lunes, 4 de julio de 2016

DE LA GLAMUROSA INFLUENCER MAGUÍ DE LA PUGUIFICASIÓ DU CHAMP DE LA VERITÉ

En un edificio de la Avenida de Cádiz, de cuyo número no consigo acordarme, no ha mucho tiempo que vivía una chatungui de las de chándal los domingos, lencería del Bershka, piso de 80 metros de un solo cuarto de baño y Opel Corsa en la puerta. Lentejas los lunes, cocido los martes, fabada los miércoles, sopas, revueltos y pastas los restantes, y Telepizza o chino para cenar, consumían las tres partes de su salario de mileurista. Tres vestidos, dos camisas y dos minifaldas alternaba durante la semana, apoyados en unos tacones de Maripaz, y el finde se pasaba a los vaqueros, camiseta y deportivas del Decatlon. Vivía con su marido, director de la sucursal de la Caja, la oficina del barrio, buena persona, honesto, de fiar, sin ambiciones, poco pelo a sus cuarenta y tres y corbata bajo el jersey de pico. Frisaba la edad de nuestra chatungui con los cuarenta años. Era de complexión fibrosa, buen tipo, resultona, aunque de caderas un poco anchas y amiga del deporte. Su nombre, porque así lo quiso su madre, María de la Purificación, aunque en el barrio le llamaban Mari Puri. Mari Puri la de la perfumería. Lo que voy a contar está basado en hechos reales.

Es, pues, de saber que esta sobredicha chatungui, los ratos que estaba ociosa en la perfumería, se daba a leer revistas de moda, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio del deporte y el cuidado de la casa; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que se quitó del gimnasio al que iba a nadar los martes para poder comprar todas las revistas de moda. Telva, Elle y Vogue no podían faltar cada mes, y si podía se hacía con la edición francesa. Le embriagaba la emoción de retirarle el plástico a la revista, ver el obsequio que traía ese número, respirar el olor de las letras recién impresas en el papel, su tacto, y mirar con deleite durante unos minutos a la modelo que llevaba en la portada, una chica de pensamientos botánicos (no digo esto porque fuese aficionada a la horticultura o la jardinería, sino porque sus pensamientos son parecidos a los de una planta).

Tanto se obsesionó que si no había clientes en la tienda estaba siempre leyendo tales revistas, o se salía a la calle a cambiar impresiones con Charo, la de la zapatería. Y discutían sobre Pradas, Armanis, Yimichús y Dolchegavanas durante horas y horas.

En resolución, ella se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las mañanas leyendo; y así, del poco trabajar y tanto leer revistas, se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en las revistas de moda, así de perfumes como de modelos, lencería, taconazos, restaurantes de moda o viajes exóticos; y asentósele de tal modo la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas fotos que veía, que para ella no había otro modo de vestir y vivir en el mundo.

En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que dio loca al mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su fama como de su cuenta corriente, hacerse influencer y colgar en todas las redes sociales miles de fotos suyas en los rincones más pintorescos de su barrio, el Sector Sur, ataviada con los trapos, calzados y abalorios que veía cada día en las revistas de moda.



AQUEL DÍA EN LA COMPRA

No fue esta una idea que le viniese a la cabeza en una noche de insomnio. Pero si hubo un momento que le lanzó a decidirse fue aquella mañana que le tocaba librar en la tienda de zapatos y se fue a hacer la compra para la semana. En la cola de la pescadería se colocó detrás de una señora en bata de guatiné, fea como un duende, que la miraba de soslayo para vigilarla, no fuera a colarse, y que interponía entre ambas un enorme carrito de la compra del que asomaban puerros y acelgas. En el mostrador, el pescadero cortaba con presteza las cabezas de las pescadas y arrojaba chorros gelatinosos de boquerones en cucuruchos de papel de estraza. Vociferaba los precios de almejas, calamares, acedías…
Se imaginó haciendo lo mismo, la compra, pero en Champs Elysees o en South Kensington. En esos lugares no podía existir esa fealdad. En esos lugares la gente no compra puerros ni pescadillas. En las películas sólo llevan lechuga empaquetada, dos piezas de fruta y una baguet calentita. Y la dependienta es una piba con un tipazo que exhibe un colgante de Tifanis.
Y decidió que debía dar un gran salto adelante en su vida.
Lo primero, un nombre. No podía seguir siendo Maripuri la de la perfumería. Los nombres conquistan devociones. En las revistas no sale ninguno feo. Y si sale uno, se convierte en bonito.
Por supuesto su nombre no podía depender de esa lengua vulgar, el castellano, que es la que se habla en la frutería y en la pescadería del barrio, y en la cola del Mercadona. Su nombre no podía ser de la lengua del tal Cervantes, el de los dibus de cuando chica, sino de la de Coco Chanel, la del mítico perfume, que tan bien suena cuando lo anuncian en la tele.
Después de varias noches entre el sueño y la vigilia dio con el nombre adecuado para su nueva dedicación de influencer: Maguí de la Puguificasio du Champ de la Veguité.



RAFAEL, EL MARIDO

Como todos los días, Rafael se quedó el último en el banco, revisando los expedientes de los pocos morosos que tenía en su oficina.

En otros tiempos, antes de la crisis, antes de ser nombrado director, siguieron una política de crédito más expansiva. Dieron préstamos a todo el barrio para que rehabilitasen sus casas del Campo de la Verdad, para remodelar sus cocinas y cuartos de baño, para comprarse una parcela. A algunos les vendieron participaciones preferentes. Al principio no entendía lo que eran. Luego se lo explicaron y consiguió captar en qué consistían, aunque no llegó a entender lo de preferentes. Lo que sí es verdad es que con ese nombre se vendían como churros.
Luego vino la crisis. La gente del barrio empezó a quedarse sin trabajo. Y a no pagar las mensualidades de los préstamos.
Quien pagó los platos rotos fue el director, un joven de treinta y pocos años, de ETEA, traje oscuro y corbata y modales un tanto remilgados. Se fue con lágrimas en los ojos, lleno de rabia e impotencia. No había hecho más que lo que le habían pedido desde arriba. Dar muchos préstamos, vender preferentes.
La Caja decidió entonces buscar un perfil más conservador, más apegado a la gente del barrio de toda la vida, conocedor de sus habitantes, con nombre y apellido, para iniciar una política de captación de pasivo, puesto que los mercados habían cortado el grifo a la banca española.
Y pensaron en él, Rafael, como director. Él lo recibió con gran orgullo y su Maripuri con gran frustración, cuando comprobó que la cifra de su nómina apenas subía.

