos llamada ÉRASE UNA VEZ...
Esta Actividad Navideña con Orientación Infantil está pensada para niñ@s con edades comprendidas entre 1 a 90 años, mayores de esta edad tendrán que venir acompañados.
Un grupo de socios cuentistas serán los encargados de llevarnos por lugares muy, muy requete lejanos, reales o imaginarios, y entretenernos con estos relatos a chicos y grandes.

¡Deja de ser adulto por una tarde y no faltes a la cita!

domingo, 20 de diciembre de 2015

VISITA AL MUSEO TAURINO

El pasado sábado 12 de diciembre se llevó a cabo la visita programada por nuestra asociación al Museo Taurino de Córdoba, único museo dedicado a la tauromaquia situado fuera de una plaza de toros.
En un ambiente familiar y de convivencia, una vez realizada la foto de rigor de grupo en la puerta del museo, una antigua mansión señorial del siglo XVI conocida como antigua casa de Las Bulas, situada en pleno barrio de la judería, en la plaza de Maimónides, se dio comienzo al recorrido por el museo.
Con la ayuda de dos montajes audiovisuales: uno al principio, en la planta baja que tuvo por título El arte de torear ;  y otro más adelante, en la planta alta de la casa con el título La corrida, máxima expresión de la fiesta, sirvieron de gran ayuda para comprender y adentrarse de una forma amena y didáctica en el conocimiento del arte de la tauromaquia, y más concretamente la historia taurina de Córdoba en la que ocupan un gran lugar los cinco califas del toreo y de los que se ha conseguido reunir parte de su patrimonio.

Tras la visita, los asistentes pasaron a degustar unos caldos de la tierra en la conocida taberna cordobesa de ambiente taurino Bodegas Guzmán.

martes, 15 de diciembre de 2015

RAZÓN, FE Y PALABRA

En la concepción clásica –aristotélica y ciceroniana– del Derecho, la ley natural, fuente de la ley humana, no es otra cosa que la razón, la razón natural. El criterio gracias al cual el hombre distingue el bien del mal y que le guía y regula en sus acciones es su razón, que no es sino una parte de la razón divina que el hombre encuentra dentro de sí mismo, en su propia naturaleza.

Tomás de Aquino, impregnado de la inspiración racionalista, definió la ley como ordenación de la razón dirigida al bien común. Pero para el discípulo de Alberto Magno, continuador de la adaptación del aristotelismo al pensamiento cristiano, el problema no era otro que el de las relaciones entre razón y fe, entre ciencia humana y revelación. La ley natural –dice Tomás de Aquino– al igual que las leyes positivas humanas, que derivan de ella, guían al hombre en la consecución de sus fines terrenos. Pero el hombre –añade– no tiene solamente unos fines terrenales, sino que también tiene un fin sobrenatural, que es la felicidad eterna, y para conducirlo a este fin es necesaria también una ley sobrenatural, revelada directamente por Dios (“lex divina”).

            Para el profesor Francisco Elías de Tejada –una de las cumbres de la Filosofía jurídica española del siglo XX, que se caracterizó por su ingente labor  investigadora y científica en pro de la difusión del Derecho natural católico– el hombre conoce el bien más no siempre lo alcanza (hombre falleciente) en su caminar hacia la vida eterna que espera alcanzar tras su muerte. En su vida terrenal –nos dice–, el hombre se encuentra en la necesidad de lograr un orden de convivencia que haga posible a cada uno el cumplimiento de su vocación, siendo libre en su acción de decidir dentro de unos límites propuestos por la razón que capta el orden universal por Dios querido.

            Mediante la razón natural, pues, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación divina.

Desde el origen –nos enseña la doctrina católica–, Dios, por una decisión enteramente libre, se comunica gradualmente con el hombre y lo prepara para acoger la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y que culminará en la Persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, Palabra única, perfecta e insuperable del Padre.

Las verdades reveladas por Dios, se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, a través de la cual, Dios habla a los hombres en palabras humanas, primero, por medio de los Profetas y, en los últimos tiempos, por su Hijo. Y es que, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, es decir, al conocimiento de Cristo Jesús.

La Palabra, que es la misma persona de Jesús, sería así transmitida y contagiada por el mensaje de los Apóstoles a todos los pueblos y a todos los hombres, para que la Revelación se difunda en todos los confines del mundo. En esta línea, la Constitución  “Dei Verbum”, Palabra de Dios, del Concilio Vaticano II, exhorta a todos los fieles al contacto cotidiano con la Sagrada Escritura en la meditación y en la oración.

