miércoles, 5 de agosto de 2020

LA PUERTA DEL PERDÓN

Hoy vamos a hablar de la Puerta del Perdón.
¿La Puerta del Perdón de dónde?
Porque es una puerta muy habitual en las fachadas de las catedrales de España: Toledo, Sevilla, Santiago de Compostela, Burgos o Santander tienen una puerta en sus fachadas denominada Puerta del Perdón.
Hoy vamos a hablar de la de la Catedral de Córdoba.


Cuando visitamos la Mezquita-Catedral de Córdoba entramos posiblemente por esta puerta que es la más importante de entrada al monumento. Y lo hacemos pasando directamente al patio y a continuación al edificio sin ser conscientes de la importancia de la puerta que estamos atravesando.

Esta puerta fue construida por Abderramán III cuando amplía el patio derribando el alminar primitivo y la denominada Puerta del Alminar.
Abderramán III amplió el patio y construyó un muevo alminar a la vez que reforzó la fachada norte del edificio para contener las fuerzas de las naves que lo estaban deteriorando.
El derribo del alminar se realizó en el 339-40 de la Hégira (951-2 dC) y la reforma de la fachada del oratorio en 346-7 H (958 dC) por lo que la construcción de la puerta se tuvo que realizar entre esos años.

Abderraman III, dirham del 340 H, Medina Azahara
Peso: 2'84; diámetro: 23'23 mm

Os presento un dirham de esos años en que se construyó la puerta primitiva. Todas las monedas musulmanas de esos años estaban acuñadas en Medina Azahara. Los dirhames de ese año 340 H no son de los más abundantes; no obstante en este que os presento lo que realmente es significativo es la combinación de gráfilas con el adorno de la estrella, no habitual ese año y no descrito en la bibliografía específica.

La primera reforma de la Puerta del Perdón se realiza siendo rey de Castilla Enrique II en el año 1377 dC. Este es uno de los elementos más curiosos de la puerta; en toda la bibliografía consultada se habla de ese año. Pero eso no es lo que está escrito alrededor del arco que por otra parte es el único dato histórico que hay. Pone esto:

“…DEL MES DE MARCO DE LA ERA DE CESAR DE MILL QUATROCIENTOS ET QUINCE AN/NOS RREINA(N)TE EL MUY ALTO Y PODEROSO DON ENRIQUE…”

Aquí tenemos un tropiezo: ¿Cómo es que no coinciden las dos fechas, 1377 y 1415?
Pues es lo mismo sólo que son dos eras distintas. Cuando se habla del 1415, ya lo dice el mismo escrito, se refiere a la “ERA DE CESAR”. Para que nos entendamos, es la Era Safar.

¿Qué es la Era Safar?
Durante la Edad Media en los territorios cristianos españoles se utiliza la Era Safar. Consiste esta era en marcar el año 1 como la declaración de Hispania como provincia tributaria romana; cuando comienza a pagar tributos a Roma. Ese momento coincide con la terminación de las guerras civiles peninsulares, allá por el Segundo Triunvirato. Y eso ocurrió en el año 38 antes de Cristo. Si sumamos 1377 con 38 ya tenemos 1415.
La Era Safar fue utilizada también en los territorios musulmanes por los mozárabes, y se le conoce igualmente por Era del César, de Augusto, Gótica o Hispánica.
Es decir, que el año 1415 DE LA ERA DE CESAR equivale al 1377 después de Cristo.
Hay monedas españolas con la fecha en la Era Safar; son de Alfonso VIII y acuñadas en Toledo. Algún día hablaremos de ellas.


Enrique II, real de ½ maravedí
Peso: 2´4 gramos; diámetro: 25´2 mm.

Se hace alusión en el escrito de la puerta a Enrique II, y como las monedas cristianas medievales no tienen fecha cualquiera de este rey nos puede servir. Reinó desde 1369 a 1379.
Una limpieza nos ofrecería más datos en esta moneda pero no pienso hacerla; me gusta así.

La puerta es reformada por Sebastián Vidal en el año 1650, que ya en 1631 había sido nombrado maestro mayor de la Catedral.
La moneda que os ofrezco es de 1652 y está muy baja de acuñación. Reinaba por entonces Felipe IV.

