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lunes, 30 de mayo de 2022
viernes, 8 de abril de 2022
APUNTES PARA UN TIEMPO DE REFLEXIÓN
Bueno es hacer un paréntesis en el trasiego diario en qué se ha convertido nuestra vida, en la rutina a la que estamos habituados, y preguntarnos a qué nos conduce tanta velocidad, qué vamos buscando, cómo estamos actuando con nosotros mismos y los demás y, sobre todo, para qué. Quizás pensemos poco o nada en los demás y mucho en nosotros. Pero la realidad está ahí y nos interpela continuamente.
Nadie está contento con lo que tiene, lo tenga por naturaleza o porque lo ha adquirido. Quizás por eso, son numerosos y trágicos los conflictos que atenazan a la humanidad, la envidia, el odio y la violencia se han hecho habituales entre los pueblos. Los medios de comunicación nos sirven situaciones extremas en las que se cosechan damnificados y víctimas de toda clase y condición, que vamos digiriendo por entregas a diario y que, aunque sólo sea de salón, condenamos o manifestamos –en expresión de moda– la “más enérgica repulsa”, pues, poco más podemos hacer.
En este contexto, es necesario volver la mirada –mientras aún lo permitan– a disciplinas académicas actualmente descatalogadas, como la historia y la filosofía.
¿Qué ha sido de los preceptos fundamentales del derecho, vivir honestamente, no dañar a otro y dar a cada uno lo que le corresponde, tres máximas romanas formuladas por Ulpiano al inicio del siglo III d. C.? Sin duda contienen la idea de justicia universal común a Aristóteles, Platón y Santo Tomás de Aquino.
Pero el discípulo de San Alberto Magno, partiendo de la ley como ordenación de la razón dirigida al bien común, supera la formulación romana distinguiendo varias clases de leyes. La ley natural (lex naturalis) al igual que las leyes positivas que derivan de ella (lex humana), guían al hombre en la consecución de sus fines terrenos. Pero el hombre –nos dice Santo Tomás– no tiene solamente unos fines terrenales, sino que tiene también un fin sobrenatural, que es la felicidad eterna y para poder alcanzarlo precisa también una ley sobrenatural, revelada directamente por Dios (lex divina). Esta ley revelada comprende la Ley antigua y la Ley nueva o evangélica, ley de Dios que proviene únicamente de la Revelación a través de las Sagradas Escrituras, por ejemplo, los Diez Mandamientos y otras prescripciones que aparecen en la Biblia, como el mandato nuevo evangélico del amor; por tanto, esta ley divina es accesible al hombre, y su observancia es necesaria para la salvación. Pero el hombre, en cuanto ser natural y racional hecho a imagen de Dios, es libre para actuar, posee su propia autonomía, criterio gracias al cual distingue el bien del mal y puede elegir su camino de salvación.
Valgan estos breves apuntes de la filosofía del derecho y del pensamiento cristiano para aproximarnos con seriedad a lo que Dios espera de nosotros, partiendo de la libertad natural que tenemos por Él conferida.
En palabras de San Juan Pablo II, el único camino de la paz es el perdón. Aceptar y ofrecer el perdón hace posible una nueva cualidad de relaciones entre los hombres, interrumpe la espiral de odio y de venganza, y rompe las cadenas del mal que atenazan el corazón de los contrincantes. Para las naciones en busca de reconciliación y para cuantos esperan una coexistencia pacífica entre los individuos y pueblos, no hay más camino que éste. Frente al ojo por ojo, el Maestro de Nazaret nos enseñó que hay que amar a nuestros enemigos y rogar por los que nos persiguen. Pero este desafío no sólo concierne a los pueblos y a las naciones. Éste es un desafío que concierne a cada individuo, a cada comunidad, a las familias especialmente ¿quién si no conforma los pueblos?
Pero, no es fácil convertirse al perdón y a la reconciliación. Para dar semejante paso es necesario un camino interior de conversión; se precisa coraje y humildad para amar y perdonar al prójimo, para no hacer otra cosa, en definitiva, que obedecer el mandato de Jesús. Y es que el cristiano debe hacer la paz aún cuando se sienta víctima de aquél que le ha ofendido y golpeado injustamente. El Señor mismo obró así y espera que sus discípulos le sigan. Como recuerda el apóstol Pablo, el perdón es una de las formas más elevadas del ejercicio de la caridad: “La caridad no toma en cuenta el mal” (l Cor 13,5).
Todos los años, el tiempo de Cuaresma y Semana Santa representan para el creyente un tiempo propicio para profundizar mejor sobre la importancia de esta verdad y hacer una revisión espiritual de su compromiso en la fe, renovar sus actitudes y convertirse de corazón al Señor. Esto es, practicar la caridad auténtica, ofrecer la ayuda a quien se encuentre en necesidad; desterrar la ira, el rencor, la maldad, las injurias; perdonar como Jesús nos perdonó; despojarse, en definitiva, del hombre viejo y corrompido, para renovarse en lo más íntimo del espíritu y revestirse del hombre nuevo, revestirse del amor que es el vínculo de la perfección en la amistad con Jesús, el camino por excelencia.
Más allá de cornetas y tambores, pregones y saetas, bordados y dorados, “levantás”, gritos y aplausos, no dejemos de lado la reflexión y la oración, pues, sólo una cosa es importante. Recordemos, además, que nuestra vida terrena tiene fecha de caducidad y que nuestra vocación es formar parte de esa vida nueva con nuestro Creador si cumplimos el nuevo mandamiento de Jesús.
