lunes, 29 de febrero de 2016

"EL QUINTO SABOR"

La maleta pesaba tanto como la barba sin afeitar, la camisa arrugada tras horas de avión y el sueño que no se había presentado en todo el vuelo. Sólo pensaba en llegar al hotel y dormir todo lo que me permitiera mi agenda y el calor que hacía a esas horas en aquella caótica ciudad.
Orlando San Ginés, sonriente, se aprestó a cargar con mi equipaje. Sorprendido, no le dejé hacer en un principio. Fue una escena algo violenta. Inmediatamente, me pesó haber actuado así por miedo a que el taxista malinterpretara el gesto. Hacía mucho tiempo que esos detalles habían dejado de ser frecuentes en España y esa falta de costumbre fue la que me hizo dudar antes de dejar hacer, por fin, al chófer.
Como es normal en esa época del año, el cielo limeño estaba plomizo y el calor húmedo me sorprendió vestido aún con la ropa del invierno que acababa de dejar, haciendo de las suyas, al otro lado del mundo.
El taxi estaba impoluto. Reparé incluso en la corbata, oscura y algo torcida, que el conductor llevaba bajo su chaleco de punto. También había notado un olor a colonia masculina, rancia, como esas que ya no se encontraban en España, cuando San Ginés se me había acercado para recoger la maleta.
Arrancó sin más trámites. A los pocos minutos, estuvimos a la altura del puerto de El Callao y, algo después, pasamos junto al Rímac, el río que atraviesa la ciudad. Alcanzamos los primeros barrios, de aspecto desordenado.
Hasta entonces, ninguno de los dos habíamos vuelto a abrir la boca desde el aeropuerto. El taxista me examinó por el retrovisor.
- Así que de España, ¿verdad?
Asentí, observándolo todo con curiosidad.
- Sí, soy español. Aunque sólo en parte- me apresuré a contestar.
San Ginés, entonces, entornó los ojos y se fijó detenidamente en mis ojos ligeramente rasgados. Antes de darle tiempo a replicar, puntualicé: “mi bisabuelo era japonés, aunque su hija se casó con un español y… ya puede imaginarse usted el resto”.
La pregunta del chófer no se hizo esperar y no me cogió por sorpresa. - Si no es indiscreción ¿qué ha venido a hacer usted a Lima?
Consulté mi reloj y calculé que aún quedaba un buen trecho hasta llegar al restaurante en pleno centro.
Kikunae Ikeda
- He venido al Perú siguiendo los pasos de mi bisabuelo. Ando buscando el quinto sabor.
El taxista levantó una ceja, delatando que no entendía a qué me refería.
- Usted recordará eso que aprendimos en el colegio de que podemos percibir cuatro gustos: amargo, salado, ácido y dulce ¿cierto? Bueno, pues existe un quinto sabor escondido en ciertos alimentos: el que descubrió mi bisabuelo- le deslicé con cierto misterio. A lo que no estaba dispuesto era a contarle cómo lo consiguió.
Me arrepentí de la confidencia y decidí cambiar de conversación. - ¿Qué tal se come en “Las Brujas de Cachiche”?-  pregunté al chófer. Estoy citado allí.
- Señor, “Las Brujas” es uno de los mejores restaurantes de todo Lima. Comida criolla bien rica. Además, en pleno barrio de Miraflores, el mejor de la capital.
Al oír aquel nombre, no pude dejar de acordarme de lo que había leído en el diario de mi bisabuelo. Mi mente volvía, de nuevo, hacia donde yo no quería.
- Si no le importa, apague el aire acondicionado. Prefiero sentir la brisa- espeté al taxista.
El bofetón fue de aire húmedo, cargado de salitre. El aire de un Pacífico oscuro, revuelto, que batía con fuerza las piedras redondeadas que conformaban la orilla. Miraflores quedaba aún lejos.
Allí vivía, a principios del siglo XX, la culpable de esta azarosa historia. Una verdadera bruja de Cachiche, caserío de la costa sur de Lima donde las mujeres tenían fama de bellas y bondadosas. Aquella se llamaba Ailén y había hechizado a mi bisabuelo.
Ella fue la que consiguió reunir, en una memorable cena, a mi antepasado y al Doctor Le Blanc, en cuya tarjeta de visita se podía leer que poseía “increíbles-poderes-fenomenológicos”…
Juntos, habían asistido a la función del mago en el Teatro Municipal cierta noche. El plato fuerte de la actuación del Doctor Le Blanc había sido el número de hipnosis, con el que cerraba siempre su repertorio.
“Se trata, damas y caballeros, de un número muy peligroso, sólo realizable por los conocedores de los secretos de los brahmanes del famoso reino de Bután, donde me inicié en estos arcanos... Noten, distinguido público, que las alteraciones psíquicas de hipnotizador e hipnotizado durante el experimento pueden ser i-rre-ver-si-bles. De ahí, el deber de avisarles de la peligrosidad del mismo”. El Doctor Le Blanc hablaba con un acento francés impostado. El público guardaba silencio expectante. El mago hundió el mentón en el pecho y se llevó las manos a las sienes, imitando la pose de los grandes maestros de la hipnosis.
“Obviamente, necesitaré la participación desinteresada de algún voluntario de entre los presentes en el público”. Un joven imberbe se levantó, resuelto, desde la tercera fila del patio de butacas. “C’est magnifique!! Gracias, mi valiente amigo” exclamó el ilusionista. “Antes de proseguir, permítame preguntarle si usted y yo nos hemos visto anteriormente o nos conocemos”, a lo que el voluntario contestó con un ensayado “por supuesto que no, Doctor”. A mi bisabuelo no le pasó desapercibida la mirada cómplice que cruzaron entre ambos, y susurró –escéptico- a su bella acompañante: “este mago no es sino un impostor más”.