Se puso la cazadora que solía llevar en esta época de entretiempo, apagó las luces, activó la alarma y cerró la puerta. En la calle había ambiente de primavera. La gente se animaba a tomar una caña al salir de trabajar. Se paró a tomar unos caracoles en el puesto. Entre sorbo y sorbo se abstraía pensando en lo que iba a hacer durante el fin de semana. El sábado por la mañana iría a ver el partido del equipo de su niño, Rafalito. Tenía un partido importante, si ganaban podían quedar entre los cinco primeros de su grupo. Rafalito estaba muy ilusionado con la marcha del equipo, y porque hace dos semanas metió su primer gol, de cabeza en un corner. Su padre, Rafael, lo recordaba de continuo, el mejor gol de su vida, junto con el de Iniesta. El domingo no jugaba el Córdoba en casa, así que se irían a la parcela de su hermana a pasar la tarde.

Como solía ocurrir, cuando fue a pagar ya se le había adelantado otro sorbedor de caracoles, Antonio el de la peluquería de caballeros, que le miraba esperando un gesto de agradecimiento por la invitación. Dio las gracias y se encaminó a casa, a diez minutos andando, con la satisfacción de sentirse valorado y apreciado por la clientela, que eran sus vecinos de barrio.

Al ir a abrir la puerta del bloque saludó a Doña Fuensanta, la del bajo, que se pasaba la vida mirando a quien entraba y salía del bloque. Subió hasta su planta, abrió la puerta de su piso y al entrar pensó que se había equivocado de planta. ¡Cómo podía ser, si había abierto la puerta con su propia llave, la misma de siempre!

Las dudas se le despejaron cuando apareció su esposa Maripuri por el comedor. La veía distinta, se había cambiado el peinado, llevaba un vestido que enseñaba unos hombros modelados y bronceados, y parecía más alta por el efecto de los tacones, ya que no se había quitado los zapatos, cosa que siempre había hecho al llegar a casa para evitar molestar a la familia del tercero.

-         Mamá, ¿Qué ha pasado con mi sillón de orejas? ¿Y nuestro sofá? ¿La mesa camilla?
-         Gordito, me he cansado de este salón casposo de cuéntame y he decidido hacer un cambio ¿te gusta?

Efectivamente el cambio era notable, las curvas habían sido sustituidas por líneas rectas,  las enagüillas por una mesa baja que sostenía un gran cubo de metacrilato lleno de bolas de colores.

-         Pero cariño, mi sillón de orejas, que lo heredé de mi padre y de mi abuelo, donde veo los partidos de la tele, donde Rafalito se sienta en mis rodillas para verlos conmigo, de donde salté cuando el gol de Iniesta y el ascenso del Córdoba a Primera! ¿No lo podías haber dejado en su sitio?
-         Sí mi amor, pero es que no pega con el sofá nuevo que he traído del IKEA, no lo entiendes? Tenemos que evolucionar, no nos podemos quedar siempre igual.
-         Y en qué mesa vamos a comer?
-         Rafael, por favor, no empieces a poner pegas, no coartes mi creatividad. Eso son minucias.

Rafael elevó la vista y comprobó que unos focos de soporte ostensiblemente metálico y con tuercas a la vista habían sustituido a la lámpara de cristal de Murano que se habían traído de Venecia en su viaje de novios. Recordó las dificultades para llevar la enorme caja en el autobús en el que hicieron el viaje desde Córdoba, organizado por Viajes Marsans. Y la ilusión de los dos cuando recién llegados del viaje se pusieron a montar todas sus piezas. Y la frustración al comprobar que faltaban algunos cristales. Nadie lo notaba, pero ellos sí, porque lo sabían, y una herida les sangraba en el estómago cada vez que lo recordaban.

-         ¡Pero Maripuri, cariño…!
-         Y no me vuelvas a llamar Maripuri. Mi nombre de toda la vida ha sido Maguí de la Puguificasión, o si lo prefieres Maguí Puguí.
-         Vale,… Maguí Puguí, dime cómo vamos a pagar todo esto!
-         Con mi extra de verano.
-         Mamá, habíamos quedado que la íbamos a emplear para alquilar el apartamento en Torrox en la segunda quincena de Julio. Nos tendremos que ir a casa de tus padres en Benamejí a pasar el verano, ¡otra vez! Y no es que a mi me importe, pero con la ilusión que hacía a los niños la playa…
-         Vamos a la playa, pero no a la Costa del Sol, que es de clase media-media. Me apetece ir a algún sitio con más estilo, la Cot D´Azur, ¿Qué te parece Cannes?
-         No lo sé, cariño, no conozco ese sitio. A mí me hacía ilusión por fin coincidir con los García y los Peláez en Torrox, esas tardes de partidas de dominó en el chiringuito. No sé si en ese sitio va a haber campeonatos de dominó, ni siquiera chiringuito.
-         No se hable más, si no tienes dinero se lo pides a tu banco! Siempre estás ayudando a la gente y nunca te ayudas a ti mismo. Otra cosa, hemos quedado para cenar con Rosa y su marido.
-         Y eso? Antes no la podías ver. Estabas siempre criticándola con tus hermanas.
-         No, es que no nos entendíamos, pero Rosa y su marido son una pareja de la que tenemos mucho que aprender.
-         Y dónde hemos quedado en cenar? ¿En el Miguelito?
-         ¡Qué dices! ¡No seas cateto! En Tribeca, al lado de Sojo Fusión. 