Felipe IV, patagón de la ceca de Amberes del 1652
Peso: 27´8 gr, diámetro: 41-43 mm

Anverso: " (ceca) . PHIL .  IIII . D . G .HISP . ET . INDIAR . REX . " "1652"
Reverso: ". ARCHID . AVST . DVX . BVRG . BRAB . Zc"


Del año 1739 son las hojas de las puertas. Están cubiertas con láminas exagonales de bronce con tres inscripciones: En algunos de esos exágonos horizontales se lee:

Reinaba ya el Borbón Felipe V, del que aprovecho para presentaros este escudo de un año antes del arreglo:

Felipe V, escudo de 1738 de la ceca de Sevilla
Peso: 3,36 gr, Diámetro: 17,3 mm, Ley: 22 quilates


Los comentarios sobre este escudo son dos: El primero es la denominación popular que recibieron este tipo de monedas, peluconas, por la nueva moda importada de Francia. Y el segundo es la altísima ley, 22 quilates, cuando hoy día en joyería no se aplican más de 18 quilates (75 % de oro).

Juan Manuel López Márquez

sábado, 2 de mayo de 2020

MODELOS

Claudia Schiffer
Coincidió mi juventud con la eclosión de las top models. Aquellas muchachas de proporciones perfectas y rostro angelical, además de ocupar los últimos pensamientos del día de los zagales de mi generación (no los de un servidor, que sólo pensaba en ganar el Premio Nobel de Literatura), posaban para los más afamados fotógrafos y aparecían en las portadas de las revistas de mayor difusión mundial vistiendo lo mejor de los diseñadores de moda, Valentino, Lagerfeld…, y ganaban fortunas como para permitirles una vida a lujo a ellas y a sus hijos y nietos. Ilustres sucesoras no han conseguido eclipsar sus nombres: Claudia Schiffer, Naomi Campbel, Cindy Crawford…

No siempre fue así. Hace tiempo que cuando visito un museo me detengo ante determinadas pinturas de retratos femeninos para pensar no en el personaje representado, sino en la vida de la mujer que sirvió de modelo al artista a cambio de unas monedas con las que se pudo permitir llevar comida a casa y continuar con su vida anónima. Son esas mujeres las que observan desde su piel de óleo cómo las manadas de turistas van contando las salas que les quedan para terminar la visita y poder sentarse a tomar un café o quitarse los zapatos. Me pregunto qué pensarán cuando oyen que no las llaman por su nombre, sino por el de personajes bíblicos, del santoral o mitológicos.

En algunas ocasiones he podido captar la belleza interior que pretendía transmitir el artista, y confieso me he llegado a obsesionar de tal manera que he rastreado la posibilidad de que esa joven no sea anónima, que tenga un nombre y una vida para hacerla aún más real. Y cuando no lo ha sido, he tratado de acercarme a la época y al lugar en el que pudo discurrir su vida, para imaginarme cómo sería su casa, cuál sería su ocupación, cómo vestiría…

Santa Catalina de Alejandría
Comencé a interesarme por ellas a través de una de mis pasiones,  Caravaggio. Su primera etapa artística corresponde a su estancia en Roma, a caballo entre los siglos XVI y XVII. Pese a que casi siempre contó con el favor de personajes ilustres del clero romano, nunca dejó de rodearse de gentes de mal vivir, de jugadores de dados, espadachines aventureros, crápulas y cómo no, cortesanas. Precisamente de entre éstas eligió a sus modelos para las pinturas en las que se había de representar a personajes bíblicos femeninos o santas. Ese realismo indecoroso escandalizó a la sociedad de su época, no sólo porque estaban acostumbrados a observar a tales personajes de un modo más idealizado, sino sobre todo porque sabían de la falta de ejemplaridad moral de las modelos que pretendían representar, ora a Judith, ora a la Magdalena, ora a Santa Catalina de Alejandría.

Precisamente a esta última vino a retratar Michelangelo Merisi da Caravaggio contando con una de sus principales musas, Fillide Melandroni.

De procedencia aristocrática y familia venida a menos, Fillide tuvo que trasladarse de su ciudad natal, Siena, a Roma, donde tras fallecer su padre y después su madre hubo de buscarse la vida a la temprana edad de trece años. Ello la llevó a entrar en el mundo de la prostitución, siendo frecuentada por soldados, proxenetas y calaveras. Nunca renunció, quizás debido a sus orígenes, a alcanzar un más alto estatus dentro de la profesión más antigua del mundo. Al parecer, su educación y buenos modales le permitieron entrar como cortesana en los círculos de la aristocracia romana, y a pesar de diversos incidentes, alcanzar cierta posición acomodada, convirtiéndose en benefactora de diversas fundaciones caritativas y parroquias, a las que se sabe que dejó parte de su herencia.

Judith y Holofernes
En Judith y Holofernes aparece Fillide con un lenguaje corporal aparentemente contradictorio. Sus brazos se alargan y su torso se inclina ligeramente hacia atrás, como intentando alejarse de su víctima. Sin embargo su rostro, sus cejas fruncidas, muestran una inequívoca convicción homicida.

