domingo, 3 de marzo de 2019

NARCISO Y EL LIKE

Crédule, ¿quid frustra simulacra fugacia captas? (¿Por qué te aferras, ingenuo, a una imagen fugaz?)
(Fábula de Narciso y Eco, Metamorfosis, Ovidio)

Tengo el libro de las Metamorfosis, de Ovidio, en mi mesita de noche. De vez en cuando me gusta repasar alguna de sus fábulas llenas de sabiduría, historias que no necesitan moraleja, porque a buen entendedor pocas palabras bastan.
Una de mis favoritas es la de Narciso. Ha dado lugar a una palabra muy usual hoy día, narcisismo. Lo practica aquél que siente desmedida admiración y aprecio por sí mismo o por alguna de sus facetas personales.
Narciso era un joven de gran belleza. Pero a esa belleza con la que había sido dotado se unía algún rasgo de imperfección, de asimetría en su rostro que le hacía ser aún más encantador. Son esas pequeñas imperfecciones las que enamoran, al hacer aparecer a una persona bella como más humana, y por ello más asequible y cercana.
Un día iba Narciso por el bosque y en lo más profundo del mismo se encontró con un manantial de aguas limpias y cristalinas. Se acercó a calmar su sed con tan mala suerte que se le cayó una navaja al fondo del estanque. Se asomó y vio cómo le miraba un ser de irresistible encanto.
No se da cuenta de que ese a quien ve en el agua es él mismo, su propio reflejo. Se acerca y le habla y cuando intenta tocarle y besarle, al contacto con la superficie del agua ese ser se diluye y desaparece entre las ondas. Cuando el estanque se calma vuelve a aparecer con toda su belleza, pero cuando intenta tocarlo desaparece otra vez.
Narciso muere en aquel lugar ante la frustración de no poder poseer a ese ser que aparenta desearle a él con la misma pasión que él le desea. En su lugar creció una flor de su mismo nombre.
Me parece muy interesante la disociación de la personalidad que se produce en Narciso. Durante un tiempo no se da cuenta de que ese que le mira desde la superficie del estanque es él mismo, su propia imagen. En realidad Narciso no se enamora de sí mismo, sino de una parte de su yo, su imagen.
Suelo recordar a menudo esta fábula porque me cansa esta sociedad, la más conceptualmente barroca que haya existido nunca. Barroca no en lo estético (no están de moda las volutas sino la línea recta minimalista), sino en el concepto de la primacía de la imagen sobre lo real.
Continuamente se juzga a las personas por su manera de hablar o de vestir, y con eso nos parece que alguien va a ser o no un buen trabajador o un buen político. Las empresas gastan más en imagen corporativa y en la presentación de sus productos que en mejorar su calidad.
Y para colmo surge el instrumento ideal para esta sociedad narcisista: Instagram.
Los usuarios se esfuerzan por mostrar una vida plena y apasionante a través de las sucesivas instantáneas que cuelgan en el ciberespacio. Muestran una apariencia enigmática, desinhibida y sobre todo feliz.
En esas colecciones de momentos vitales parece que siempre es sábado, que continuamente visitamos lugares exóticos o siempre llevando a cabo encantadoras extravagancias. Y por cierto siempre mostramos el mismo perfil, aquél de nuestra anatomía con el que más satisfechos estamos. Nunca sale la verruga ni tampoco un lunes por la mañana, ni las múltiples servidumbres que nos impone nuestra condición.
Y luego viene el “like”. La angustiosa espera para ver si esa foto que nos hemos hecho que no estamos muy seguros de si resulta fresca y original o por el contrario de mal gusto o incluso soez, va a recibir la aceptación de tu público, de tus seguidores.
Según he leído en prensa son cada vez más frecuentes las consultas a psicólogos por parte de jóvenes adictas al like. El esfuerzo por mejorar su imagen virtual y la esperada aceptación de los seguidores les hace vivir en un estado de tensión continua que afecta a su vida real, a todas las actividades que hay fuera del smartphone, los amigos, la familia, o un día de otoño en el campo y disfrutar de la caricia del sol sin tener necesidad de fotografiar el momento.
Veo en las nuevas generaciones a excelentes trabajadores. Para eso se les forma. Hábiles en matemáticas, física, idiomas, manejo de la tecnología… La sabiduría de Ovidio quedará en un libro de mi mesita de noche, esperando a otras generaciones con nuevos principios. Mientras, servirá para que alguien se haga una fotografía simulando leerlo en mitad de una selva sin moscas.

Manuel del Rey Alamillo

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