El colmo. Uno de esos sitios caros pretendidamente elegantes que siempre había criticado. Con nombre de sitio extranjero.

Mientras transitaba por el pasillo de casa, camino de su dormitorio, en parte para buscar un momento de refugio y soledad, en parte para quitarse la cazadora, el jersey de pico y la corbata a juego, que le estaba empezando a ahogar, iba pensando en el motivo que podía tener Maripuri para tejer lazos ahora con Rosa y Chema.

Nunca se había sentido cómodo con Chema. No compartían aficiones. Chema sólo se interesaba por la tecnología y la Fórmula Uno. No sabía nada de lo que le gustaba hablar con su grupo de amigos, fútbol, toros, cofradías, …Le daba la impresión de que despreciaba su trabajo, su afición al fútbol, sus sábados llevando al niño a jugar el partido en el equipo del colegio y domingos en la parcela. Mientras él se iba fin de semana sí fin de semana no a congresos o reuniones de trabajo, a las que nunca llevaba a Rosa, pero siempre le traía un bolso de Cauolina Joueua o unos zapatos caros, que provocaban en su esposa un primer gesto de envidia seguido de una mirada de reproche hacia él.
El caso es que Chema nunca le había explicado lo que hacía en esos congresos o reuniones, que siempre caían en fin de semana, de los que no nada detalles, y Rosa tampoco.

Ese día no comieron pollo asado con patatas, que era lo que solía tocar los viernes. Sandwiches de salmón con rodajas de pepino y queso Filadelfia. Comida sana.



EN TRIBECA

Maripuri se tuvo que cambiar tres veces de vestido y dos de zapatos. No recordaba con qué conjunto le había visto Rosa la última vez y no quería repetir.
Había sido su mejor amiga en el Insti. Vino a su boda. Luego Rosa se casó con uno del Centro, un pijo del colegio Cervantes, se había ido a vivir a un adosado y ni siquiera la había invitado a su boda.
Pero habían coincidido en la fiesta de los 25 años del Insti, se habían emborrachado juntas como otrora cuando hacían botellón donde la Feria, se habían contado confidencias de alcoba y se habían prometido verse más a menudo.

Al entrar en el restaurante (gastrobar) se apercibió de la indecisión de su marido, no sabiendo a quién dirigirse. Como si le fueran a reñir por hacer algo mal. Lo había sacado de su zona de confort, del Miguelito y los bares con barra de cinc de la avenida y no sabía comportarse.

En ese momento llegaron Chema y Rosa. Chema llevaba una camisa ideal, de Scalpers, ajustada, que dejaba adivinar una trabajada tableta. Y Rosa, … llevaba un vestido ideal que dejaba ver unas modeladas piernas, apoyadas en unos Yimichús. Un generoso escote anunciaba las estribaciones de la prominente cordillera de cumbres redondeadas que se había hecho instalar en el pecho años atrás. Se miró, vestida de Primark, y miró a su Rafael, con su anticuada camisa de rayas, y se sintió acomplejada.

Frente a la actitud indecisa de su marido, Chema se había hecho ver con naturalidad, no había tardado dos segundos en tener frente a sí al metre, que le exhortaba a acompañarles a la mesa reservada.

Tras los saludos, preguntas de rigor y demás, Maripuri sacó su batería de comentarios sobre lugares de moda que no había visitado pero que conocía como si tal gracias a sus revistas. Ahí se sintió cómoda. Rosa trataba de estar a su altura pero no lo conseguía. Nada más casarse había tenido tres niños, uno detrás de otro, y no le quedaba tiempo para viajar ni siquiera para leer revistas. Y su marido, siempre de viaje, no le servía de mucha ayuda, así que se había tenido que hacer cargo ella sola de la casa.

Como solía ocurrir, los maridos se enfrascaron en una conversación aparte sobre sistemas operativos. Chema paseaba de continuo sus dedos sobre la pantalla de su móvil de última generación, y Rafael escuchaba con aparente interés sin atreverse a sacar su vetusta Blackberry.

A la hora de elegir plato había pasado una vergüenza horrorosa por culpa de su marido. Este se había obstinado en pedir un flamenquín con patatas, pese a que no aparecía en la carta. – Bueno, tendrán entonces rabo de toro – Sí señor, tenemos “Hebras lumbares de vacuno a las finas hierbas de la dehesa y castaña de Aranjuez”. Rafael miró sin rubor el precio del plato, 28 euros, y se lo pensó, pero como iban a pagar entre todos, acabó pidiéndolo.

Luego, ante un plato cuadrado enorme con un pequeño montículo en el centro de un material indefinido, y dos charcos de distintos colores en el borde derecho, se había quedado un minuto en silencio mirando el plato pensativo y dando su aquiescencia a la elección de vino que Chema había efectuado de modo resolutivo, entre otras cosas porque no sabía nada de vinos que no fueran de Moriles.

Durante el postre Maripuri pescó algo de una conversación entre Chema y Rafael que le pareció interesante. Parece que Chema tenía entre manos un negocio de importación de coches birmanos y necesitaba financiación. Rafael iba a estudiar el asunto.

FIN DEL SUEÑO


Once meses después Rafael esperaba impaciente en su oficina. Tenía el presentimiento de que su socio no iba a llegar y así fue. Cuando Chema le propuso aquella operación vio cosas que no le cuadraban. Y cuando le dijo que tenía que transferir todo el dinero a una cuenta de las Islas Caymán pensó que no lo debía hacer. Pero para entonces estaba metido hasta el cuello, no había marcha atrás. Su única esperanza estaba en hacerse la ilusión de que todo aquello fuese normal en ese tipo de negocios. Caminar sobre el alambre. Confiar en el socio. Pero ahora se confirmaban sus peores presentimientos. El dinero estaba en las Islas Caymán en una cuenta instrumental de la que solo Chema podía disponer. Y él estaría por esas latitudes, tomándose un dayquiri a la salud de los inversores estafados. 