No menos apasionante resulta la historia de nuestra siguiente modelo, Simonetta Vespucci. De nacimiento Simonetta Cattaneo, adquirió aquel apellido al contraer matrimonio con Marco Vespucci, primo de quien con el tiempo acabaría dando nombre a un nuevo continente.

Simonetta Vespucci
Casó Simonetta a la temprana edad de dieciséis años, instalándose en la bella Florencia. Era entonces la época de esplendor de la familia Médici, uno de los cuales, Juliano, no ocultó su atracción por ella y se hizo pintar en su escudo a la diosa Minerva con la cara de Simonetta. No sólo Juliano quedó impresionado por su belleza. Artistas, como Guirlandaio y Piero di Cosimo la escogieron como modelo en algunas de sus pinturas. Pero fue Boticelli quien la hizo inmortal al retratarla en varias de sus obras maestras, como El Nacimiento de Venus, La Primavera, o Venus y Marte, convirtiéndola en el más perfecto prototipo de la concepción renacentista de la belleza femenina.

Detalle de Marte
y Venus
Falleció la bella Simonetta Vepucci de tuberculosis a la edad de veintitrés años, dejando a muchos hombres desolados, sobre todo a Boticelli, para quien fue un amor platónico. Simonetta fue enterrada en la iglesia de Ognisanti, en Florencia. Boticelli, que siguió usándola muchos años como modelo, consiguió tras su muerte lo que no había podido conseguir en vida, siendo enterrado, por deseo propio, en la misma iglesia de Ognisanti, al pie del sepulcro de su amada, donde continúan ambos más de 500 años después.

La Joven de la Perla
Como decía al principio, otras modelos no han tenido la suerte de ser conocidas, ni tan siquiera su nombre, pese a aparecer en obras maestras de la pintura. Es el caso por poner un ejemplo de la Joven de la Perla. Pocos detalles biográficos conocemos del autor del retrato, Vermeer, poco más que la época y el lugar en el que vivió, la encantadora ciudad holandesa de Delft. Menos sabemos por tanto de su modelo, supuestamente una criada a la que dio vida Scarlett Johansson en una película del mismo nombre del cuadro.


La Chiquita Piconera
No podemos terminar sin referirnos a un ejemplo más cercano a nosotros, en lugar y tiempo: María Teresa López González, quien posó para nuestro pintor más universal, en el conocido La Chiquita Piconera. María Teresa nació en Buenos Aires, Argentina, si bien su familia, cordobesa, regresó siendo ella aún niña y se instaló en el barrio de San Pedro, cerca de donde el pintor tenía su estudio en la Plaza del Potro. Terminó sus días en una residencia en Palma del Río, y falleció en 2003. Mientras que su vida transcurría casi en el anonimato, cosiendo y cocinando para familias pudientes, su mirada de lolita cordobesa pasaba de mano en mano, de cartera en cartera, en el reverso de los billetes de 100 pesetas.  Fue la Chiquita Piconera el vivo ejemplo de la disparidad entre la fama adquirida por su imagen, encarnación perfecta del retrato físico y anímico de la mujer cordobesa,  y el desconocimiento hacia su persona.

Manuel del Rey Alamillo

sábado, 25 de abril de 2020

LA CÓRDOBA ILUSTRE Y DESCONOCIDA: JUAN DE ALFARO Y GÁMEZ

            Si hablamos de pintura cordobesa en el siglo XVII, hablaríamos principalmente de dos autores: Antonio del Castillo y Acisclo Antonio Palomino. Pero nos dejaríamos atrás a uno de los pintores cordobeses que mayor fama alcanzó. Estoy hablando del insigne Juan de Alfaro y Gámez, nuestro tercer ilustre personaje de La Córdoba ilustre y desconocida. ¡Comencemos! 

            Nuestro personaje Juan de Alfaro y Gámez nace, en Córdoba, el 16 de marzo de 1643. Hijo del hidalgo don Francisco de Alfaro, boticario natural de Córdoba, y de doña Melchora de los Reyes Ruiz de Mellado y Gámez. Fue bautizado al día siguiente en la iglesia parroquial de San Pedro y tuvo como padrino a Gonzalo de Cárdenas.

