domingo, 14 de diciembre de 2014

FRIKIS

Es mil veces preferible hacer voto de locura, o disolverse en Dios, que prosperar a base de simulacros (E.M. Cioran).

Lo reconozco. Soy un friki. Desde hace unos años me he aficionado a la mitología sumeroacadia y vivo obsesionado día y noche con las traducciones de tablillas mesopotámicas de barro cocido. Es oír los nombres de Gilgamesh, Upnapistin, Humbaba, Innana, Enlil y otras divinidades y personalidades de esa civilización y se me pone la carne de gallina al pensar que pueda haber por ahí, aunque sea en la zona Oeste de Minnessota, algún otro individuo que comparta mi afición. Pese a las quejas de mi mujer, que ya no tiene nada de lo que hablar conmigo, y me pide que me dedique a algo más actual, es lo único que leo (además de a Rilke).
Mi desmesurada afición me llevó al Museo Británico de Londres, donde se exponen cientos de tablillas originales en escritura cuneiforme. Al entrar en la sala, a la emoción del primer minuto siguió una primera decepción, al comprobar la indiferencia de mi santa esposa, que camino del Museo, viendo mi estado de excitación, quizás pensó que iba a ver algo parecido a las siete pirámides de Egipto en persona. La segunda decepción fue comprobar yo mismo que detrás de aquellas marcas triangulares que arañaban las tablas no era capaz de percibir en realidad emoción alguna.
Y la tercera y definitiva fue comprobar que había alguien más friki que yo. Una pareja de edad madura, en torno a los sesenta, con pelo canoso, estilo estudiadamente descuidado y gafitas de belga, llevaban varios minutos ante una urna que contenía una de las tablillas, señalando con los dedos cada uno de los triangulitos, probablemente traduciendo su contenido del sumerio al caldeo, y de éste al arameo, de aquí al griego clásico, para terminar en el inglés, el alemán, o lo que fuese que hablasen aquellos tipejos impertinentes. Posiblemente estaban discutiendo sobre la intención que tuvo el autor, en la tercera línea del texto, al utilizar el futuro perfecto en lugar del futuro continuo, que hubiese sido lo más lógico. Me mantuve boquiabierto durante unos minutos al otro lado de la urna, observándolos de reojo, sin apercibirme de que la parte de tablilla que se me ofrecía desde mi posición era el reverso, que no tenía nada escrito. Me dí cuenta de que soy un medio friki, o un friki de pacotilla, impotente porque posiblemente nunca llegaré a dominar una de aquellas lenguas milenarias.
Y es que una de las características del frikismo, aunque no lo explicite la definición de la RAE ni Wikipedia, es que, como todo en la vida, es relativo. Relativo al entorno en el que nos encontremos. Hay algunos jóvenes (y no tanto), de radical afición cofrade, que conocen los nombres de los autores de todas las tallas que procesionan en Andalucía en Semana Santa, incluso en lugares como Mairena del Alcor y Dos Hermanas; y se conocen todas las marchas que acompañan a las imágenes, y por supuesto a partir del Miércoles de Ceniza, e incluso antes, llevan la música de cornetas y tambores a todo volumen en su coche (causando honda preocupación a los demás conductores, que oyendo tales sones temen que les vayan a cortar el tráfico por el paso de una procesión). Pues bien, uno de estos jóvenes podrá ser considerado un friki si vive en Córdoba o Granada, y no digamos en Madrid, Barcelona o Berlín. Pero si nos colocamos en otro contexto, en la calle Pagés del Corro, en pleno corazón del barrio de Triana, la cosa es bien distinta.
También ocurre al friki que se centra tanto en su afición que ignora el entorno que define y caracteriza a la propia materia. Si a uno de los jóvenes le preguntas por Bernini, probablemente pensará que es el delantero centro del Peruggia, pero no caerá en la cuenta de la influencia que ejerció el insigne escultor italiano en la imaginería andaluza.