Marcó el número de teléfono de Rosa. Al comenzar la conversación ella le hablaba con naturalidad impostada. Como si no hubiera ocurrido nada. Pero al preguntarle por su marido ella se vino abajo. Efectivamente llevaba una semana sin aparecer por casa. No sabía nada de él. No sabía qué hacer.

Notaba que le faltaba el aire. Los clientes y los empleados de la oficina se afanaban en sus tareas ajenos al drama que se le presentaba. Salió a la calle sin atender a los habituales saludos de cortesía. Hizo un recorrido visual de izquierda a derecha. Hasta clavar su vista en la iglesia. No lo dudó y dirigió sus pasos al templo. Buscaba un rincón íntimo, donde mostrarse tal y como era, hablarle a una imagen y si tocaba, echarse a llorar. Pero la puerta estaba cerrada.

Al darse la vuelta tratando de recomponerse se encontró con Francisco, que se le acercaba. No se detuvo en saludos. ¿Dónde está mi dinero?

A Rafael no le vino a la mente otra nueva excusa. Ya no se le ocurría ninguna otra más. Fueron cinco segundos eternos, a los que Francisco puso fin de la manera que le habían enseñado en la calle. El puñetazo en la nariz le ocasionó a Rafael un dolor agudo. Pero en lo más íntimo, mientras probaba el sabor ferruginoso de su propia sangre, que inundaba su boca, sintió cómo comenzaba a redimirse.

Once meses después, ante el Juez de Instrucción, Rafael había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó al fútbol por primera vez. Sentado en aquel sillón, repasó su vida en cuestión de segundos. Trató de seguir el hilo de su existencia, el motivo que le había llevado a estar allí sentado.

No había elegido un abogado estrella. No a uno de esos que se recitan como los mejores para una determinada especialidad. Había elegido a uno del barrio, Juan, por la absoluta confianza que le merecía. Por el camino, su conversación le resultaba tranquilizadora, pero al mismo tiempo le perturbaba el hecho de que le pudiese dar esperanzas de que aquello pudiera salir bien, quedar en nada. Anhelaba el momento en el que pudiese tocar fondo, en el que dejar de sentir la caída y comenzar una nueva vida, fuese cual fuese esa vida. Pero ahora mismo todo era pérdida en todos los terrenos de su existencia. Recordó aquel libro que leyó durante sus guardias en la mili. Y como Raskolnikov, en su interior se sentía aliviado tras haber sido citado como investigado.

El pasillo en el que esperaban a ser llamados para declarar ante el Juez de Instrucción era lúgubre, triste por definición. Ni una sola ventana, ni un guiño a las artes decorativas. Una luz blanca mortecina iluminaba a una docena de personas que esperaban a ser llamados, a unos bancos de madera de diseño monacal y unas tuberías que recorrían el techo a la vista de todos, sin pudor alguno. Habían entrado en la oficina judicial para le fuesen leídos sus derechos y firmar la designación de abogado y procurador. Le pareció inapropiada la naturalidad con la que trabajaban los funcionarios, hablaban de sus cosas, escuchaban la radio. Ajenos a los dramas con los que convivían. Sobre la mesa se apilaban expedientes incoados contra otros como él. No, él no era un delincuente. No se dedicaba a asaltar farmacias ni droguerías amenazando la dependiente con una jeringuilla. Pero ahora se encontraba entre ellos.

La lectura de derechos le hizo empezar a entender el tipo de mundo en el que se introducía. Tenía derecho a “no decir verdad”. Llamar de ese modo a la mentira era la antesala de un arte en el que resulta fundamental el modo de llamar las cosas, escoger la palabra adecuada y no otra. Por eso Juan le había hecho repetir una y otra vez una versión ensayada de los hechos.

El Juez le recibió con el mínimo exigible por las normas de educación, ni un ápice más. Ni una sola concesión a la cordialidad. Le hicieron sentar frente a él, al otro lado de la mesa. En ese momento se relajó. No era capaz de mantener la tensión que le había tenido siete noches sin dormir. Tenía que poner fin a aquello lo antes posible y no prolongar la agonía. No hizo caso a su abogado y lo contó todo, tal y como había ocurrido. Al terminar su relato tenía la esperanza de que el Juez premiase su sinceridad y mostrarse su lado humano si es que lo tenía. Pero todo ocurrió tal y como tenía que ocurrir: “Por el momento voy a decretar prisión provisional. Puede ir a su casa a recoger los utensilios de aseo imprescindibles y medicinas o cualquier otra cosa que requiera. Señor letrado, se le notificará el auto de inmediato para que pueda recurrirlo”

En el ascensor, a solas con su abogado, no pudo evitar derrumbarse y echar a llorar. Juan se arrepintió una vez más, como tantas otras, de no haber elegido quedarse con la tienda de lencería femenina de su padre.                 

Once meses después, Mari Puri se veía sorprendida en su casa por una inesperada visita. Su marido, Rafael, había llegado a casa escoltado por la Policía, que se puso a registrar cajones.

Esos once meses habían sido los mejores de su matrimonio. Rafael era otro hombre, más decidido, habían viajado a Cannes, a París, a Londres, habían dado la entrada para unos adosados que se estaban construyendo junto a la Arruzafa… Se había hecho cargo de los gastos de su nueva actividad, de influencer, que todavía no había comenzado a dar beneficios: ropa, bolsos, zapatos, decoración.