El número de magia prosiguió con arreglo al patrón premeditado del mago, que adornó la puesta en escena con visajes y ademanes perfectamente ensayados. Fue todo un éxito. A la salida del teatro, la gente se deshacía en elogios acerca del espectáculo. 
Mi bisabuelo tenía ganas de conocer a aquel supuesto médium. Como científico que era, le encantaba desenmascarar a farsantes y rebatir teorías sobrenaturales. Ailén parecía conocer a todo el mundo en Lima y organizó el encuentro con el Doctor Le Blanc, al que esperaron a la salida del teatro para invitarlo a cenar. Una calesa los condujo a un famoso restaurante regentado por un oriental, el señor Wang, venido de la lejana ciudad de San Francisco, lo que confería un aire cosmopolita al establecimiento en el que se daban cita la flor y nata de la sociedad limeña de aquella época.
Durante la cena, los hombres hablaron largamente de ciencia y parapsicología. El Doctor Le Blanc defendía su trabajo refiriendo que la hipnosis era fruto de estudios admitidos y comprobados por la ciencia médica. Mi antepasado asentía escéptico. Mientras, Ailén los contemplaba en silencio, fumando con desgana valiéndose de una larga boquilla. Mi bisabuelo, por su parte, le refería al ilusionista el trabajo que realizaba en la Universidad Imperial de Tokio. Llevaba años obsesionado con hallar un gusto distintivo que encontraba en ciertas viandas, como espárragos, tomates o algunos quesos y carnes y que era diferente a los cuatro sabores básicos. Él, que era químico, pensaba que podía aislar al causante de ese quinto sabor. Había invertido en la tarea mucho trabajo, aunque sin resultado. Remató su intervención con una frase que pretendía sonara lapidaria: “Doctor Le Blanc, nuestros mundos son muy distintos. Yo me dedico al estudio sistemático y riguroso”.
Ailén decidió intervenir para mitigar la tensión que se percibía en el ambiente. Habían terminado la cena hacía un buen rato y propuso probar una novedad que estaba considerada el último grito del restaurante. El señor Wang había importado la idea de la “Casa de Té" del Golden Gate de San Francisco donde había trabajado hasta establecerse en Lima.
- Se trata de probar las misteriosas “Galletas de la Fortuna”- dijo Ailén, con un punto enigmático en la voz.
- ¿Galletas de la Fortuna?- se asombró mi bisabuelo.
Ailén explicó entonces a los dos hombres en qué consistía aquel postre que se estaba poniendo de moda en todo el continente. Mi bisabuelo sonrió incrédulo y pensó una vez más en lo fácil que era embaucar a la gente. Llevado por su espíritu burlón, tomó la galleta de la bandeja plateada que le tendía ceremonioso el señor Wang. La partió por la mitad, extrajo el billete impreso, se ajustó los lentes y leyó en voz alta: “Estás cerca del final. Déjate ayudar. La sugestión es el camino”.
- Oh la la!!- exclamó Le Blanc. “Su-ges-tión” ¿ha oído bien? ¿Qué es la hipnosis sino sugestión, mon amie? ¿no se atreve a expeguimentag un poco?
El caso es que, en apenas unos minutos y gracias a la intercesión de la guapa Ailén, mi bisabuelo estaba sentado frente a un concentrado Doctor Le Blanc en un extremo del restaurante, despejado a tal efecto, bajo la atenta mirada de los comensales que a esas horas ocupaban el local.
- Relájese, amigo Ikeda, relájese- espetó Le Blanc a mi bisabuelo.
- Se siente demasiado cansado para pensar, su cuerpo no le responde. Los brazos y las piernas le pesan profundamente y no puede mantener abiertos los párpados. Abandónese…
Y prosiguió: Ahora, sin dejar de dormir, levante la cabeza y míreme.
Mi bisabuelo, como un autómata, acató la orden del mago, que sonrió complacido.
- Está bajo mi poder, he anulado su voluntad y obedecerá todo aquello que le diga. Le Blanc ensayó unos pases magnéticos en el aire y prosiguió: Señor Ikeda, usted ahora mismo no está aquí, sino en su querido Tokio. Concretamente, a la orilla del mar –aventuró el ilusionista- ¿qué es lo que está viendo?
Pasados unos segundos, mi bisabuelo abrió los ojos y los dejó fijos en el ángulo de la estancia mientras comenzó a hablar de forma imprecisa.
- Veo las islas frente a Odaiba, donde algunos pescadores faenan mientras los cormoranes revolotean intentando robarles algún pez. Estoy paseando por la orilla, con los pies dentro del agua y un libro bajo el brazo. Está atardeciendo y, al fondo de la playa, veo una silueta.
Los comensales contemplaban fascinados la escena y contenían la respiración esperando que mi antepasado se decidiera a seguir relatando su visión.
- Es una mujer. Está desnuda, aunque me ofrece su espalda. A sus pies hay un kimono abandonado. Decido acercarme y, al sentirme, ella se gira… ¡¡es Ailén!!
Está preciosa –prosiguió-, realmente bella, pese a que cubre su cuerpo con algas que me impiden admirarla en todo su esplendor. No me importa, parecen parte de su figura. Ella sigue recogiendo algas de la orilla y sigue engalanándose con ellas, mientras me sonríe. Me pide que la bese…
En ese momento, Ailén decidió levantarse y, por gestos, le pidió a Le Blanc que parara aquel experimento. Le Blanc susurró: De acuerdo mi querida amiga, pero he de despertarlo sin brusquedades. Antes de sacar del trance al hipnotizado, éste tuvo tiempo de añadir:
- Me acerco a besarla, está muy bella. Ahora parece que sus labios fueran también de algas…Al estrecharla, se deshace entre mis brazos, pero alcanzo a darle un beso.
En ese momento, mi bisabuelo dejó de hablar, alterado. Se recuperó apenas y exclamó:
- ¡Es el quinto sabor!    Umami… - involuntariamente, había pronunciado esa palabra en japonés, que significa sabroso………..