Pero sigo contando mi experiencia en el Británico. Cuando aquellos gafitas impertinentes se fueron a otra urna a continuar una tarde de descubrimientos apasionantes, que iban a suponer un antes y un después en sus vidas, me situé, esta vez sí, ante la parte escrita de la tablilla, atraje a mi mujer hacia mí, adopté hacia ella una posición paternalista, pasando mi brazo sobre su espalda y mi mano en su hombro, y le susurré unas palabras mientras el dedo índice de la mano que me había quedado libre señalaba la tercera línea de aquel grupo de pictogramas y se balanceaba como haciendo que seguía el texto. Con satisfacción pude comprobar la reacción de admiración que provocaba en un par de turistas latinas a quienes podía ver de soslayo tras de mí a través del reflejo del cristal de la urna. En realidad no sé si era admiración o si es que habían oído lo que acababa de susurrar a mi esposa “Cariño, se nos está acabando el presupuesto para el viaje; esta noche mejor cenamos en el MacDonalds”.
Y es que otra de las características del friki es que no solo no oculta su frikismo, sino que por el contrario presume de ello, está orgulloso de tal condición, y la anuncia, fomenta y pregona por doquier, y no sólo eso, sino que también la exagera, y trata de hacer creer a los demás que sus conocimientos o habilidades son superiores a los reales.
Todos recordaréis el inicio de aquella maravillosa película francesa, “La cena de los idiotas”, cuando los dos protagonistas, el idiota (aquí friki) y el supuesto listo, coinciden en un tren en asientos contiguos. El idiota ojea un cuaderno que contiene fotografías de sus trabajos de reproducciones de conocidos monumentos hechas con palillos de dientes, trabajos a los que dedica todo su tiempo libre. El idiota necesita que alguien reconozca sus méritos y muestra ostensiblemente el cuaderno a su vecino de viaje (que indiferente, se oculta tras la enorme sábana del diario Le Monde), para tratar de arrancarle algún comentario de admiración que le dé pie a comenzar una exposición sobre la dificultad y mérito de sus trabajos. Lo cual, por cierto, acaba consiguiendo aunque en un sentido distinto al pretendido.
Y es que los frikis tenemos algo de exhibicionismo. Una de las características principales del frikismo, si no la fundamental, es la dedicación exagerada, desmedida a una afición minoritaria. El proceso sufrido por el friki es evidente. De pequeño, en el cole, no era capaz de destacar ni en los estudios ni en otras disciplinas sobre todo deportivas, del gusto de la mayoría, vamos, que no jugaban bien al fútbol, baloncesto, canicas o trompos (sí, en mi época aún otorgaba cierto prestigio tirar bien el trompo o ser campeón de canicas de la parada del autobús). Como el friki necesita sentirse reconocido y admirado por el resto de la clase, recurre a otras aficiones en las que pueda hacerse visible y destacar por no tener competencia al ser minoritarias, incluso extravagantes. Así, en mi época, surgió lo que hoy es el paradigma del frikismo, cual es la afición por la Guerra de las Galaxias. De hecho, el día del Orgullo Friki, el 25 de Mayo, se concentran en la Plaza de Callao, en Madrid, cientos de individuos disfrazados de Obiguanquenovi, Chiguaka o de Luquescaiguolquer.
Otro compañero de mi clase, que también era patoso jugando al fútbol, se dedicaba todos los días en el recreo a practicar algo tan insulso (y sucio) como el salto de longitud. Quizás esperaba ser el visionario pionero de una nueva afición en el cole que desbancase a la mayoritaria veneración a Amancio, Juanito y Santillana. Sin embargo, lo que consiguió fue todo lo contrario, ya que además de volver del recreo lleno de polvo se convertía en sujeto pasivo de uno de los primeros casos de bullying que recuerdo (cuando el bullying no existía porque nadie había inventado la palabra, y si un niño se quejaba a su padre, éste le daba una colleja y le decía, “pa que espabiles so tonto”, con lo que el zagal espabilaba y aprendía a valerse y defenderse por sí mismo).
Recapitulemos pues. El frikismo consiste en la pasión desmedida hasta la extravagancia, por una afición minoritaria. Como una afición puede ser minoritaria en un lugar, y mayoritaria en otro, puede que la misma persona en uno u otro contexto pueda ser considerado un friki o dejar de serlo.