Por fin tenía un bolso de Loef y unos Manolos. Se habían apuntado al club de Golf…


¿A qué venía esto? Desde el principio había tenido la sospecha de que todo aquello no fuese más que un sueño, una broma de mal gusto. No podía ser. Ella, Mari Puri, no podía ser la elegida para salir de una vida anónima, intrascendente y mediocre. Fue en ese momento cuando confirmó que las estirpes condenadas a cien años de vulgaridad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

Manuel Del Rey Alamillo

jueves, 30 de junio de 2016

LOS DUROS SEVILLANOS

Los duros sevillanos son falsificaciones de época

La expresión “Más falso que un duro sevillano” se sigue aplicando en nuestra sociedad para indicar la falta de legalidad en diversas situaciones.
Veamos de donde proviene:
A finales del siglo XIX se produjo en la ciudad de Sevilla una falsificación de tal magnitud que inundó el país de monedas de 5 pesetas falsas. Son los llamados duros sevillanos.
Fue una falsificación totalmente novedosa pues la industria se había desarrollado lo suficiente como para que su presencia pasase como monedas auténticas, pues era muy difícil distinguirlas de ellas. Pero lo más significativo es que eran de plata y con una ley idéntica a las verdaderas.
Hasta este momento la falsificación había consistido fundamentalmente en el empleo de un metal inferior que posteriormente se recubría con un baño de plata. Pero este no era el caso pues como digo era plata “auténtica”. Se sabe que fueron fabricados por la fundición Covián, próxima a La Barqueta, pero hay que decir que también salieron de Gerona e incluso de países americanos. Pero los sevillanos se quedaron con el apellido.
Es muy curioso el procedimiento utilizado para entrar y sacar los duros de Sevilla. Se realizaba el trasiego en los varales de las camas de hierro que tenían un diámetro similar. Entraban en el material importado de Francia (varales y monedas a falta de acuñación) y salían en las camas terminadas.

¿En qué se distinguía entonces un duro sevillano?
Pues pasado un poco de tiempo aparecía en ellos una tonalidad amarillenta o se manifestaban oxidaciones. Ambas anomalías se aprecian en las fotos expuestas.
¿Qué ocurría?
Aunque la ley de plata era correcta y la talla de sus partes había sido muy bien realizada, la maquinaria era de tipo artesanal pues no olvidemos que los talleres eran clandestinos y debían pasar desapercibidos. Era necesario calentar el cóspel para proceder a su acuñación, y el efecto de ese calentamiento se traducía posteriormente en esas imperfecciones referidas.
Pero cabe una pregunta más: ¿Cómo es posible que se realizase una falsificación utilizando el metal correcto? La respuesta es muy sencilla pues en esos años se había producido una bajada muy importante en el precio de la plata con lo que el valor facial, 5 pesetas, era muy superior al valor de la plata utilizada. El valor de la plata estaría alrededor de las 2 pesetas (entre 1880 y 1900 la plata bajó un 60 % de su valor)

La Ley de Gresham se cumplió a la perfección con los duros sevillanos. La Ley de Gresham dice que la moneda mala expulsa a la buena.
¿Qué es lo que ocurría en este caso? Veamos: Supongamos que tenemos en nuestro poder dos duros, uno legítimo y otro falso. Si vamos a hacer una compra intentaremos deshacernos del falso, quedando en nuestro bolsillo, bien guardado, el legítimo. Por ese sencillo mecanismo podemos ver que los duros sevillanos estaban siempre y todos en circulación, mientras que los legítimos se encontraban a buen recaudo.
La situación llegó al punto de que los jornaleros exigían cobrar en billetes, en tren se cobraba en billetes, y en las tiendas no aceptaban duros.

El problema alcanzó tal magnitud que el Estado se vio obligado a cambiar los duros falsos por duros legales en virtud de la Real Orden de 6.04.1908. Al final se terminó por suspender la acuñación de duros en los primeros años del siglo XX siendo sustituidos por billetes.

Juan Manuel López Márquez

domingo, 26 de junio de 2016

ESPECIAL GALA GÉNESIS 2016 (Bienvenida, Pregón, Vídeo Curso 2015-16 y Fotos Gala Génesis 2016)

 PROGRAMA GALA GÉNESIS 2016

 -   PRESENTACIÓN

-   PALABRAS DE LA PRESIDENTA

-   PREGÓN

-   RESUMEN CURSO (VÍDEO)

-   ESPECTÁCULO 



PALABRAS DE LA PRESIDENTA
          

Buenas noches queridos socios.

En primer lugar, en nombre de la Junta Directiva quiero agradecer vuestra presencia en esta noche de San Juan, muchas felicidades a los Juanes que nos acompañan, y tener presentes a los que no han podido asistir a esta Gala por una causa u otra. Desde aquí mando un abrazo muy especial a Pepe y Encarnita y  a nuestra Chelo.

Como Presidenta, recién reelegida, de esta Asociación es una satisfacción cerrar este curso, el cual hemos intentado llenarlo de contenido cultural y de convivencia, hemos tenido un intenso programa, con actividades que incluso no hemos podido llevar a cabo por falta de fechas en nuestra tan apretada agenda, pero siempre con el objetivo que es ESTRECHAR LAZOS entre todos nosotros.

Hemos compartido comidas, experiencias, emociones, sonrisas y algunas lágrimas, un año lleno de vivencias que más tarde os mostraremos en imágenes.

Deseo que pasemos una agradable velada y disfrutemos de esta noche.

Cuento con todos vosotros para que el próximo curso nos continuéis ayudando con vuestra participación a la hora de realizar las actividad programadas y no olvidéis que nuestro blog sigue abierto en estos meses y que la inspiración llama a vuestra puerta para que la compartías con todos nosotros; así podéis mandarnos artículos, fotos de las vacaciones recetas fresquitas juegos para los niños, en fin lo que se os ocurra para estar unidos en estos días de vacaciones en que coincidimos menos pero nos gusta saber unos de otros.

Muchas gracias a todos por seguir Estrechando Lazos.


Milagrosa Martínez Ramírez



PROCLAMACIÓN DE LA GALA GÉNESIS 2016

I
Córdoba, 1988, 21 de octubre. Llovía.