- Señor, ¿le apetece otro pisco sour antes de empezar a comer o prefiere probar ahora otro cocktail?- Con esa pregunta, el maître de “Las Brujas de Cachiche” interrumpió mi relato justo en ese momento.
Creí percibir un gesto de decepción en mi interlocutor, sentado frente a mí. Hasta este viaje, no conocía personalmente a Octavio Velásquez, periodista de El Comercio. A su derecha, sobre el mantel de hilo, un manuscrito apenas acabado de la biografía del Profesor Kikunae Ikeda, mi bisabuelo: el famoso descubridor del “UMAMI”, el quinto sabor.
- Creo que ya conoce en qué terminó todo esto ¿no es cierto? – exclamé tratando de volver a la realidad tras referirle el extraordinario relato de mi bisabuelo.
Velásquez me miraba de hito en hito. No había abierto la boca durante todo ese tiempo.
- El resto, ya es historia- exclamé. Poco después de todo aquello, al regresar a Tokio, mi antepasado consiguió purificar los cristales de glutamato monosódico precisamente de un concentrado de algas marinas. Y hoy se utiliza para potenciar el sabor natural de los alimentos, aunque a mi me gusta mucho más intentar descubrirlo en una loncha de jamón o en una copa de Jerez. Dicen que ambos manjares lo poseen.
El periodista levantó la cabeza de su libreta de apuntes y me sonrió, confirmándome que él también conocía de sobra el éxtasis que ciertos alimentos pueden depararte.
Por supuesto, pedí otro pisco sour y otro más tras el almuerzo.
Fue en el taxi, muy cerca de mi hotel, donde me di cuenta de que me había dejado el idolatrado diario de mi bisabuelo en el restaurante. A esas alturas, me convenía más telefonear desde Recepción que dar media vuelta y plantarme de nuevo en “Las Brujas”.
Entré muy agitado en el hotel, apresurándome al mostrador de la recepción cuando el conserje se me acercó y me dijo:
- Acaban de traerle este paquete que se había dejado en el restaurante donde ha almorzado, señor.
Aliviado, dejé escapar el aire y aferré el diario manuscrito de mi bisabuelo donde había consignado su viaje al Perú en 1908 y todo lo que había acontecido después. Junto a él había una nota, en papel reciente, escrita a mano:
“Te espero en Cachiche“.
Debajo, unos labios silueteados con carmín y una firma: Ailén.