Retrato de Diego Velázquez reposando
 en el catafalco de la capilla ardiente,
realizado por Juan Alfaro
            Formado inicialmente en su ciudad natal en el taller de Antonio del Castillo Saavedra, se marchó siendo joven, a Madrid y, con las suficientes cartas de recomendación para poder entrar, se incorporó en el taller de Diego Velázquez, cuyo estilo le influyó de manera notablemente sobre todo en los retratos. Allí, entró en contacto con la pintura veneciana y flamenca, a través de las Colecciones Reales. De su relación con Velázquez, queda un singular testimonio: un bello dibujo de Velázquez muerto, luciendo el hábito de la Orden de Santiago, que Juan de Alfaro hubo de esbozar en la capilla ardiente del pintor sevillano. Este dibujo se guarda en París, en la Fondation Custodia (colección de Frits Lugt).

            Vivió tanto en Córdoba como Madrid, alternando la residencia en ambas ciudades a lo largo de su vida. Se casó en 1666 en la parroquia cordobesa de Santo Domingo de Silos con Isabel de Heredia, enviudando prontamente sin descendencia de este matrimonio. En segundas nupcias, de nuevo en Córdoba, casó en 1679 con Manuela de Navas, hija de Alonso de Gaete, de quien tuvo un hijo: Alfonso.

            Entre sus obras hubo numerosos retratos de personajes de la nobleza como los de Don Bernabé Ochoa de Chinchetru, caballero de la Orden de Santiago, fechado en 1661 y actualmente en el Museo de Bellas Artes de Córdoba; el retrato de D. Pedro Calderón de 1a Barca, realizado entre 1668 y 1675 y actualmente en la Biblioteca Nacional de Madrid; el retrato de una dama del Museo de Bellas Artes de Córdoba, realizado entre 1667 y 1678;  Retrato de la señora doña Isabel Díaz de Morales Muñiz de Godoy y Aguayo, realizado en 1675 y actualmente en el Museo de Bellas Artes de Bilbao; algunos otros retratos de la familia de don Juan Morales, caballero veinticuatro de la ciudad de Córdoba; el retrato de Don Luis Fernández de Córdoba, Marqués del Carpio, realizado en 1675 y actualmente en el Convento de Santa Ana de Córdoba; etcétera, etcétera, etcétera.



            Aunque desarrolla casi toda su actividad en la Corte, bajo el mecenazgo de Pedro de Arce, caballero de Santiago, y Juan Gaspar Enríquez de Cabrera, almirante de Castilla, ello no impide que realice un número importante de obras para Córdoba. En uno de sus regresos a su ciudad natal coincide con el momento en que los franciscanos de San Pedro el Real deciden decorar el claustro de su convento con la vida de San Francisco; atraídos por la fama y el prestigio que tenía el joven maestro, le encargan gran parte de los lienzos. Este encargo motiva una de las anécdotas más conocidas de la pintura cordobesa que refleja el carácter dispar de dos de los pintores cordobeses más famosos de su tiempo. Comenta Palomino, que Alfaro firmó todos sus cuadros poniendo “Alfaro pinxit”, hecho que hizo que Antonio del Castillo, dolido por las pretensiones del discípulo y a quien se le había encargado un lienzo sobre el bautismo de San Francisco, firmara su obra con “Non pinxit Alfaro”. Desgraciadamente, los lienzos que realizó Juan de Alfaro para el claustro han desaparecido. Sólo se conserva El Nacimiento de San Francisco, hoy en el Museo de Bellas Artes de Córdoba.

El Nacimiento de San Francisco de Juan de Alfaro
Bautismo de San Francisco de Antonio del Castillo
            También destacables son las obras que realizó para la Santa Iglesia Catedral de Córdoba. Nos encontramos, entre otras, un retrato de Fray Alonso de Salizanes, Obispo de Córdoba, en la Sala Capitular; las pinturas del Monumento del Jueves Santo, realizadas en 1680, que se conservan actualmente entre la Catedral, la iglesia parroquial de Peñarroya-Pueblo Nuevo y la casa sacerdotal de Córdoba; la Anunciación del trascoro de la capilla mayor de la Catedral; y las pinturas murales de la Capilla de Nuestra Señora de la Concepción o del Obispo Salizanes de la Catedral de Córdoba, comenzado el proyecto en 1679, y celebrándose su inauguración el 2 de diciembre de 1682. La antecapilla se cubre con una media naranja, en la que se representa una gloria presidida por el Espíritu Santo en torno al cual se mueven angelotes que sostienen en sus manos símbolos marianos. En las esquinas, los cuatro Evangelistas. Las paredes con ventanas fueron revestidas igualmente con pinturas y fondos arquitectónicos. En ellos aparecen San Francisco de Asís y San Antonio de Padua.