Pero las palabras de la Escritura no sólo se leen, sino que también se interpretan, adquieren significado según el modo en que se nos ofrecen, siendo útil una ayuda para su lectura, una clave que invite a la meditación y a proyectar en nuestra vida cotidiana el mensaje de Jesús de Nazaret. Debido a que somos pecadores, somos incapaces de interpretar la Palabra de Dios perfectamente en todo momento. Por ello, necesitamos acercarnos a Su Palabra con cuidado, humildad y razón, y, adicionalmente, necesitamos tener la guía del Espíritu Santo, pues, después de todo, la Biblia es inspirada por Dios y dirigida a Su pueblo. El Espíritu Santo nos ayuda a entender lo que significa Su Palabra y cómo aplicarla.

En este contexto, las lecturas bíblicas de cada día del año litúrgico, –sobre todo bajo la fórmula  de “lectio divina”– nos invitan a la meditación y a la oración y nos ayudan a ponernos en diálogo con Dios en el camino que todos en nuestra vida tenemos que recorrer. Si dejamos que Jesús vaya de nuestro lado, la luz acompañará nuestros pasos.
             

Córdoba, 15 de diciembre de 2015
Francisco de Paula Oteros Fernández

domingo, 13 de diciembre de 2015

Antíoco IV Epífanes, rey de Siria

            Siria, considerada como región en sentido amplio, ha vivido, desde la Antigüedad todo tipo de conflictos y guerras, de la que ahora estamos viviendo un episodio más. Es una zona próxima a Mesopotamia, la tierra entre los ríos Tigris y Éufrates, el llamado Creciente Fértil, cuna de las civilizaciones que más han influido en las culturas griegas y judía, por tanto, en la civilización occidental. A todo ello no es ajeno el hecho de que Siria es tierra de acceso al mar Mediterráneo.
            No es posible contar aquí toda la historia de esta región, por lo que nos vamos a situar en un momento que resulta importante, en mi opinión, pues se trata de la actuación de un rey que provocó un intenso movimiento en el judaísmo, con consecuencias importantes tanto políticas como religiosas.
            Se trata del rey Antíoco IV de Siria, llamado Epífanes (“Dios manifiesto”), aunque sus excentricidades le dieron el sobrenombre menos amable de Epimanes (“el loco”). Su reinado transcurrió entre los años 175 y 164 antes de Cristo. Es un rey conocido por el testimonio de historiadores griegos, romanos y judíos (incluyendo libros bíblicos), por lo que disponemos de abundantes testimonios.
Moneda de Antíoco IV
           
                Pero antes es preciso hacer un breve esbozo histórico.
            Cuando el rey Filipo II de Macedonia derrotó en Queronea el año 338 a.C. a la coalición de estados griegos liderada por el orador ateniense Demóstenes, volvió su mirada hacia el gigantesco Imperio Persa, pero su asesinato le impidió lanzar el ataque. Sería su hijo Alejandro, el Grande (Magno), el que consiguió la hazaña de conquistar ese Imperio, llegando incluso a zonas de la India.

            Alejandro Magno murió en el regreso, y, dada la minoría de edad de su hijo, sus generales se repartieron los territorios, entablando entre sí una serie de guerras, que es muy complicado relatar con brevedad. Baste decir que se consolidaron una serie de reinos, en el tiempo de los Diádocos (“sucesores”): Macedonia, Egipto (Ptolomeo, hijo de Lago) y Siria (los Seléucidas); y algunos reinos menores como Pérgamo o Bitinia.
            Estos reinos llamados helenísticos difundieron la lengua griega común (coiné) por todo el territorio habitado (en griego oicuméne, de donde viene la palabra ecumenismo).