Enrique García Luque

domingo, 21 de febrero de 2016

Un buen camino para crecer en la Fe

Como bien es sabido, las Cofradías en nuestra sociedad son unos instrumentos potentes de llamamiento o reclamo social. Se organizan en las mismas como grupos pertenecientes a una Parroquia y colaboran por el bienestar de la Cofradía y, por ende, de la Parroquia. Las hermandades y cofradías han contribuido enormemente al florecimiento de la vida cristiana entre nosotros mismos. Estas asociaciones religiosas han aportado un importante caudal a la vida espiritual de nuestro pueblo y actualmente continúan alimentando la vida cristiana de muchos católicos repartidos por toda nuestra geografía.

En esta vida cristiana conviene distinguir entre lo importante y lo secundario, un ejemplo de esta confusión, podría ser la supervaloración de las promesas o las ofrendas: “no asisto a Misa del Domingo, pero voy cada viernes a visitar a la imagen de mi devoción.”

Y es que ser cofrade cristiano no puede limitarse a unas prácticas religiosas exigidas por unos Estatutos, se tiene que notar en la vida diaria. Hay que ser cristiano de corazón y no conformarse con serlo solo de devociones. Es necesario hacer descubrir a nuestra gente menos formada, la riqueza de nuestra fe y qué es lo esencial, entonces se actuará de otra manera y las prácticas religiosas las realizarán no como una obligación, sino como una necesidad interior.

Las cofradías no se entienden sin su estética y su manera de vivir la fe, sin ella no seríamos una cofradía, sino una asociación de fieles, sin la fe no serían lo que son, serían una asociación histórico-cultural, pero no una cofradía.

Desde la Iglesia se nos llama continuadamente a la necesidad de una formación progresiva y adecuada: “Para que los laicos puedan desempeñar adecuadamente y con celo sostenido esta misión, necesaria e ineludible hoy más que nunca, tenemos que ofrecerles instrumentos de formación de su ser cristiano y de su vocación peculiar. Hay que reconocer a los laicos el derecho que tienen a recibir formación en la Iglesia. Ellos, a su vez, tienen la responsabilidad de esforzarse por formarse más y mejor con la ayuda de los pastores y con los medios con que cuenta la comunidad cristiana a este respecto (Apostolicam Actuositatem n.29).” Sin embargo, con juicio crítico al respecto, encontramos que este movimiento cofrade y cristiano puede resultar en algunos casos demasiado básico, cuando no, repleto de desorientaciones o contradicciones.

Los cofrades de nuestro tiempo alcanzan unas personalidades religiosas y formativas de lo más variadas, no solo a nivel individual y personal, sino también difieren entre sí de unas provincias y ciudades a otras. Siguiendo en esta línea, hemos de destacar una característica esencial que nos encontramos: existe una diversidad formativa, cristianamente hablando, que no puede ser tratada del mismo modo y en todos los casos, ya que corremos el riesgo de realizar tareas educacionales demasiado simples para unos, o demasiado complejas para otros; esto es, aburrir a los que disponen de una mejor formación, o ahuyentar a los que disponen de menor formación por no entender determinados conceptos o prácticas habituales.

La realidad a la que hemos de hacer frente en nuestra sociedad es de todos bien conocida: secularización, abandono de los sacramentos, aborrecimiento por todo lo que implique orden, mandato o precepto preestablecido, es decir, a las mismas estructuras de la Iglesia, carencia (en ocasiones profunda) de la fe, etc. La única forma posible de enfrentar estos y otros muchos problemas –la mayoría provocados por una posición pasiva, acomodada y despreocupada del laico-, ha de ser logrando la superación de esta formación deficiente desde una perspectiva y posición misionera que se nos ha encomendado. Es el único modo de poder cumplir con éxito la finalidad de tener una atención prioritaria a la educación básica y permanente de los fieles cristianos en el seno de las Hermandades.

“Todos ellos (asociaciones, movimientos y agrupaciones de fieles) alcanzarán tanto mejor sus objetivos propios y servirán tanto mejor a la Iglesia, cuanto más importante sea el espacio que dediquen en su organización interna y en su método de acción, a una seria formación religiosa de sus miembros. En este sentido, toda asociación de fieles en la Iglesia debe ser, por definición, educadora de la fe (Catechesi tradendae, n.70).

Si bien, también hemos de partir de la idea de que la formación es una opción libre en la que el cofrade participa o no voluntariamente en función del interés que le despierte y del grado de concienciación que logremos transmitirle. Pero tal y como se deduce de lo expuesto, se nos exige (y se nos ha de exigir) una formación cristiana adecuada hacia nuestros cofrades. Y así pertenecer y formar parte de este grupo parroquial de un modo óptimo, positivo y fructífero. Conociendo y practicando la fe cristiana de un modo acertado, sin desviaciones ni contradicciones.