            Además de las obras religiosas anteriormente comentadas, realizó el Bautismo de Jesús para el Santuario de Santa María de Linares, en 1662; la Anunciación del convento de carmelitas descalzos de San José o San Cayetano, realizado entre 1675 y 1680, y donada al Convento por Don Francisco Antonio Bañuelos y Murillo, canónigo quien también regaló la imagen de Ntro. Padre Jesús Caido; el David conduciendo en triunfo la cabeza de Gollat del convento de San Jerónimo de Valparaíso; una Anunciación de un coleccionista privado; la Asunción, realizada en 1668, del Museo del Prado y depositada, actualmente, en la iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid; la Última Cena del Convento de las Mercedarias de la Purísima Concepción de Madrid...





            También, le fue encargada la Galería de Retratos de los Obispos de Córdoba, de la que realizó dieciocho retratos, desde el retrato del obispo Leopoldo de Austria hasta el del obispo Salizanes.

            Ya en paradero desconocido podemos citar, entre muchas otras, el Retablo de la Plaza de la Almagra de Córdoba, realizado en 1675 y desmontado en 1841; y la Encarnación del Verbo Divino del Oratorio de Carmelitas Descalzas de Córdoba, realizado entre 1662 y 1668.

            Además de su obra como pintor, destaca también por haber recuperado manuscritos de Pablo de Céspedes y escribir una biografía sobre él que sirvió a Antonio Palomino, protegido de nuestro querido personaje, de base para la que incluyen en su obra Vidas. También escribió sobre Gaspar Becerra y el propio Velázquez, pero por desgracia el manuscrito de Alfaro no llegó a publicarse y se perdió.

            Nuestro Juan de Alfaro, también, fue notario del Santo Oficio de la Inquisición. Y en un momento delicado de su vida por verse envuelto en un pleito que consistía, resumidamente, en querer gravar el arte de la pintura, dejó la pintura y se dedicó a la labor de administrador de Rentas Reales.

            Para hablar sobre la muerte de Juan de Alfaro, tenemos que irnos hasta el año 1675. En este año el almirante de Castilla es desterrado a Medina de Rioseco. Alfaro le abandona y regresa de nuevo a Córdoba. A los años, el almirante vuelve de su destierro y, estando dolido por la ingratitud de Alfaro, no le readmite. El disgusto a Alfaro le condujo, según Palomino, a un estado de postración y melancolía que le causó la muerte. Falleciendo el 7 de diciembre de 1680 en Madrid. La partida de defunción se encontró en la parroquia de los Santos Justo y Pastor; en ella se indica que falleció en la calle de la Cabeza, casas de los Pizarros, enterrándose amortajado con el hábito de San Francisco, en secreto, en la Merced Calzada. Esta partida niega el enterramiento en San Millán que recogiera Palomino.

            Y hasta aquí nuestro recorrido virtual sobre la vida y obra de Juan de Alfaro. ¿Quién será nuestro próximo personaje ilustre y desconocido?

Ángel Luis González Martínez

miércoles, 22 de abril de 2020

REFLEXIONES DE UN CONFINADO

         -¡Hombre! ¿Qué pasa, cómo lo llevas? me dice mi vecino de terraza cuando salimos a las ocho de la tarde a aplaudir mientras suena la música de fondo del Resistiré.
         -¡Pues bien, ya lo ves! ¡Más o menos como tú! le respondo desde metro y medio, por aquello de que es conveniente guardar la “distancia social”.
         -Ahora estarás escribiendo mogollón, con lo que te gusta y el tiempo libre que tienes, ¿verdad?
         -Pues…, no creas. Estoy seco de ideas. Desde que empezó esto del coronavirus, me cuesta la misma vida poner una palabra detrás de otra. Es como si el confinamiento me hubiera quitado la creatividad de golpe, como si la imaginación se hubiera tomado vacaciones de buenas a primeras.
         -Eso es que estás preocupado por tu salud…, como todo el mundo; y quien diga que no lo está, o miente o es un inconsciente.