Como hemos apuntado, el prototipo del friki es el aficionado a las películas y personajes de la serie de La Guerra de las Galaxias. También se suele asimilar a este grupo a los aficionados a determinados videojuegos, ciencia ficción, cosmología, etc.
Rastreando por el universo Google podremos encontrar otras aficiones extravagantes, como las carreras de caracoles o las competiciones de escupidores de huesos de aceituna; de hecho hay un certamen internacional de esto último, escupir huesos de aceituna, creo que en Murcia, o por ahí, y una asociación que está intentando que se reconozca como deporte olímpico.
En cierta ocasión, preparándome para una fiesta de disfraces, me puse a buscar en internet en mercados virtuales de segunda mano algún disfraz de soldado romano. No os podéis imaginar el mercado que existe en la materia. Hay coleccionistas que deben tener armarios llenos de indumentarias con las distintas variantes de centuriones, decuriones, legionarios, pretorianos, etc, en sus versiones del Alto y Bajo Imperio.
Es curioso que existen otras aficiones que son hoy día muy minoritarias, pero que por su antigüedad, clasicismo o ranciedumbre no generan la calificación frikista. Por ejemplo la poesía. Un señor que dedique todos sus ratos libres a leer, recitar y componer poemas, es raro de encontrar, pero no se le considera friki.
Algunas aficiones muy mayoritarias, llevadas hasta el extremo de una forma muy desmedida pueden acarrear también para algunos individuos el calificativo de friki. Pongamos el fútbol. Dejando de lado a algunos personajes que se aficionan a la liga polaca o libanesa y se conocen a los máximos goleadores (hoy día lo dan todo por la tele). En la grada de preferencia del Arcánfield hay un personaje, al que apodan el Maestro, en torno al cual se arremolinan los aficionados en los prolegómenos del partido para que les muestre una libreta plagada de pizarras tácticas con flechas y apuntes, fruto del estudio pormenorizado que ha efectuado del equipo rival, anotando no sólo los nombres de los jugadores, sino también las zonas del campo por las que se mueven, sus virtudes técnicas y tácticas, etc, así como los distintos esquemas de juego y su variantes.
Esta afición, ya de por sí friki, trasladada a una competición minoritaria como el lanzamiento de huesos de aceituna, se situaría ya en el extremo del frikismo. Imaginad el estudio pormenorizado del hueso más apto para ser lanzado, si el de picual, hojiblanca o arbequina, en base a su cualidad aerodinámica y densidad. El modo en que hay que comer la aceituna, si dejar algo de carne pegada al hueso o dejarlo pulido, o el estudio de las respiraciones previas al escupitajo, la alimentación del día anterior a la competición para estar más en forma o el asesoramiento de algún coach, que inocule al competidor la necesaria motivación.
Y termino amigos, como siempre volviendo a la frase, no mía, con la que iniciaba este relato. Como friki que me considero, terminaré con una defensa del colectivo. No por ser minoritaria una afición pasa a ser despreciable, o extravagante en el contexto los tiempos. Vivimos en una sociedad barroca, donde se da a las apariencias, al diseño, una importancia desmedida. El individuo que se adapta a este contexto sobrevive y pasa desapercibido. Otros encontramos ridículo y extravagante la pasión mayoritaria por la tecnología. Aún recuerdo el día en que ví por primera vez un Smartphone con pantalla táctil. Nos arremolinábamos alrededor del dispositivo quedando abducidos durante minutos, igual que pasó a aquellos primates cuando vieron por primera vez el fuego.
Se considera normal el precio desorbitado de algunos productos a los que se consigue adornar con un nombre y un envase atractivo. Busca un producto exótico, como la caca de perro del Himalaya, acierta en el nombre y en el diseño del envase, también en el anuncio de la tele, y te harás rico. Lo mejor es que cuando la gente vea que en realidad ha comprado una cosa que no sirve para nada, en lugar de sentirse estafados te admirarán aún más por tu talento creativo y tus aportaciones a la mercadotecnia.
También se considera normal pasar 6 o 7 horas el fin de semana viendo fútbol por la tele, o programas en los que pretendidos sabios discuten con malos modos sobre lo divino y lo humano.
Todo eso no es friki, aunque sí bastante ovejuno lanar.
Estoy convencido de que dentro de pongamos 300 años, nuestra sociedad será analizada por otros menos tontos que nosotros y considerarán que se trataba de una sociedad mayoritariamente friki, a excepción de algunos individuos que se ocuparon de lo que de verdad importa: la mitología sumeroacadia, además de Rilke.
Por todo ello, amigo, aún estás a tiempo de salir de la mediocridad. Busca tu afición y únete a nosotros. Besos.