 Francisco de Asís Linares Martínez

martes, 16 de febrero de 2016

LAS ARRAS DE RUTH Y RAÚL

Hace unos días contrajo matrimonio mi hija Ruth y como ya ocurrió con otros de mis hijos yo les proporcioné las arras para la boda.
Por diversos motivos pensé en 13 monedas hispanomusulmanas, y cuando lo manifesté se me objetó que cómo iba a emplear ese tipo de monedas en una boda cristiana. Y pensé que eso no ocurriría si se empleaban por ejemplo denarios romanos; si en el primer caso se trataba de otra religión, en el segundo estábamos hablando de ateos. Por ese motivo me decidí por las monedas musulmanas.
Y decidí, dada su belleza, seleccionar piezas acuñadas en Medina Azahara.
Los trece dirhames que se exponen a continuación están acuñados en la mítica ciudad, y son las monedas que componen las arras en su matrimonio.
Veámoslas pues merece la pena:


Abderramán III, 337 H, Medina Azahara
Peso: 3´25 gr; diámetro: 25 mm

Abderramán III, 337 H, Medina Azahara
Peso: 2´63 gr; diámetro: 25´3 mm

Abderramán III, 337 H, Medina Azahara
Peso: 3’29 gr; diámetro: 24´5 mm

Abderramán III, 337 H, Medina Azahara
Peso: 2’69 gr; diámetro: 24’5 mm

Abderramán III, 337 H, Medina Azahara
Peso: 3’04 gr; diámetro: 25´5 mm

Abderramán III, 337 H, Medina Azahara
Peso: 2 gr; diémetro: 25 mm

El bloque más numeroso lo componen seis dirhames del año 337 H (947-8 JC), y como se puede ver son bellísimos tanto por los adornos que portan como por la escritura empleada.
Quiero hacer notar que son de las primeras piezas acuñadas en Medina Azahara, fabricación que había comenzado en ella el año anterior. Que se comenzase a acuñar en esos años no significa que se inaugurase en ellos la ciudad, pues la corte ya llevaba varios años en ella.
No voy a extenderme, simplemente que las veais despacio y observeis los adornos florales de su reverso. Es difícil encontrar piezas en mejor estado. 


Abderrmán III, 338 H, Medina Azahara
Peso: 2’56 gr; diámetro: 24 mm


Abderramán III, 338 H, Medina Azahara
Peso: 2’73 gr; diámetro: 24´5 mm

Abderramán III, 340 H, Medina Azahara
Peso: 2’84 gr; diámetro: 23’23 mm

Abderramán III, 344 H, Medina Azahara
Peso: 3’9 gr; diámetro: 24 mm

En los años sucesivos irán desapareciendo esos adornos, sobre todo a partir del 340 H hasta la muerte del califa en el 350 H


Al Hakem II, 351 H, Medina Azahara
Peso: 2’92 gr; diámetro: 26’4 mm

Al Hakem II, 351 H, Medina Azahara
Peso: 2’7 gr; diámetro: 24’9 mm

Al Hakem II, 361 H, Medina Azahara
Peso: 3’06 gr; diámetro: 26’4 mm

En el 350 H encontramos ya piezas de Al Hakem II, y en esos primeros años se distinguen perfectamente de las de Abderramán, su padre.

El último dírham puede llevar a engaño. Da la impresión de haber sido recortado pero no es así; lo que le ocurre es que el flan metálico sobre el que se acuñó era menor que el cuño, siendo precisamente de los denominados de gran módulo. Llama la atención la limpieza de la escritura.

La ceca de Medina Azahara tuvo una intensísima actividad pues en ella se acuñó toda la moneda de la España musulmana, pero a su vez una vida efímera, unos 30 años, desde el 947 al 977 de la era cristiana salvo algún año extra. Unos pocos años después  la ciudad fue asaltada e incendiada por los propios musulmanes comenzando así la destrucción de la misma.

          Juan Manuel López Márquez

lunes, 4 de enero de 2016

Oro, incienso y mirra… El doblón Isabel

Con Isabel II desaparecen las onzas y medias onzas que habían circulado en los siglos XVI y XVII, quedando el cuarto de onza, 2 escudos o doblón, pero eso sí, con otras unidades faciales ya propias del nuevo tiempo. Es decir que estamos ante 80/100 reales o 10 escudos, aunque en el lenguaje coloquial se utilizaba la expresión doblón, en este caso de Isabel; resumiendo, el doblón Isabel.


Isabel II. 80 reales de la ceca de Madrid. 1835
Peso: 6´8 gr.

La particularidad de las primeras emisiones es que su valor se consigna en reales de vellón. Su peso teórico era de 6´78 gramos, y sus leyendas:
Anverso: ISABEL 2ª POR LA GRACIA DE DIOS
Reverso: REYNA DE ESPAÑA Y DE LAS INDIAS-M-CR
Es interesante ver la evolución del idioma, REYNA con Y griega. Se mantiene la misma terminación que en el masculino no siendo en este caso una letra final.



Isabel II, 80 reales de la ceca de Sevilla. 1840
Peso: 6´8 gr.