         Cuando acaban los aplausos y entro en el salón pienso en la breve conversación que he tenido con el vecino. No estoy totalmente de acuerdo con él. Claro que estoy preocupado, no sólo por mi salud, la de mis familiares y amigos. También me preocupa lo que pueda durar esta obligada reclusión, aunque a mí no me falta de nada: estoy al abrigo de mis cuatro paredes, confortablemente atendido, y sin exponerme lo más mínimo al contagio (lo que no implica que pueda contagiarme, soy consciente de ello). Pero parece que mi vecino ha espoleado mis entendederas. Pienso un poco, ordeno mis ideas y veo que no es mi salud ni mi confinamiento lo que atenaza a mi inventiva. Tratando de descubrir qué me preocupa más allá de eso, qué es lo que tiene sujeta a mi mente, me pongo al ordenador y escribo sobre lo que está pasando estos días.
         Transitan por las redes sociales videos virales de toda índole. Chistosos unos, anodinos e insulsos otros, e incluso inoportunos, maliciosos o intencionadamente perversos algunos. Suenan versiones de canciones que se han hecho insignias e himnos de aliento para la población, que unen a la gente y son muy de agradecer porque levantan el ánimo. También circulan videos educativos sobre cómo afrontar esta situación desde distintas perspectivas: sanitarios, psicológicos, religiosos, económicos, alimentarios, culturales, lúdicos… Nos invaden el móvil con fotografías y mensajes para ayudarnos a sobrellevar la difícil situación de enclaustramiento. Salimos a aplaudir al unísono a ventanas, terrazas y balcones para mostrar nuestro agradecimiento a quienes exponen su salud para prestarnos sus servicios y preservar la nuestra: sanitarios, transportistas, agentes de las fuerzas y cuerpos de seguridad, empleados de mantener la salubridad en las calles y los estantes abastecidos en los comercios de alimentación... En fin, hacemos todo lo posible para sobrellevar el confinamiento y seguir en comunicación los unos con los otros. Según dicen las autoridades, y se nos reconoce en todo el mundo, estamos cumpliendo las normas dictadas de necesaria reclusión para evitar al máximo la expansión de la pandemia y que no vaya a más. Pero, a pesar de que no se puede hacer otra cosa que lo que hacemos y lo estamos haciendo bien, en general…, estoy más preocupado de lo normal. ¿Por qué?
         Entonces me doy cuenta de que lo que de verdad me preocupa es la gravedad de lo que como género humano nos está pasando. Por fortuna, junto a esta lógica preocupación convive y prevalece en mí la idea clara de que vamos a salir de esta situación, aunque cuando eso ocurra la pandemia se habrá cobrado, por desgracia, demasiadas vidas. Sin embargo, como he dicho tengo la firme esperanza de que todo acabará y veremos de nuevo la luz al final del túnel. Así lo pienso y estoy convencido de ello.
         Voy un poco más lejos en mi reflexión, miro más dentro de mi interior y descubro que mi gran desasosiego radica en no saber si cuando esta situación finalice saldré mejor persona que cuando entré en ella o, por el contrario, no habré aprendido nada. Y por extensión, si como grupo humano, como colectividad, saldremos mejores o no habremos sacado ninguna enseñanza para nuestro futuro. Porque, aunque ahora todos decimos que ésta es una lección que deberíamos aprender bien y sacar los mejores frutos de ella, es muy posible que solamente se trate de buenas intenciones..., pero pasajeras. El género humano es muy desmemoriado, tiene ese defecto, ¡qué le vamos a hacer!
         En estos días es evidente la disposición generosa de todos con todos, especialmente con los más desfavorecidos. Hemos desempolvado nuestra dormida humanidad. ¿Será lo mismo cuando se normalice la situación o seguiremos mirándonos cada uno nuestro propio ombligo, yendo cada cual a lo suyo y sálvese el que pueda?
         También vemos que los índices de contaminación han descendido, y no poco. En televisión ponen fotos que comparan los cielos de las grandes ciudades antes y después, ¡y qué diferencia! ¿Seguiremos dentro de unas semanas abusando de los motores de combustión como hasta hace mes y medio lo hacíamos? ¿Utilizaremos dos o tres coches por familia, sólo por comodidad y porque podemos permitírnoslo?
         Disfrutamos ahora al ver videos de ciervos que se acercan a la playa. Al menos yo me regocijo contemplando animales que transitan por los espacios que anteriormente eran suyos y que impunemente les hemos usurpado para dedicarlos a urbanizaciones. ¿Aprenderemos la lección que nos dice que la naturaleza tiene espacios reservados para sus criaturas y que debemos respetarlos escrupulosamente y no especular con ellos?
         Nos preocupa la situación de la investigación médica, porque buscamos contra reloj una vacuna o cualquier otra solución que detenga este terrible mal que nos aqueja. ¿Nos acordaremos luego de la relevancia que tienen los servicios de investigación, educación, sanidad y atención a la tercera edad que conlleva un estado de bienestar como es debido, frente a lo poco importantes que son eventos como la liga, la champions y demás ocupaciones (iba a decir zarandajas, pero me he arrepentido a tiempo) que nos sorben el seso a la mayoría de los mortales?
         Nos han dejado sin poder ir a misas, entierros, primeras comuniones y otras expresiones religiosas. ¿Habremos aprendido que sin pisar un templo podemos rezar, meditar y acercarnos más a Dios que en cualquier acto litúrgico a los que acudimos muchas veces por rutina? ¿Habremos descubierto que lo único que Jesús nos demanda es amor al prójimo? ¿Que lo que nos pide son esas acciones humanitarias y solidarias, aunque de estricta justicia, que en estos días se ponen de manifiesto, pero que a saber si pronto se nos olvidarán?
         Después de haber sacado a la luz estas cuantas reflexiones de las muchas que me vienen a la cabeza que seguro se le han ocurrido a millones de personas igual que a mí, me quedo más tranquilo. Aunque no menos preocupado. Porque al igual que creo firmemente en la bondad del género humano, no ignoro la estupidez que a veces nos ciega y lo sumamente olvidadizos que somos.
         Ojalá me equivoque y esta vez la lección cale hondo y la retengamos en nuestra memoria y en nuestro corazón mucho tiempo, cuanto más mejor. Sin querer ser agorero, no me cabe duda de que los tiempos venideros serán difíciles y tendremos que estar preparados para los nuevos riesgos globales sanitarios, ecológicos, económicos y de otros tipos que nos asediarán si no ponemos freno a los desmanes de toda índole que cometemos contra nosotros mismos y contra la naturaleza.