Unos amigos, vecinos de la localidad, mayores de edad, se congregaron a sabiendas, en reunión pacífica y sin armas, con unos fines premeditadamente lícitos: 

Crear una Asociación para el estudio y difusión de los aspectos históricos, artísticos y geográficos de España, y para el estudio del patrimonio y la cultura autóctona de cada una de sus regiones, de las cuales, como canta la jota, Aragón es la más famosa. Pero no nos distraigamos de nuestra historia.

Los amigos en cuestión procedieron, en el mismo acto, ya con nocturnidad, a elegir la primera Junta Directiva de la Asociación:

-       José Luis Arjona, Presidente
-       Rafael Calleja, Vicepresidente
-       Tomás de Haro, Tesorero
-       Antonio Peinado, Vocal de Relaciones Públicas
-       Pedro Luis González, Vocal de Cultura
-       María José Jiménez, Vocal de Acción Social
-       Ángel León, Vocal de Asuntos Recreativos

Así, por lo menos, consta en el Acta Fundacional de “Génesis”. 

Veintisiete años y ocho meses después, los padres fundadores están hoy aquí, mezclados  –como si tal cosa–  con los socios y directivos del ayer, del hoy, y, como es de esperar, del mañana.

Pero, que nadie piense que están “cazando moscas”, al contrario, como le gusta decir a la directiva actual, están “estrechando lazos”. Eso sí, lazos de hermandad y de simpatía. En definitiva, lazos de amistad.

II

Por eso, la elección del lugar para celebrar nuestro más característico y representativo evento anual, el Real Círculo de la Amistad, no ha podido ser más acertada. Pues, nos acoge una de las instituciones culturales más importantes de la Córdoba decimonónica, que ha sabido llegar al siglo que vivimos peligrosamente juntos, en perfecto estado de salud.

El Círculo, como coloquialmente le llamamos los cordobeses, alberga un rico patrimonio histórico y artístico, habiendo girado siempre su eje de actividad en torno a la cultura.

Quizás por ello –nunca es tarde si la dicha es buena- la Consejería de Cultura, el pasado 31 de mayo, incoó el pertinente expediente para su inscripción en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz, como Bien de Interés Cultural (BIC), con la tipología de monumento.

Con humildad, aunque sin complejos, como Asociación Cultural que en 2018 cumplirá los treinta años de existencia, desde Génesis aplaudimos hoy el merecido reconocimiento.

III

Desde su creación, la Asociación Sociocultural Génesis ha desarrollado –como todos venimos disfrutando– una fértil actividad cultural y recreativa, al tiempo que ha ido cimentando la hermandad entre los asociados, protagonistas activos y pasivos, de forma que, estrechando, estrechando lazos, celebraremos, Dios mediante, como la entidad y sus gentes merecen, el ya cercano 30 Aniversario. 

Durante estos años se han sucedido visitas y paseos culturales, disertaciones y charlas, talleres y cursos, viajes y excursiones, música, poesía y teatro. Eventos todos que avivan el alma y los sentidos y en torno a los cuales se ha ido conformando el grupo humano que hoy conocemos. Patrimonio inmaterial –como ahora se dice– que, sin duda, merece la pena cuidar y conservar. Por supuesto sin olvidar el buen beber y el mejor yantar, o viceversa, que tanto nos gusta y caracteriza.

Pero un pregón es también sentimiento. Esta noche, quisiera especialmente rememorar, con agrado, los buenos momentos en la primera directiva de la que forme parte. Presidía Ángel Luis y la conformaban  Tomás de Haro (Vicepresidente), Paco Linares (Secretario), Juanma (Tesorero), y los vocales Antonio Pérez, Queca, Chelo y el que os habla.

Esta fue la Directiva que en el año 2006 modificó los Estatutos de 1988 para adaptarlos a la normativa vigente. Un trabajo del que todos, Directiva y Asamblea de la época, nos sentimos orgullosos.

En 2012, tuve, asimismo, el honor de ser elegido Presidente por la Asamblea General, responsabilidad que pude desempeñar gracias a mi Junta Directiva: Dionisio (Vicepresidente), Mercedes Contreras (Secretaria), Pepe Ortega (Tesorero) y los vocales Fátima Gómez- Luengo, Rosa, Mariluz, María José, Miguel Arias y Rosa Fernanda, y Queca, que está en todas partes. Un abrazo para todos.

Y hoy, por fin, he llegado a pregonero improvisado de la Gala anual de la Asociación. ¿Y cómo ha sido eso?

Os responderé con una anécdota.

En cierta ocasión le preguntaron al torero Juan Belmonte en un festejo benéfico que, en calidad de Gobernador Civil, presidía un antiguo banderillero suyo:

-         ¿Maestro, es verdad que este señor gobernador ha sido banderillero suyo? ¿Cómo se puede llegar de banderillero de Belmonte a gobernador?

A lo que el maestro de Triana respondió:

-         Pues como va a ser, degenerando.

IV

No se alarme el respetable que ya remato la faena, espero que sin pitos y sin aviso, pero no quisiera terminar sin hacer una evocación –y me pongo ahora un poco más serio, si cabe– al espíritu de Córdoba a través de sus distintas épocas.

Y es que “El “Poema de Córdoba”, de Romero de Torres, se me vino presto a la mente cuando amablemente me empujaron a proclamar esta Gala. Así:

-       La Córdoba Guerrera, representada por Gonzalo Fernández de Córdoba y Enríquez de Aguilar, el Gran Capitán
-       La Córdoba Barroca, de D. Luis de Góngora.
-       La Córdoba judía, de Maimónides.
-       La Córdoba cristiana de San Rafael, el ángel custodio de la ciudad.
-       La Córdoba romana, de Séneca.
-       La Córdoba religiosa, de San Pelagio.
-       La Córdoba torera, representada por Lagartijo, primer gran Califa del toreo.

Constituyen la expresión de siete épocas espirituales e históricas en el ambiente cordobés.

