martes, 3 de octubre de 2017

LA REBELIÓN DE LOS CATALANES

Sir John Huxtable Elliott
Pensaréis que he elegido este título haciendo alusión directa a los acontecimientos de este fin de semana en Cataluña y parece evidente que así sea. Sin embargo no se trata más que de un ejercicio de pisuerguismo, puesto que mi intención primera es la de traer a colación la imprescindible aportación de un gran historiador inglés, J.H. Elliott, cuyo primer gran trabajo fue así titulado, “La rebelión de los catalanes”, seguido del más importante, “La España Imperial” para la comprensión de la naturaleza de aquella entidad política que se gestó mediante el matrimonio de los Reyes Católicos.

Y es que hasta entonces, la historiografía española había pecado de un romanticismo anacrónico e infantil al estudiar nuestra Historia, el cual se ha venido heredando hasta nuestros días, y contamina las columnas de opinión de los supuestos sabios a ambos lados del Puente Aéreo, a los cuales da vergüenza ajena leer y oír a veces, tal es su ignorancia.

La visión que el español medio tiene de su Historia consiste básicamente en que durante la Edad Media la Península estaba dividida en varios “países” o estados y que mediante la unión dinástica de los Trastámara de Este y Oeste se terminaron de unir, terminaron la Reconquista y mal que bien hemos venido conviviendo en un solo estado.

Esta visión peca de simpleza al pretender aplicar una concepción moderna, la del Estado-Nación, a unas épocas en las que la organización territorial se vertebraba a través de otras instituciones o entidades políticas.

Durante la Edad Media, no sólo en España, sino en toda Europa, no existía una noción de ciudadanía de pertenencia a un estado. Las relaciones eran de vasallaje, y por tanto la lealtad se prestaba a un señor, y éste a otro, y este otro a un Rey, y el Rey decía responder sólo ante Dios, cuyas opiniones y voluntad en la Tierra eran manifestados por el Papa. Estos vínculos de vasallaje o lealtad eran a veces más teóricos o jurídicos que reales, puesto que algunos señoríos eran más ricos y poderosos que el rey al que supuestamente rendían tributo.

Otro error frecuente que se repite mucho en estos días es el de confundir una corona con un reino. Un reino es un territorio sobre el que un rey ejerce su poder. Una corona es un conjunto de territorios, reinos, condados, ducados, etc, sobre los que una misma persona ostenta su condición soberana. Ello no significa que  al ser gobernados por el mismo rey dejen de ser varios territorios y se conviertan en uno solo. Es como si alguien es propietario de varias fincas en distintas provincias. Que sean propiedad de la misma persona no implica que se trate de una sola finca. Además, cada una estará inscrita en un registro de la propiedad distinto, incluso cada una estará sometida a una regulación distinta en función de las distintas normativas de comunidades autónomas, municipios, etc. Eso sí, el propietario, podrá en la medida de lo posible llevar una gestión conjunta inteligente, en beneficio propio, como utilizar los mismos empleados, vender los productos conjuntamente, etc. Cataluña no fue absorbida de algún modo por el Reino de Aragón, sino que entró a formar parte de la Corona de Aragón y el matiz es importante.

El origen de lo que luego ha sido Cataluña fue la creación por Carlomagno de las llamadas marcas, unos territorios situados alrededor de su Imperio con el fin de protegerlo de enemigos exteriores. A este lado de los Pirineos se fundó la denominada Marca Hispánica, compuesta por distintos condados con la misión concreta de evitar nuevas incursiones musulmanas en territorio franco, como la que años atrás había tenido que ser detenida por Carlos Martel nada menos que en Poitiers, en el centro de la actual Francia.

Estos condes eran vasallos de los sucesivos reyes de Francia, entonces dinastía de los Capetos. Con el tiempo, el condado de Barcelona obtuvo la preeminencia en lo que hoy es Cataluña, anexionando o sometiendo por las buenas o por las malas al resto de condados. Así hasta que con motivo de una incursión de Almanzor, no recibieron la protección de la monarquía franca pese a haberla solicitado. Ello se interpreta como el origen de la desvinculación del Condado de Barcelona con esa monarquía y su independencia fáctica. Si el señor no cumplía con su obligación de proteger al vasallo, éste quedaba libre.  Lo siguiente hubiese sido obtener del papado la consideración de rey, lo cual era reconocer que no respondía de ningún otro señor en la tierra, sólo ante Dios. Pero eso lo consiguió Ramón Berenguer IV a través del asalto al trono de un pequeño reino vecino que estaba sufrieron una crisis dinástica: Aragón. Mediante un matrimonio de conveniencia con la futura reina Petronila, obtuvo para su hijo Alfonso la dignidad de Rey de Aragón además de Conde de Barcelona. Aquí se funda lo que se llamó la Corona de Aragón, un solo rey para varios territorios que por lo demás mantenían altos grados de autonomía política, legislativa, económica y fiscal. Añadamos que este tipo de organización confederal, que luego se extendería a Valencia, Mallorca, Nápoles y Sicilia, va a ser la que según J.H. Elliot, un rey aragonés, Fernando el Católico, implantaría para gobernar y administrar lo que fue el Imperio Español.