         Al día siguiente salgo a la terraza y saludo de nuevo al vecino:
         -¡Otra vez aquí, a cumplir como buenos ciudadanos! me dice.
         -Sí, pero menos seco de ideas y con más lucidez que ayer le contesto.
    Y se pone contento cuando le paso ambos con las manos convenientemente enguantadas estas cuartillas para que las lea. Ya me dirá qué le parecen.

Antonio Titos Moreno

lunes, 20 de abril de 2020

QUE NADIE OS ENGAÑE

       Dios lo hizo todo, conoce todas las cosas reales y posibles de manera perfecta, sabía lo que habría de pasar y sabe lo que habrá de pasar. Nadie puede equipararse al Señor, Creador del universo, nadie puede competir con Dios y arrogarse su inmenso poder o su ilimitada sabiduría. Así lo pondera el profeta Isaías:

­          “¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído?  El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia” (Isaías 40:28).

­          “Yo soy Dios. Lo soy desde siempre, y nadie se puede liberar de mi mano. Lo que yo hago ¿quién podría deshacerlo?” (Isaías 43:13).

­          “Yo soy el Señor, que hace todas las cosas. Despliego los cielos por mí mismo, pongo los fundamentos de la tierra” (Isaías 44:24).

      Desde antes de la expulsión del Paraíso, Dios conoce al hombre pero decidió dejar que decidiera por sí mismo qué hacer. Lejos de tratarnos como marionetas, porque nos ama, nos concede el libre albedrío para que elijamos entre la ciencia del bien o del mal. Si como dijo Santa Teresa “amor saca amor”, sabido es que la avaricia, la envidia, el odio, el egoísmo, la maldad, provocan enfrentamientos, guerras, enfermedades y otras calamidades. El profeta se hace eco de esta capacidad de elección:

­          “Ellos eligieron sus caminos, estaban encantados con sus abominaciones” (Isaías 66:3).

      En medio de esta zozobra que caracteriza al ser humano, también Dios, a través de su Palabra, nos ha indicado el único camino correcto y sensato –sabio– a seguir. Nadie que la conozca puede llamarse a engaño:

­          “Que el malvado abandone su camino, y el malhechor sus planes; que se convierta al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos” (Isaías 55:7-8).

­        "Esto dice el Señor: Observad el derecho, practicad la justicia, porque mi salvación está por llegar, y mi justicia se va a manifestar” (Isaías 56:1).

­          “La vida de los justos está en manos de Dios, y ningún tormento los alcanzará” (Libro de la Sabiduría 3:1).

­          “Son necios por naturaleza todos los hombres que han ignorado a Dios y no han sido capaces de conocer al que es a partir de los bienes visibles” (Libro de la Sabiduría 13:1).

      Estos mensajes, para muchos propios de arcanas profecías, siguen estando vigentes. Múltiples son los ejemplos, aunque nos interesa –por la cercanía de muchos de los que lean estas palabras al ámbito misionero– destacar del mensaje del Papa Benedicto XVI, con motivo de la Jornada Mundial de las Misiones 2011, lo siguiente: “Es cada vez mayor la multitud de aquellos que, aun habiendo recibido el anuncio del Evangelio, lo han olvidado y abandonado, y no se reconocen ya en la Iglesia; y muchos ambientes, también en sociedades tradicionalmente cristianas, son hoy refractarios a abrirse a la palabra de la fe. Está en marcha un cambio cultural, alimentado también por la globalización, por movimientos de pensamiento y por el relativismo imperante, un cambio que lleva a una mentalidad y a un estilo de vida que prescinden del mensaje evangélico, como si Dios no existiese, y que exaltan la búsqueda del bienestar, de la ganancia fácil, de la carrera y del éxito como objetivo de la vida, incluso a costa de los valores morales”.