Que bella alegoría de la ciudad de Córdoba, realizó el pintor a través de sus personajes históricos más ilustres.

Evocando el pasado quiso dejarnos su visión de cómo influye éste en la psicología de las gentes cordobesas.

Por eso, desde el salón que lleva su nombre, y con el permiso de la autoridad competente, Chiqui, doy por inaugurada esta Gala de Génesis 2016.

¡Que empiece la fiesta! ¡Que corra el vino! ¡Abramos nuestros corazones de par en par a la amistad y a la alegría!

Sintámonos guerreros, poetas, filósofos y toreros y encomendémonos a San Rafael para disfrutar, sabiamente, esta noche y el que se pase, tiempo tendrá de arrepentirse mañana.

Córdoba, 24 de junio de 2016.

Francisco de Paula Oteros Fernández



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jueves, 23 de junio de 2016

ALEGRÍAS DE CÁDIZ

Fueron a coger coquinas
los Voluntarios de Cádiz
fueron a coger coquinas
y a la primera descarga
olvidaron las carabinas...

No podía ser de otro modo. En Cádiz, todo rebujado. Como siempre. La letra de las Alegrías que acababa de escuchar no hacía sino confirmárselo.
La Ciudad de Cádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro Rey que al Señor Don Fernando VII”. Recordaba esa frase desde muy niña, cuando la leía cada vez que visitaba el museo con su padre. Habría que ver a aquella gente, plantando cara al francés hace dos siglos ya.
Se abrochó la trenca antes de salir del tablao y enfilar la Plaza Mayor. El invierno seguía en todo lo alto. Seguro que por ahí abajo, ya no hacía tanto frío. Incluso habría gente mariscando. “Madrid es lo que tiene”, se dijo.
A esa hora no había forma de encontrar un taxi. “Joder, qué hambre”.
Para engañarla, se encendió un cigarrillo. “El último hasta mañana, lo juro”. No le quedó más remedio que empezar a andar, para no quedarse congelada en la parada.
Hacía más de un año que no compartía piso con nadie y, al abrir la puerta, lo agradeció una vez más. Las cosas, como a ella le gustaban. Se dirigió derecha a la cocina, conteniéndose para no asaltar la nevera anárquicamente. Tampoco había mucho con lo que guerrear. Huevos, algo de verdura, un cartón de leche y pan de molde. Buscó ansiosa en la alacena. “¿Quedarán patatas?” No había ni una.
“Habrá que hacérsela a la francesa”. Los franchutes, una vez más. Las cocineras gaditanas, como tenían poco aceite, batían el huevo con la sal precisa y liaban la tortilla antes de ponerla en el plato. Sin patatas. El asedio durante la Guerra de la Independencia sustrajo a Cádiz de cosas básicas, como las patatas que alegraban la tortilla antes de que llegara Pepe Botella.
No estaba mala, tenía el punto de sal y el aceite justo. Se ayudaba con el pan de molde y ya parecía que el invierno no era tan crudo. No le apetecía trabajar al día siguiente. Lo del tablao como algo eventual no estaba mal, otra cosa era pensar en aquello como algo definitivo. ¡Ni hablar!
Tras terminar de picotear, sintió la necesidad de encenderse otro cigarrillo. “Este sí que es el último hasta mañana, lo juro”. Lo hizo con parsimonia, recostada en la silla de la pequeña cocina. El humo, deshecho en volutas, fue ascendiendo lentamente en jirones al mismo ritmo que sus pensamientos...
 “Más que en Cuchilleros, deberías estar trabajando en la Biblioteca Nacional ¿Has olvidado a qué fuiste a Madrid? Para algo te has licenciado en Historia y has ganado esa beca, digo yo”. La monserga más repetida cada vez que la telefoneaba su padre “¿Qué hay de esa Tesis a medias? Deberías retomarla”.
Esas mismas volutas que la habían sumergido en aquella abstracción son las que la sacaron de su ensimismamiento. Aplastó el pitillo contra el cenicero con morosidad, mecánicamente. Faltaba poco para que comenzara a clarear, aunque aun no se oía el ajetreo de los estorninos. Se desvistió deprisa, sintiendo frío. Cuando apagó la luz, justo antes de dormirse, los escuchó cantar al fin.
Durmió de un tirón, con ansia. Era de esas veces en las que uno no recuerda qué ha soñado, aunque está seguro de haber sufrido algún tipo de desarreglo onírico. Descorrió la cortina y miró por la ventana. Esto de empezar el día cuando la gente ya sale de las oficinas para comer, me mata. Aunque no me queda otra. El sueldo no es malo, ni bueno tampoco, aunque es lo único digno que he encontrado. De algo me ha servido el emperre de mi madre con eso de que bailara desde pequeñita. Qué flamenca ha sido siempre mamá para todo...
Como cada tarde, a las ocho más o menos, comenzaba a llegar al tablao el personal. Había que ir preparándolo todo antes de que arribaran los primeros clientes. Las bailaoras compartían un camerino ridículo en el que calentaban los músculos antes de actuar, se maquillaban, planchaban ellas mismas las batas o los trajes que iban a usar y charlaban hasta que les tocaba salir.
Aun faltaba una hora larga para su número cuando Joaquín Heredia, el dueño del tablao, pidió permiso y entró en el camerino. Como siempre, se le veía contento.
“Niñas, esta noche hay algo importante que celebrar –comenzó-. Nos vamos de tournee. Manolito Núñez ha conseguido cerrar, por fin, la gira por Francia. Hoteles de tres estrellas y buenas dietas, aparte del sueldo.”
Lógicamente, la noticia fue bien recibida por las artistas. Algunas ya empezaron a deleitarse pensando en el viaje, los hoteles y el dinero extra. No era para menos: salir de la rutina del tablao, cambiar de aires, sorprender a un público receptivo.