            Llega el momento de Antíoco IV, el cual, queriendo invadir Egipto (en la sexta guerra siria), se encuentra con los romanos que frenan su avance, y aquí tenemos que contar la historia de cómo Gayo Popilio Lenas detuvo a Antíoco, presentándose ante el rey con la demanda del Senado romano y trazando un redondel con una vara de sarmiento en la arena en torno al rey, conminándole a dar una respuesta antes de salir de él, en clara muestra de la prepotencia romana.
            Tras esta humillación es cuando Antíoco dirige su atención a Palestina, que había pasado a poder sirio en la quinta guerra siria (202-200) y, aprovechando los conflictos entre las familias sacerdotales, que nos cuenta Flavio Josefo en las Antigüedades judías, decide helenizar el territorio y, para ello tiene un papel decisivo en la usurpación del cargo de Sumo Sacerdote, por parte de Jasón (nombre griego).
            Sin embargo, una parte de los judíos, liderada por Judas Macabeo (“Martillo”), hijo de Matatías, y sus hermanos, iniciarán una rebelión que acabará en el 134, con la independencia de Siria y la aparición de una dinastía sacerdotal, los Asmoneos, que, sin embargo, no podrán acabar con los romanos mandados por Pompeyo, que, en el año 63, entra en el templo. A partir de entonces los romanos darán el poder a Antípatro y a su hijo Herodes, llamado el Grande, personaje que no necesita presentación.
            Tenemos información de las luchas de Antíoco con los judíos en la Biblia: textos como el Libro de Daniel, y los libros I y II de los Macabeos, que narran los mismos hechos, pero desde perspectivas diferentes: el libro I tiene un estilo cercano a los relatos históricos de la Biblia Hebrea; el libro segundo, por el contrario, tiene modelos de expresión más cercanos a los helénicos.
            La llegada al poder de Antíoco, en efecto, coincidió con un momento de lucha de facciones, que habían desgarrado a la aristocracia sacerdotal de Jerusalén, pero cuyas razones más profundas se nos escapan, desgraciadamente.
            La liberación de la opresión seléucida trajo consigo unos primeros momentos de serenidad, que hacía pensar que habían llegado, por fin, tiempos de paz.
            Este momento feliz no duró mucho, sin embargo. La monarquía asmonea, a pesar de haber tenido sus orígenes en una revuelta para defender la Torá (la Ley mosaica) y las tradiciones de Israel, bien pronto se olvidó de sus raíces. La situación moral de la corte y la situación económica de la gente corriente estaban muy deterioradas. En esta época hunden sus raíces los movimientos fariseos y saduceos así como otros que deciden romper con el judaísmo oficial, como los esenios.
            Estos grupos, salvo los esenios (conocidos por los hallazgos de Qumrán), aparecen en los Evangelios, como antagonistas de Jesús.
            Podemos concluir recordando la importancia de los sucesos iniciados por Antíoco: el cambio de dinastía sacerdotal; el desarrollo del género apocalíptico judío (Libro de Daniel); la división del judaísmo y el rebrote de las esperanzas mesiánicas, que darán su fruto dos siglos después.
            Sin embargo, a pesar del mensaje de paz de Jesús, la tierra de Siria seguirá conociendo conflictos hasta el día de hoy.

           Manuel Millán Gómez

jueves, 10 de diciembre de 2015

EL MEJOR REGALO

Llegan fechas bonitas, de encuentros y reencuentros, fechas de recuerdos y felicidad; sobre todo recuerdos de la infancia.

Hoy mismo, delante de la Virgen Inmaculada de la Parroquia de mi barrio, mis hijos de nuevo me han recolocado, situado y por unos instantes he vuelto a sentirme niña, sin miedo, fresca, apasionada!... pues el más puro sentimiento nace de lo más sencillo, del amor de una madre, de la fragilidad  de un niño y de la seguridad de un padre. Delante de la imagen María dice mi hijo: “mamá, esa virgen es la que a mí me gusta, sencilla, sin oros, si parece una niña, es la más bonita que he visto nunca”. 

Y es que María nos trae el mejor regalo! Su SÍ!

¿Qué queremos que nuestros hijos/as tengan? ¡Si ya tienen lo más preciado! Unos padres, su tiempo y dedicación, su esfuerzo, su cariño, su estar siempre. Los más pequeños no desean otra cosa, somos los adultos los que ingeniamos actividades, salidas, regalos... enmascarando y creando necesidades y esclavitudes que a veces son barreras y obstáculos para llegar a ellos.

María nos enseña a servir, pero a servir de verdad, sin impaciencias, sin esperar nada a cambio, sin mirar el reloj, a servir con mayúscula, confiada y entregada. Digamos al Señor ¡Hágase! Dejemos que Él nos modele, nos haga, pero dejemos espacio y tiempo para ello! A eso nos enseña María, a darle tiempo a Dios. Cuando mi hijo se ha quedado a rezar al final de la misa, delante de la virgen, mientras todas las personas salían con prisas por la puerta, a penas el sacerdote se había marchado, he pensado: si es que no le damos tiempo al Señor para que haga el milagro en nosotros! ¿Qué vamos a regalar a nuestros hijos e hijas si no dedicamos a nuestro Padre ni una hora al día, para que nos hable, nos diga qué y cómo, y a nosotros mismos para rectificar?