En 1836 nos encontramos con la misma moneda en la que han cambiado las leyendas:
Anverso: ISABEL 2ª POR LA GRACIA DE DIOS Y LA CONST
Reverso: REYNA DE LAS ESPAÑAS-S-RD
Si en el caso anterior España era España, y las Indias eran las Indias, ahora se unifican los dos conceptos y se habla de las Españas. Y además aparece la Constitución.

Isabel II. 100 reales de la ceca de Barcelona. 1855
Peso: 8´35 gr.

A partir de 1850, y con algunas variaciones según el año, nos encontramos con los 100 reales. Ha cambiado el busto, ya perteneciente a una joven, y el escudo. Y lógicamente el peso, un poquitín mayor a las primeras. Pero numismáticamente lo que más llama la atención es la marca de la ceca, que a partir de ahora se determinará por unas estrellas, cuyo número de puntas indicará la ciudad correspondiente. En este caso, las ocho puntas de las estrellas, la ciudad de Barcelona.


Isabel II. 100 reales de la ceca de Sevilla. 1862
Peso: 8´35 gr.

Los detalles se van sucediendo, en este caso el busto del anverso


Isabel II. 10 escudos de la ceca de Madrid. 1868
Peso: 8´35 gr.

Y por fin, el último tipo lo tenemos con la aparición del escudo con dosel en el reverso, y el nuevo valor facial, 10 escudos
Estas monedas áureas de Isabel II son las más abundantes siendo vistas con facilidad engarzadas en colgantes.


                                                                               Juan Manuel López

viernes, 1 de enero de 2016

CRÓNICA DE LA ACTIVIDAD "ÉRASE UNA VEZ..."


La actividad de nuestra Asociación para esta Navidad, ha surgido del deseo de la Directiva de dar protagonismo a los socios más pequeños en unas fechas tan entrañables. Así, surgió la idea de hacer un “cuentacuentos” para incorporarlo a la tradicional merendilla con villancicos.

Todo ello no habría sido posible sin la desinteresada colaboración, como siempre, de socios como Jose Luis Arjona, Carmen Muñoz o Natacha, que con sus cuentos, y cada uno a su estilo, dejaron boquiabiertos a los pequeños. Fue una tarde de muchas risas, atención, chocolates, Villancicos y anisete para los “menos niños”.

Para el año próximo, esperamos que la imaginación vuele mucho más alto aún, y que más socios se animen a participar de un lado y del otro del “escenario”. Por ahora, nos quedamos con la buena acogida que ha tenido entre los asistentes de este año. Como siempre, gracias a Angel y Mamen por ceder amablemente su casa para nosotros.

Feliz entrada de año a todos y nuestros mejores deseos…

Gema Pérez Fernández


martes, 22 de diciembre de 2015

ÉRASE UNA VEZ...

El próximo lunes 28 de diciembre a las 17:30 en casa de Ángel y Mamen celebraremos la Navidad con una jornada de cuenta cuentos llamada ÉRASE UNA VEZ...
Esta Actividad Navideña con Orientación Infantil está pensada para niñ@s con edades comprendidas entre 1 a 90 años, mayores de esta edad tendrán que venir acompañados.
Un grupo de socios cuentistas serán los encargados de llevarnos por lugares muy, muy requete lejanos, reales o imaginarios, y entretenernos con estos relatos a chicos y grandes.

¡Deja de ser adulto por una tarde y no faltes a la cita!

domingo, 20 de diciembre de 2015

VISITA AL MUSEO TAURINO

El pasado sábado 12 de diciembre se llevó a cabo la visita programada por nuestra asociación al Museo Taurino de Córdoba, único museo dedicado a la tauromaquia situado fuera de una plaza de toros.
En un ambiente familiar y de convivencia, una vez realizada la foto de rigor de grupo en la puerta del museo, una antigua mansión señorial del siglo XVI conocida como antigua casa de Las Bulas, situada en pleno barrio de la judería, en la plaza de Maimónides, se dio comienzo al recorrido por el museo.
Con la ayuda de dos montajes audiovisuales: uno al principio, en la planta baja que tuvo por título El arte de torear ;  y otro más adelante, en la planta alta de la casa con el título La corrida, máxima expresión de la fiesta, sirvieron de gran ayuda para comprender y adentrarse de una forma amena y didáctica en el conocimiento del arte de la tauromaquia, y más concretamente la historia taurina de Córdoba en la que ocupan un gran lugar los cinco califas del toreo y de los que se ha conseguido reunir parte de su patrimonio.

Tras la visita, los asistentes pasaron a degustar unos caldos de la tierra en la conocida taberna cordobesa de ambiente taurino Bodegas Guzmán.

martes, 15 de diciembre de 2015

RAZÓN, FE Y PALABRA

En la concepción clásica –aristotélica y ciceroniana– del Derecho, la ley natural, fuente de la ley humana, no es otra cosa que la razón, la razón natural. El criterio gracias al cual el hombre distingue el bien del mal y que le guía y regula en sus acciones es su razón, que no es sino una parte de la razón divina que el hombre encuentra dentro de sí mismo, en su propia naturaleza.