Magdalena nunca había bailado fuera de Cuchilleros. De hecho, llevaba muy poco haciéndolo para poder seguir tirando en Madrid. Justo desde que renunció a la beca. Ciertamente, le seducía la idea.
Fue entonces cuando Heredia sacó su pitillera y el encendedor y le ofreció un cigarrillo. “El último de hoy, lo juro”. La pitillera llevaba las iniciales del hombre grabadas en la tapa. El mechero era de oro, propio de la gente de rumbo. Cuando se lo acercó para dar lumbre al pitillo, Magdalena pudo leer la marca: Dupont.
El nombre le llamó la atención. Hacía mucho tiempo que no la recordaba pero, en ese momento, le vino a la mente la anécdota que su padre contaba de vez en cuando en casa. Era una historia bien conocida y aireada en las reuniones familiares desde siempre. Resulta que el tatarabuelo de su abuelo había sido el famoso General Morla, quien rigió el destino militar de la ciudad de Cádiz durante la Guerra de la Independencia. Su padre no se cansaba de recordar que  Morla, su antepasado, recibió al vencido general Dupont, que bajaba prisionero con su ejército hacia la bahía gaditana. Y proseguía recordando que, con sus mariscales, sería recluido en el castillo de San Sebastián, en donde se le servía de comer lo que en casa de Morla se cocinaba.
“Por una buena temporada, Dupont tuvo que cambiar los pichones en fricasé, los pavitos cebados a la rabigote o las roelas de ternera en fricandó por potaje de bacalao con garbanzos y espinacas, cocido, mondongo o manteca de cerdo”. Y siempre terminaba con la misma frase, lleno de orgullo: “No puede haber más grandeza de espíritu en un general vencedor”.
“¡Magda espabila que, después de estas bulerías, actúas tú!”
Le fue difícil salir de su mundo. Tenía que bailar.
Se sentía bien esa noche. Era uno de aquellos días en los que su baile tenía pellizco. Los focos le molestaban un poco, quizá porque estaba habituada a los del tablao de Madrid y los de este local de Burdeos estaban dispuestos de una forma algo extraña. La gira había comenzado hacía cinco días y esta era su tercera actuación.
Al acabar, la obligaron a saludar un par de veces. “Parece que les han gustado las Alegrías, me estoy ganando el sueldo”.
Fue en ese segundo saludo, con las luces del local encendidas, cuando lo vio sentado en una mesa de la segunda fila.  Estaba solo, no compartía el velador con nadie…
Aquella noche, Magda no durmió en el hotel de la rue Clemenceau en el centro de Burdeos. Amaneció en una casa de dos plantas, en pleno campo.
Arnaud y ella se entendían, desde la noche anterior, en un francés tosco pero más que suficiente si dos quieren conocerse. La luz, la disposición de la cama, los cuadros, el espejo sobre el buró eran nuevos para Magdalena. No los recuerdo de anoche ¡Dios mío, qué guapo es!
“Bonjour, ma chérie!”, se le escapó a Arnaud desde la ducha.
“Hola, buenos días ¿qué hora es?”
“La de ir a comprar al mercado. Hoy cocino yo”.
Magdalena se revolvió feliz bajo el edredón y se entretuvo en ver cómo el sol incidía sobre el parqué recién acuchillado. “Ciertamente, me muero de hambre. Siendo la hora que es, en este país la gente debe haber ya almorzado”.   
En lo que tardó en levantarse Magdalena de la cama, ducharse y volver al mundo real, a Arnaud le dio tiempo de volver del mercado cargado de bolsas.
Cuando lo vio, Magda enarcó las cejas mostrando sorpresa.
“¿dónde vas con todo eso?” preguntó.
“El salmogejo y los camagones se acabaron por hoy. Los vas a cambiar por una estupenda sopa bullabesa y, de segundo, quiche lorraine. Typical French!”
Magda lo dejó hacer, a su aire. Se notaba que a Arnaud le gustaba la cocina y manejaba los tiempos, como un torero de arte.
Para empezar, la bullabesa: sirvió el pescado en una fuente, el pan en otra y el caldo en una sopera. Mientras, la quiche se estaba terminando de hacer en el horno.
”Hay que servirla muy caliente, así que vete apurando la sopa”.
Magda disfrutó de cada instante de la comida. Sintió cómo los sabores, las texturas, la reconciliaban de nuevo con el mundo. “Para alcanzar el nirvana, ahora sólo me hace falta un pitillo. Esta semana dejo el tabaco, lo juro”. Hizo una mueca de disgusto. Demasiadas veces se había hecho ya ese propósito.
La sacó de su abstracción un pequeño grabado que vio colgado en una pared del espacioso comedor. Lo que le llamó la atención es que era obra de su cocinero por aquel día, como atestiguaba la firma, “Arnaud D.”, y sintió curiosidad por la “D” solitaria.
“Arnaud, ¿qué esconde esa inicial?”, preguntó con aire misterioso.
“Esa “D” corresponde a la primera inicial de mi apellido, Dupont”. Arnaud permaneció un momento callado, rumiando algo en su fuero interno.
“¿me dijiste que eras de Cádiz, no? Pues verás lo que acabo de recordar. Un antepasado de nuestra familia, el general Dupont, estuvo preso allí después de ser derrotado por vuestro ejército, cuando la invasión del gran Napoleón. Y mi padre siempre nos contaba que estuvo recluido en una fortaleza militar, desde la que veía el mar, mientras se entretenía traduciendo a Horacio”.
Magda lo miraba con los ojos como platos, sin fuerzas para interrumpirlo.
“¿Sabes lo que más me gustaba de esa historia cuando la oía de niño?”, prosiguió Arnaud. “Tengo grabado en la memoria que cierto general que mandaba en Cádiz se ocupó personalmente de que mi  tatarabuelo comiera cada día lo que en su casa se cocinaba y hacía enviar a la prisión con toda la solemnidad posible”.
A Magdalena Morla todo empezó a darle vueltas. El círculo se había cerrado…
        
           Enrique García Luque