      Sin embargo, este cambio cultural, materialista y global, hacia un nuevo orden mundial, no es pacífico y hace que se tambalee el modelo actual de sociedad del bienestar, la economía y la política (endeudamiento, desempleo, revueltas sociales, vandalismo callejero, precariedad laboral, especulación y corrupción política, enfrentamientos políticos) y, por supuesto el modelo de valores. Así lo expresaba el entonces cardenal Joseph Ratzinger en la conferencia que pronunció en la biblioteca del Senado de la República Italiana, el 13 de mayo de 2004 sobre los fundamentos espirituales de Europa: “Con la victoria del mundo técnico-secular post-europeo, con la universalización de su modelo de vida y de su manera de pensar, da la impresión de que el mundo de valores de Europa, su cultura y su fe, aquello sobre lo que se basa su identidad., ha llegado al final y esté saliendo del escenario; da la impresión de que ha llegado la hora de los sistemas de valores de otros mundos, de la América precolombina, del Islam, de la mística asiática. Europa, justo en esta hora de su máximo éxito, parece haberse vaciado por dentro, paralizada en cierto sentido por una crisis de su sistema circulatorio que pone en riesgo su vida. Ello se debe a una disminución interior de las fuerzas espirituales importantes y a una extraña falta de deseo de futuro, pues los hijos son vistos como un límite para el presente y no como una esperanza”.

      Cobran actualidad las palabras del Evangelio de Mateo pronunciadas por Jesús inmediatamente antes de comenzar su pasión cuando los discípulos le preguntaron “¿cuál será el signo de tu venida y del fin de los tiempos?”:

­     "Estad atentos a que nadie os engañe, porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Mesías, y engañarán a muchos. Vais a oír hablar de guerras y noticias de guerra. Cuidado, no os alarméis, porque todo esto ha de suceder, pero todavía no es el final. Se levantará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá hambre, epidemias y terremotos en diversos lugares; todo esto será el comienzo de los dolores. Os entregarán al suplicio y os matarán, y por mi causa os odiarán todos los pueblos (…) pero el que persevere hasta el final se salvará” (Mt 24:1-13).

Y continúa diciendo:

­          “Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis todas estas cosas, sabed que él está cerca, a la puerta. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles de los cielos ni el Hijo, sino solo el Padre” (Mt 24:32-36).

      No sólo el cristiano si no el lector que se aproxime a estas palabras en el contexto de la actual situación mundial ¿puede permanecer indiferente? ¿Constituye la crisis sanitaria que azota el mundo provocada por la pandemia del coronavirus, un nuevo signo visible de los tiempos? No es fácil la respuesta, pero lo que sí es cierto, como afirmamos al principio, es que Dios conoce todas las cosas reales y posibles de manera perfecta y sabe lo que ha de pasar en cada momento, y que nosotros somos los que elegimos entre la ciencia del bien o del mal.

      Por eso, cuando los valores sociales de hoy en día se caen, cuando el éxito y el dinero no lo pueden todo, ha llegado el momento de darnos de bruces con la realidad. Efectivamente, que nadie se engañe, este sistema de vida no podía mantenerse siempre. Sólo nos queda buscar razones profundas que nos lleven a vivir en plenitud nuestra existencia para recuperar la confianza en el hombre, volver nuestra mirada a los valores de nuestra fe, promover un humanismo nuevo fundado en el Evangelio de Jesús y adorar al Padre:

­          “Se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad” (Jn 4:23-24).

      Siendo esto así, los cristianos deben aprender a ofrecer signos de esperanza y a convertirse en hermanos universales, cultivando los grandes ideales que transforman la historia y, sin falsas ilusiones o inútiles miedos, comprometernos a hacer del planeta la casa de todos los pueblos. Una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio, como nos dice San Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris missio, 1, sobre la permanente validez del mandato misionero.

     Se impone, más que nunca, una reflexión profunda sobre el sentido de nuestra vida y la necesidad de tomar conciencia renovada de la urgente misión de anunciar el verdadero amor.

       Córdoba, 17 de abril de 2020. 
Francisco de Paula Oteros Fernández