jueves, 2 de mayo de 2019

NUESTRA SEÑORA DE PARÍS

Hay determinados lugares a los que tenemos especial cariño, por estar ligados a vivencias de buen recuerdo. Para muchos de nosotros uno de esos lugares es la Catedral de Notre Dame de París. La ciudad de las luces ha sido destino de luna de miel de muchos, cuando la gente acostumbraba a casarse, o de un viaje romántico en pareja y visita obligada era este templo gótico.

Por mi parte guardo un recuerdo especial de un día 8 de Diciembre, festividad de la Inmaculada, con la catedral repleta de niños de uniforme escolar cantando al unísono a la Virgen en su día. Si una oración cantada es doble oración, cantada por niños es triple, y si además en francés, lengua de amable dulzor, resulta especialmente emocionante. Situémonos además en aquellas majestuosas naves cargadas de historia.

No fue esa mi primera visita, sino otra que hice de un día a París con un grupo de estudiantes de francés que hacíamos un curso de verano en una ciudad cercana. Era verano del 1989. Aún no existían los vuelos ni alojamientos low cost ni el turismo masivo.

Nuestro grupo era muy heterogéneo. Españoles, holandeses, italianos, americanos, canadienses, incluso iraníes y sirios.

Unos pocos decidimos visitar Notre Dame, mientras otros empleaban el día en alguno de los magníficos museos de la ciudad o en ir de compras.

A nuestro grupo se añadió un sirio, estudiante de farmacia que quería aprender francés para poder ampliar sus estudios universitarios. Su nombre Omán. Parecía bastante despistado. Como que todo, Europa y el contacto con europeos, le resultase novedoso. Y por supuesto la lengua.

Cuando íbamos a entrar le informé, porque parecía no haberse dado cuenta, de que se trataba de un lugar sagrado para los católicos. Se quedó parado no sabiendo qué hacer, por lo que le añadí que para mí no resultaba un problema que él entrase, pero que quizás para él sí, y por eso se lo decía. Me contestó que no, que no tenía ningún problema, pero que no se lo dijésemos a los iraníes de nuestro curso.

Además de visitar el interior del templo subimos a las torres, y charlamos con las gárgolas que fueron testigos del amor de Quasimodo por la gitana Esmeralda. A ese momento de la visita corresponde la foto: a mi derecha Cees, holandés de Delft, y más a la derecha el entrañable Paul, de Chicago. A mi izquierda el sirio Omán.

Mucho he pensado en Omán en estos últimos años. Qué habrá sido de su vida, si es que la conserva, a buen seguro arruinada, ya sea en su país devastado por la guerra, ya sea en un campo de refugiados turco, o incluso integrado en un país centroeuropeo, aunque sintiendo la desconfianza de muchos, que creen que viene a quitarles su trabajo y su religión y a violar a sus hijas.

Hablar de Notre Dame es hablar de reliquias y coronaciones, pero también de derechos humanos, para quien conozca su historia. Fue Víctor Hugo, autor de Los Miserables, quien creó al personaje Quasimodo, en su obra Nuestra Señora de París, en la que criticaba la arbitrariedad del poder, especialmente cruel con los más débiles. En esa obra, al mismo tiempo, reivindicaba la recuperación de la Catedral de Notre Dame, en aquel tiempo en lamentable estado de conservación, iniciándose entonces un clamor popular que dio lugar a su recuperación y a la configuración que de ella hemos conocido, debida al Arquitecto Viollet Le Duc.

Hay quien se ha escandalizado ante la lluvia de millones de euros que han aportado grandes empresarios para la reconstrucción de Notre Dame. Se piensa que existen necesidades más urgentes, muchas personas necesitadas de lo más primordial, alimentación, abrigo y vivienda.

Sin dejar de reconocer los buenos sentimientos que generan esas ideas, creo que parten de un notorio error desde el punto de vista económico, puesto que la experiencia demuestra que tales inversiones generan riqueza y en definitiva puestos de trabajo, y que haya muchas personas que se ganen ellas mismas el sustento. La caña en lugar de los peces.

Pero además pienso que es bueno proteger y conservar todo aquello en lo que el hombre ha puesto lo mejor de sí mismo, de su sensibilidad y su creatividad, para encontrar la belleza que le acerque al ideal divino. Lo mismo pensó Víctor Hugo, vanguardista de la defensa de los derechos humanos, y así lo percibió también Omán, cuyo recuerdo, junto con el de todos los refugiados de las guerras, me vendrá a la mente siempre que vuelva a aquella casa dedicada a Nuestra Señora de París. 

Manuel Del Rey Alamillo

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