Tomás de Aquino, impregnado de la inspiración racionalista, definió la ley como ordenación de la razón dirigida al bien común. Pero para el discípulo de Alberto Magno, continuador de la adaptación del aristotelismo al pensamiento cristiano, el problema no era otro que el de las relaciones entre razón y fe, entre ciencia humana y revelación. La ley natural –dice Tomás de Aquino– al igual que las leyes positivas humanas, que derivan de ella, guían al hombre en la consecución de sus fines terrenos. Pero el hombre –añade– no tiene solamente unos fines terrenales, sino que también tiene un fin sobrenatural, que es la felicidad eterna, y para conducirlo a este fin es necesaria también una ley sobrenatural, revelada directamente por Dios (“lex divina”).

            Para el profesor Francisco Elías de Tejada –una de las cumbres de la Filosofía jurídica española del siglo XX, que se caracterizó por su ingente labor  investigadora y científica en pro de la difusión del Derecho natural católico– el hombre conoce el bien más no siempre lo alcanza (hombre falleciente) en su caminar hacia la vida eterna que espera alcanzar tras su muerte. En su vida terrenal –nos dice–, el hombre se encuentra en la necesidad de lograr un orden de convivencia que haga posible a cada uno el cumplimiento de su vocación, siendo libre en su acción de decidir dentro de unos límites propuestos por la razón que capta el orden universal por Dios querido.

            Mediante la razón natural, pues, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus obras. Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus propias fuerzas, el de la Revelación divina.

Desde el origen –nos enseña la doctrina católica–, Dios, por una decisión enteramente libre, se comunica gradualmente con el hombre y lo prepara para acoger la Revelación sobrenatural que hace de sí mismo y que culminará en la Persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, Palabra única, perfecta e insuperable del Padre.

Las verdades reveladas por Dios, se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, a través de la cual, Dios habla a los hombres en palabras humanas, primero, por medio de los Profetas y, en los últimos tiempos, por su Hijo. Y es que, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, es decir, al conocimiento de Cristo Jesús.

La Palabra, que es la misma persona de Jesús, sería así transmitida y contagiada por el mensaje de los Apóstoles a todos los pueblos y a todos los hombres, para que la Revelación se difunda en todos los confines del mundo. En esta línea, la Constitución  “Dei Verbum”, Palabra de Dios, del Concilio Vaticano II, exhorta a todos los fieles al contacto cotidiano con la Sagrada Escritura en la meditación y en la oración.

Pero las palabras de la Escritura no sólo se leen, sino que también se interpretan, adquieren significado según el modo en que se nos ofrecen, siendo útil una ayuda para su lectura, una clave que invite a la meditación y a proyectar en nuestra vida cotidiana el mensaje de Jesús de Nazaret. Debido a que somos pecadores, somos incapaces de interpretar la Palabra de Dios perfectamente en todo momento. Por ello, necesitamos acercarnos a Su Palabra con cuidado, humildad y razón, y, adicionalmente, necesitamos tener la guía del Espíritu Santo, pues, después de todo, la Biblia es inspirada por Dios y dirigida a Su pueblo. El Espíritu Santo nos ayuda a entender lo que significa Su Palabra y cómo aplicarla.

En este contexto, las lecturas bíblicas de cada día del año litúrgico, –sobre todo bajo la fórmula  de “lectio divina”– nos invitan a la meditación y a la oración y nos ayudan a ponernos en diálogo con Dios en el camino que todos en nuestra vida tenemos que recorrer. Si dejamos que Jesús vaya de nuestro lado, la luz acompañará nuestros pasos.
             

Córdoba, 15 de diciembre de 2015
Francisco de Paula Oteros Fernández

domingo, 13 de diciembre de 2015

Antíoco IV Epífanes, rey de Siria

            Siria, considerada como región en sentido amplio, ha vivido, desde la Antigüedad todo tipo de conflictos y guerras, de la que ahora estamos viviendo un episodio más. Es una zona próxima a Mesopotamia, la tierra entre los ríos Tigris y Éufrates, el llamado Creciente Fértil, cuna de las civilizaciones que más han influido en las culturas griegas y judía, por tanto, en la civilización occidental. A todo ello no es ajeno el hecho de que Siria es tierra de acceso al mar Mediterráneo.
            No es posible contar aquí toda la historia de esta región, por lo que nos vamos a situar en un momento que resulta importante, en mi opinión, pues se trata de la actuación de un rey que provocó un intenso movimiento en el judaísmo, con consecuencias importantes tanto políticas como religiosas.
            Se trata del rey Antíoco IV de Siria, llamado Epífanes (“Dios manifiesto”), aunque sus excentricidades le dieron el sobrenombre menos amable de Epimanes (“el loco”). Su reinado transcurrió entre los años 175 y 164 antes de Cristo. Es un rey conocido por el testimonio de historiadores griegos, romanos y judíos (incluyendo libros bíblicos), por lo que disponemos de abundantes testimonios.
Moneda de Antíoco IV
           