Sabemos que Cataluña, en especial la ciudad de Barcelona, llegaron a gozar de gran prosperidad económica, poder e influencia durante los siglos XIII y XIV. Esta pujanza terminó como consecuencia de las epidemias de peste que la asolaron desde mitad del siglo XIV, que diezmaron a la población. Desde entonces hasta el siglo XVIII, cuando Cataluña comenzó a disfrutar de los beneficios de su pertenencia al imperio, fue un territorio yermo e intrascendente, una tierra atrasada, plagada de bandidos, un rincón ignorado del imperio más poderoso del mundo. Era gobernada por un virrey, al igual que Méjico, Perú o Nápoles.

La unión dinástica llevada a cabo por los Reyes Católicos fue el fruto de una estrategia a largo plazo llevada a cabo por Juan II, Rey de Aragón, padre de Fernando, quien buscaba un aliado fuerte como Castilla para defender sus posesiones en Italia frente a las ambiciones del Papado y Francia. Pero la unión bien se podría haber llevado a cabo entre Castilla y Portugal si Isabel se hubiese decidido por el pretendiente luso. No sabemos cómo se hubiera desarrollado la historia en este caso, lo cierto es que en mi opinión, el motivo de decidirse por su primo Fernando pudo ser mucho más trivial de lo que se piensa, estar más en la atracción personal que en razones de estado.

Mucho se acusa por algunos a Cataluña de no haber sido fiel en algunos momentos al proyecto de unión hispánica. Pero lo cierto es que el primer intento de romper dicha unidad vino de la nobleza castellana, que al fallecer Isabel la Católica expulsó a su esposo de la Corona de Castilla, negándole cualquier derecho sobre la misma, ni siquiera la regencia, por considerarle extranjero. La sucesora elegida fue la hija de ambos, Juana, llamada La Loca, casada con un flamenco, Felipe el Hermoso. La muerte de éste y la enfermedad mental de Juana, hicieron cambiar de decisión a los nobles, que finalmente aceptaron la regencia de Fernando hasta su muerte y su sucesión por su nieto, conocido por Carlos V.

Como hemos adelantado, los siglos que siguieron fueron de miseria e irrelevancia para Cataluña. En lo político, lo económico, científico, cultural, etc. Sin embargo, y aquí está la clave del desenfocado análisis de su historia, allí se trata de mostrar como una época añorada, idílica, de libertades, de predominio de sus instituciones propias. En realidad se trataba de instituciones feudales, retrógradas, que impedían el desarrollo del país. Y sobre todo, lo que impedía su desarrollo era el hecho de no poder participar de las riquezas de la Corona de Castilla, especialmente de su imperio ultramarino. ¿Sabéis que el monopolio del comercio americano lo tenían los castellanos? Hasta bien entrado el siglo XVIII. Es decir, casi 300 años después de la supuesta formación de España, los ciudadanos de un territorio (no sólo ellos, también aragoneses y valencianos), eran considerados extranjeros para el comercio con América.

La supresión de los fueros y la adhesión a la empresa americana supuso en realidad el despegue de Cataluña, su salida de una época oscura. Todo lo que es hoy Cataluña, todo lo relevante de su historia y cultura, a salvo de lo medieval, se debe a estos últimos 200 años, gracias a su definitiva unión a España. El momento desencadenante de este hecho, en el año 1714, se vive sin embargo cada año el 11 de Septiembre en la Diada, como el recuerdo de una tragedia.

De todas formas tendemos a buscar en la Historia justificaciones a nuestras pretensiones nacionalistas o ideológicas, olvidando que la historia no cristaliza, es algo animado que se mueve en función de circunstancias, y sobre todo en este terreno, de la voluntad y sentimientos de los grupos. Podemos haber sido felices juntos durante siglos, haber conseguido muchos logros, pero si en un momento determinado existen intereses divergentes y sobre todo desafecto, la separación termina siendo irreversible.

En estos días he echado de menos una mayor implicación de la intelectualidad de nuestro país, si es que la hay. No lo espero de los políticos ni de la prensa. Pero no podemos hacer frente al sentimiento separatista sólo con medidas judiciales y policiales y pidiendo el respeto a la ley, lo cual está todo muy bien pero a corto plazo. Se requiere el surgimiento de un espíritu potente, ilustrado, que nos haga ver a ambos lados del Ebro lo bueno que tenemos unos y otros, que resurja la admiración mutua y el afecto. Desde la política y la prensa, a ambos lados, se ha excitado lo contrario. Hace falta una declaración de amor. Parece ser que esa declaración de amor, el día anterior del referéndum de Escocia, llevada a cabo por personalidades relevantes del Reino Unido, fue la que decantó la votación a favor de la permanencia por escaso margen. Aquí, yo sigo esperándola. Gente mediocre, malos tiempos.

Manuel del Rey Alamillo

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