Démonos tiempo para reflexionar, para el silencio, para la duda, para la espera, así regalaremos  a nuestros pequeños un tiempo de calidad;  con serenidad les enseñaremos a pensar, a mirar, a caminar…..pero sólo si dejamos TIEMPO AL SEÑOR podremos REGALARLO después.

Blanca Ortiz Lora

domingo, 6 de diciembre de 2015

LA INMACULADA DE SOULT

“Para honra de la Santísima Trinidad, para la alegría de la Iglesia Católica, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra: Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles.”
Bula Ineffabilis Deus, Pío IX, año 1854

Hace sólo 161 años que el papa Pío IX tuvo a bien proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción de María la Virgen. Es el dogma según el cual, María no fue alcanzada por el pecado original, sino que, desde el primer momento de su concepción, estuvo libre de todo pecado, a diferencia del resto de los seres humanos.
Llama la atención que una creencia tan antigua y arraigada no haya sido proclamada como dogma hasta anteayer, como quien dice.
Y es que el dogma de la Inmaculada Concepción no siempre fue una verdad de fe pacíficamente acogida por teólogos y canónigos y en otros tiempos fue objeto de disputas teológicas e incluso revueltas populares.
Si hoy día nos acercamos a una conversación en una cervecería o taberna, en la que se esté polemizando sobre algún tema, lo más probable es que la cuestión debatida sea si Cristiano Ronaldo es mejor que Messi. Hace 100 años sería lo mismo pero entre Belmonte y Joselito.
En el Siglo XVII, la sociedad española estaba imbuida por un sentido espiritual de la vida, en la convicción de que la Providencia estaba presente “hasta entre los pucheros” y desde esta perspectiva todo adquiría un sentido trascendental.
Por eso, no es de extrañar que la cuestión de la Inmaculada Concepción se convirtiese en una polémica habitual, que no sólo se circunscribía a círculos de eruditos, sino que asaltaba las calles, los barrios populares, a veces incluso con virulencia. Y que llegase a convertirse en una cuestión de estado, llegando a proclamarse nuestra monarquía como defensora del dogma en 1644 y ya en ese año, ordenando se celebrase la festividad de la Inmaculada Concepción cada 8 de Diciembre.
De la defensa de aquel dogma por diversas instituciones nos queda la bandera concepcionista que ostentan cada año muchas hermandades en sus estaciones de penitencia.

Pero no es mi intención profundizar sobre cuestiones teológicas en las que no soy versado y que os acabarían aburriendo. Os estoy planteando otra historia que guarda alguna relación con lo que os digo.
La efervescencia mariana que experimentaba la sociedad española en el Siglo XVII se hizo especialmente acusada en Andalucía y se plasmó en todos los ámbitos de la vida, y sobre todo nos dejó su huella en el mundo de la creación artística. No hay más que recordar las esculturas de Alonso Cano o las pinturas de Zurbarán o Murillo.
En una obra de este último me quería detener: la Inmaculada de los Venerables o también llamada Inmaculada de Soult.
Se trata de un cuadro que se puede contemplar hoy día en el Museo del Prado, en el que Murillo sigue la iconografía fijada por Pacheco y reafirmada posteriormente por Velázquez, Zurbarán y Alonso Cano: una joven de trece años, vestida con túnica blanca y manto azul, las manos juntas o cruzadas sobre el pecho, y de pie sobre una media luna. En este caso la imagen se distingue por su impulso ascensional, que evoca el tema de la Asunción, y añadiendo una sensualidad juvenil y una etereidad sublime, aunando la realidad propia del Barroco en el rostro muy humano de la Virgen, con la espiritualidad propia del tema y de los tiempos.
La pintura fue encargada por Justino de Neve para la iglesia del Hospital de los Venerables, en Sevilla. De ahí su nombre original.
Su otro nombre, la Inmaculada de Soult, hace referencia al motivo central y anecdótico si se quiere de este artículo. La obra estuvo expuesta en el lugar para el cual fue concebida y creada hasta 1813, cuando durante la Guerra de Independencia fue expoliada y llevada a Francia por el mariscal Soult, quedando en manos de su familia hasta 1852, cuando fue adquirida por el Museo del Louvre por una cifra entonces desorbitada, 615.000 francos, la obra más cara del mundo hasta entonces. Para que os hagáis una idea, por la misma época fue vendida por un precio similar la Colección Orleans completa, 454 cuadros entre los cuales 19 velázquez, 38 murillos y 84 zurbaranes.
En los años siguientes la obra perdió estimación, lo cual facilitó que en 1941, durante la Segunda Guerra Mundial, fuese entregada por el llamado Régimen de Vichy, gobierno francés colaboracionista con los alemanes, al gobierno de Franco, junto con otras obras de arte como la Dama de Elche, como parte de un acuerdo más amplio.
El cuadro fue expuesto en el Museo del Prado, donde aún permanece y puede ser admirado.
Curiosamente el mariscal Soult, supongo que por motivos logísticos, no se llevó el marco de la pintura, que aún permanece en la iglesia del Hospital de los Venerables, como esperando a volver a albergar entre sus ángulos a la inquilina que le dio su razón de ser. Como veréis, es el marco de la imagen de una inmaculada de muy inferior calidad. Con motivo de una exposición, la Inmaculada de Soult volvió gozosa a habitar su marco original, como podréis ver en la fotografía.