Manuel Del Rey Alamillo

miércoles, 10 de diciembre de 2014

ADVIENTO

Mira al Señor que viene… (Is. 30, 19). Juan sabe que Dios prepara algo muy grande, de lo cual él debe ser instrumento, y se coloca en la dirección que le señala el Espíritu. Nosotros sabemos mucho más acerca de lo que Dios tenía preparado para la humanidad, conocemos a Cristo y a su Iglesia, sabemos que el mundo necesita a Cristo, sabemos que la felicidad y la salvación de los hombres dependen de Él.
Nosotros somos testigos y precursores, hemos de dar testimonio, y, al mismo tiempo, señalar a otros el camino. Grande es nuestra responsabilidad, porque ser testigos de Cristo supone que nuestra conducta recuerde a Jesús, de manera que al vernos puedan decir: éste es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama.
Quizá el mundo ahora, en muchos casos, no espera nada, o espera en otra dirección, de donde no vendrá nadie. Quizás muchos están volcados en los bienes materiales, como si fueran su fin último, sin saber que con ellos no llenarán su corazón; otros pondrán todos sus esfuerzos en el ser, en el reconocimiento, y tampoco lograrán la felicidad.
Nuestra gran alegría será testimoniar con nuestra vida que hemos sido ganados por Cristo, que sólo Él satisface todas nuestras expectativas, todos nuestros anhelos y deseos de felicidad, y todo sin perder de vista que es la gracia de Dios y no nuestros esfuerzos, la que mueve los corazones.
Este Adviento que hemos comenzado, es una nueva oportunidad que nos concede el Señor para acercarnos más a ÉL, para crecer en Santidad, de manera que el amor de Dios sobreabundante en nosotros pueda contagiar a todos los que pasan por nuestro lado.

jueves, 4 de diciembre de 2014

LAS ESTRELLAS

Dedicado a Manolo Flamil, con quien aprendí lo poquito que sé de astronomía

Una de las constantes que aparecen en la moneda española es la presencia en ellas de una o varias estrellas. Es muy interesante en ese sentido el periodo medieval hispanomusulmán, en el que nos vamos a detener en varios casos.

Ya desde el principio de la invasión observamos la presencia de la estrella en las monedas que tradicionalmente se ha identificado con la estrella Sirio, la más luminosa del cielo,  porque al aparecer por occidente se la identificaba con Al Andalus.
Este primer periodo de dominio musulmán se denomina indistintamente Periodo de Conquista, Periodo de los Gobernadores o Waliato (de walí, gobernador)
Son piezas casi exclusivamente de cobre que se denominan feluses y que tienen como característica su grosor; puede que alguno de ellos se acuñase en África.
Al primero que vemos se le conoce precisamente como el felús de la estrella:


Felús del Periodo de Conquista, ceca Al Andalus
Peso: 10 gramos; diámetro: 19-22 mm; grosor: 4 mm.