                Pero antes es preciso hacer un breve esbozo histórico.
            Cuando el rey Filipo II de Macedonia derrotó en Queronea el año 338 a.C. a la coalición de estados griegos liderada por el orador ateniense Demóstenes, volvió su mirada hacia el gigantesco Imperio Persa, pero su asesinato le impidió lanzar el ataque. Sería su hijo Alejandro, el Grande (Magno), el que consiguió la hazaña de conquistar ese Imperio, llegando incluso a zonas de la India.

            Alejandro Magno murió en el regreso, y, dada la minoría de edad de su hijo, sus generales se repartieron los territorios, entablando entre sí una serie de guerras, que es muy complicado relatar con brevedad. Baste decir que se consolidaron una serie de reinos, en el tiempo de los Diádocos (“sucesores”): Macedonia, Egipto (Ptolomeo, hijo de Lago) y Siria (los Seléucidas); y algunos reinos menores como Pérgamo o Bitinia.
            Estos reinos llamados helenísticos difundieron la lengua griega común (coiné) por todo el territorio habitado (en griego oicuméne, de donde viene la palabra ecumenismo).

            Llega el momento de Antíoco IV, el cual, queriendo invadir Egipto (en la sexta guerra siria), se encuentra con los romanos que frenan su avance, y aquí tenemos que contar la historia de cómo Gayo Popilio Lenas detuvo a Antíoco, presentándose ante el rey con la demanda del Senado romano y trazando un redondel con una vara de sarmiento en la arena en torno al rey, conminándole a dar una respuesta antes de salir de él, en clara muestra de la prepotencia romana.
            Tras esta humillación es cuando Antíoco dirige su atención a Palestina, que había pasado a poder sirio en la quinta guerra siria (202-200) y, aprovechando los conflictos entre las familias sacerdotales, que nos cuenta Flavio Josefo en las Antigüedades judías, decide helenizar el territorio y, para ello tiene un papel decisivo en la usurpación del cargo de Sumo Sacerdote, por parte de Jasón (nombre griego).
            Sin embargo, una parte de los judíos, liderada por Judas Macabeo (“Martillo”), hijo de Matatías, y sus hermanos, iniciarán una rebelión que acabará en el 134, con la independencia de Siria y la aparición de una dinastía sacerdotal, los Asmoneos, que, sin embargo, no podrán acabar con los romanos mandados por Pompeyo, que, en el año 63, entra en el templo. A partir de entonces los romanos darán el poder a Antípatro y a su hijo Herodes, llamado el Grande, personaje que no necesita presentación.
            Tenemos información de las luchas de Antíoco con los judíos en la Biblia: textos como el Libro de Daniel, y los libros I y II de los Macabeos, que narran los mismos hechos, pero desde perspectivas diferentes: el libro I tiene un estilo cercano a los relatos históricos de la Biblia Hebrea; el libro segundo, por el contrario, tiene modelos de expresión más cercanos a los helénicos.
            La llegada al poder de Antíoco, en efecto, coincidió con un momento de lucha de facciones, que habían desgarrado a la aristocracia sacerdotal de Jerusalén, pero cuyas razones más profundas se nos escapan, desgraciadamente.
            La liberación de la opresión seléucida trajo consigo unos primeros momentos de serenidad, que hacía pensar que habían llegado, por fin, tiempos de paz.
            Este momento feliz no duró mucho, sin embargo. La monarquía asmonea, a pesar de haber tenido sus orígenes en una revuelta para defender la Torá (la Ley mosaica) y las tradiciones de Israel, bien pronto se olvidó de sus raíces. La situación moral de la corte y la situación económica de la gente corriente estaban muy deterioradas. En esta época hunden sus raíces los movimientos fariseos y saduceos así como otros que deciden romper con el judaísmo oficial, como los esenios.
            Estos grupos, salvo los esenios (conocidos por los hallazgos de Qumrán), aparecen en los Evangelios, como antagonistas de Jesús.
            Podemos concluir recordando la importancia de los sucesos iniciados por Antíoco: el cambio de dinastía sacerdotal; el desarrollo del género apocalíptico judío (Libro de Daniel); la división del judaísmo y el rebrote de las esperanzas mesiánicas, que darán su fruto dos siglos después.
            Sin embargo, a pesar del mensaje de paz de Jesús, la tierra de Siria seguirá conociendo conflictos hasta el día de hoy.

           Manuel Millán Gómez