Si algún día, querido lector, te acercas por el barrio de Santa Cruz, en Sevilla, no olvides pasar por el Hospital de los Venerables y confirmar esta curiosidad. A la salida te recomiendo que te tomes una ración de puntas de solomillo o de uno de esos productos de la más rancia aristocracia porcina en el mítico Casa Román.
Y para saber más sobre el destino de otras obras de arte expoliadas por el mariscal Soult en tierras andaluzas te recomiendo fervientemente un libro que escribió un buen amigo mío, Enrique Redel, titulado Peripecias del Patrimonio Artístico Andaluz. No es un libro que se devore en dos minutos como un sabroso bocadillo a la hora del recreo, que son el tipo de libros que hoy se venden y leen, sino que es como un buen cognac, que todo padre de familia debe tener en su mueble bar para degustar en esos pocos momentos que uno guarda para sí.
Sólo quiero terminar con una reflexión. La obra de arte es un ser vivo. Fue concebida y nació en un determinado hábitat. Lo que la rodea fue muy tenido en cuenta por su autor para darle su lugar adecuado en el mundo, darle un significado más allá de su mera calidad artística. Creo que una obra que sea creada para sí y por sí misma, sin estar en diálogo con su entorno, como es frecuente en el arte contemporáneo, está afectada de una enfermedad de narcisismo onanista que la limita y empequeñece.
No puedo evitar recordar el disfrute que supone admirar esas pinturas de Caravaggio aún en las iglesias romanas, napolitanas o maltesas para las que fueron concebidas en armonía o buscada polémica con las que les rodean. O la diatriba que mantienen Bernini, con su Fuente de los Cuatro Ríos, en la Plaza Navona en Roma, con Borromini con la vecina fachada de la iglesia de Santa Inés. ¡Qué sería de la una sin la otra!
Sin embargo durante mucho tiempo hemos hecho sufrir a las obras de arte exponiéndolas, en el mejor de los casos, o almacenándolas por desgracia en el peor de ellos, en gigantescos museos para cuya visita en detalle harían falta semanas. Es cierto que han influido motivos de seguridad, pero creo que sobre todo ha influido un afán enciclopedista, de querer convertir el arte en una ciencia o asignatura a mostrar al pueblo de forma metódica y ordenada, heredado precisamente de aquellos gabachos que llevaron a cabo el expolio del que os he hablado (guiados todo hay que decirlo por una admiración a la obra de arte que ya hubiésemos querido para nuestros “heroicos” revolucionarios de 1936).
Creo que va siendo tiempo de reivindicar que la obra de arte, especialmente de temática religiosa como nuestra Inmaculada de Soult, salga de esos gigantescos almacenes, y deje de ver pasar ante ella esas excursiones de orientales con sus cámaras, de ruidosos norteamericanos con sus bermudas, chanclas y camisas hawaianas, grupos de jubilados del Imserso buscando un banco para descansar tras haber recorrido kilómetros de galerías… Y que vuelva gozosa y exultante a su iglesia y a su marco. Y que después de muchos años, la Virgen Purísima, esa muchacha en la que podemos contemplar el futuro de una creación perfecta, vuelva a ser protagonista de las oraciones los fieles.

Manuel del Rey Alamillo