Es una moneda de cobre, tosca y gruesa. En su parte central tenemos una estrella de 7 puntas, y en ella se lee en su orla del anverso:   "No Dios sino Allah .... Mahoma el enviado .....". La encontramos también con 6 u 8 puntas. Y en la otra cara “Al Andalus” en el centro en dos líneas. Su año de acuñación hay que situarlo alrededor del 108 H.



Felús del Periodo de Conquista
Peso: 3´1 gramo; diámetro: 15-17 mm; grosor: 2´5 mm

Anverso: "En el nombre de Dios // el reino es de Dios"
Reverso: “Mahoma, enviado de Dios”, y entre los dos renglones la estrella


Felús del Periodo de Conquista
Peso: 1´3 gramos; diámetro: 11 mm; grosor: 2 mm

Con estrella de 5 puntas y espiga en el anverso. Son monedas muy pequeñas. Se calcula que fueron acuñadas con anterioridad al 143 H, pues los hallazgos en la excavación realizada hace unos años en la Mezquita-Catedral de Córdoba las sitúan en los niveles del suelo correspondientes a ese año.

Como hemos apuntado las tres monedas anteriores son del denominado Periodo de Conquista, estando España bajo el mandato de los gobernadores de Damasco.

 Felús de Muhammad I
Peso: 1,7 gr ; diámetro: 19 mm ; grosor: 1 mm

 Felús de Muhammad I del 268 H, ceca de Al Andalus

 Las leyendas están completas. Sólo traducimos la orla del anverso por los datos que contiene:
“En el nombre de Dios se acuñó este felús en Al Andalus el año ocho y sesenta y dos cientos”


En el año 132 H (756 JC) el único omeya que quedó de la revolución abasida en Siria, logró formar un reino independiente en Al Andalus. Era el que conocemos como Abderramán I, o Abderramán el Inmigrado.
Y un sucesor suyo, el emir Muhammad I (238-273 H) tiene sus monedas con la presencia generalizada de la estrella, como en los dos casos que se exponen.
En todo caso en el Emirato de Córdoba los feluses se caracterizan por un menor grosor a la vez que una escritura con rasgos ya más depurados, y es en el 268 H, y sólo ese año, cuando se produce la acuñación en cobre de Muhammad I con fecha y ceca.
En la puerta de San Sebastián de la Mezquita-Catedral de Córdoba, en su dintel, se lee:
“Por mandato del Amir, perfecciónelo Dios, Muhammad ben Abderramán”. Ese Muhammad es el personaje al que hacemos referencia.


Abderramán III, dirham del 330 H, ceca de Al Andalus

Durante el Califato se va viendo la estrella en muchas monedas. En el caso de Abderramán III, del que es el dirham de la foto, la tenemos de forma permanente desde el año 330 al 333 H.

 Al-Haquen II, dirham del 354 H, ceca de Medina Azahara

Doble estrella aparece en este dirham de Al-Haquen II, de la ceca de Medina Azahara. El año 354 H es el que más se repite en las escrituras que adornan el mihrab de la mezquita de Córdoba; creo que en 4 ocasiones.
En el cuarto renglón del reverso del dirham de Abderramán, y en el tercero de Al-Haquem se lee Príncipe de los Creyentes: es el título del califa.


 Al Muzaffar  Abdelmelik (452-457 H), fracción de dinar del 453 H, ceca de Valencia

Anverso:
“Al-Muzaffar / No dios sino Dios”
Reverso:
“Aben / El Iman / Abd Allah / Aglab”

Y terminamos con esta fracción de dinar del Imperio Almorávide.

Pero nos queda una pregunta. Es curioso que, como hemos visto, la presencia de las estrellas en la moneda hispanomusulmana es una constante, y habría que pensar que lo mismo sucedería con la media luna, símbolo musulmán de todos sabido.
¿Cabría suponer que la media luna la tendríamos al menos en la misma proporción que las estrellas?

Pues no; es más, no recuerdo en este momento que aparezca ni una sola vez. Y sin embargo sí la vemos en monedas cristianas, en unas veces como menguante y en otras como creciente. Así es la vida, lo que esperamos no está y sí lo que no esperamos.

Juan Manuel López Márquez