Pero, hay que empezar a construir desde cada uno de nosotros, dejando atrás nuestras manías, nuestros odios y fobias. El mundo espera de los cristianos un testimonio coherente de comunión y de solidaridad.
Francisco de Paula Oteros Fernández
sábado, 2 de abril de 2022
La mirada de Cristo
“Mi pasado, Señor, lo confío a tu misericordia, mi presente a tu amor, mi futuro a tu providencia”
(Padre Pio).
Las posibilidades de acercarse al Evangelio y de
acercar el Evangelio a nuestras vidas son insospechadas, en buena parte
dependen de la sensibilidad del lector u oyente. En el Evangelio hay que
prestar atención a todo: a las palabras y a los silencios; a las obras y a los
gestos. Porque el hombre no sólo se expresa verbalmente, sino que tiene otros
medios y modos, entre ellos la mirada. Por eso en este inicio de Cuaresma vamos
a mirarle a los ojos, y descubrir la grandeza de su amor. ¿Cómo era la mirada de Jesús?
Si los ojos son el reflejo del alma, a través de ellas
podremos llegar a conocer los sentimientos de Cristo Jesús, para
interiorizarlos y hacerlos propios. Y todos necesitamos ese cruce de miradas
clarificador, pues en la mirada de Cristo se percibe la profundidad de un amor
eterno e infinito que toca las raíces más profundas del ser. Contemplar la
mirada de Jesús nos servirá, también, para aprender a mirar cristianamente la
realidad.
Qué bueno es contemplar la mirada de Cristo, la mirada
de Dios. Es una mirada que enamora, es una mirada que lleva al cambio y que
compromete. Dios no sólo ha hablado al mundo y al hombre, también los ha
mirado, y Jesús es esa mirada plena, definitiva y exhaustiva de Dios. Cristo no
es sólo la Palabra de Dios encarnada; encarna también su mirada: entrañable,
benevolente, misericordiosa, paterna. Descubrir esa mirada profunda, personal y
cordial manifestada en Jesús, nos ayudará a superar los miedos, a deshacer las
dudas y a iluminar las oscuridades de nuestro caminar en la vida.
¿Cómo sería la
mirada del Señor a la mujer adúltera?: “Entonces Jesús levantándose, le
dijo: Mujer ¿dónde están?, ¿ninguno te condenó? Dijo ella: Ninguno, Señor.
Entonces Jesús le dijo: Tampoco Yo te condeno; vete y no vuelvas a pecar” (Jn 8,10-11). La única vez que el Señor levanta la
vista del suelo es para mirarla a ella. Una mirada llena de comprensión, de
amor, de misericordia con mayúscula. En la mirada de Cristo aquella mujer se
supo amada, se supo valorada y se convirtió en discípula, porque se conoció a
sí misma no como una pecadora, sino como una mujer y una mujer de Dios, y
comprendió lo mucho que valía a los ojos de Dios. Que fe tan grande la de aquella
mujer, que, ante la respuesta del Señor (“Quien
esté libre de pecado, que tire la primera piedra”), se queda sola delante
de Cristo porque se reconoce pecadora y sabe que Jesucristo es el sin pecado,
el hijo de Dios.
¿O cómo sería la
mirada de Cristo a Zaqueo?: “Al llegar a aquel sitio, levantó Jesús los ojos y le
dijo: ¡Zaqueo, baja enseguida! Porque hoy he de hospedarme en tu casa” (Lc 19,5). En aquella mirada, Zaqueo se sintió
llamado y amado. Jesús no juzgó su vida ni la moralizó, sencillamente la
visitó. Y esa visita cordial, abierta y desprogramada fue suficiente para que
Zaqueo comprendiera el alcance del gesto. En aquella mirada Zaqueo descubrió
esperanza, futuro, amor y desenterró de él una conversión, un nuevo estilo de
vida.
¿Cómo sería la
mirada del Señor a Judas?: “Enseguida, llegándose a Jesús, le dijo: ¡Salve,
Maestro! Y le besó. Más Jesús le dijo: ¡Amigo! ¿a qué vienes? ...” (Mt 26,49-50). Se ha escrito mucho sobre el beso de
Judas, el más frio de la historia, pero no tanto sobre la mirada de Jesús al
propio discípulo. Una mirada que Judas tampoco aguantaría, como el joven rico, que
miraría también hacia otro lado, apartando sus ojos de los ojos de Cristo. En
Getsemaní, en los ojos de Jesús debió aflorar una tristeza infinita, no tanto
por Él, que ya había asumido beber el cáliz, sino por la pérdida de un amigo.
Aun así, no le retira la amistad. Es el encuentro de dos libertades: la de
Judas, que se vende y vende, y la de Jesús, que se entrega y perdona,
ofreciendo la mejilla, agredida por el beso traidor de un amigo equivocado.
¿Cómo miraste
Señor a Pedro después de las negaciones?: “En aquel momento, estando aun
hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro
las palabras del Señor... Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22,60-62). ¡Cuánta comprensión y esperanza debió
percibir Pedro en esa mirada! Sería una mirada que iría sin rencor alguno, sin
condena. Todo lo contrario, más que de reproche, sería una mirada llena de
cariño, que diría aun así te perdono, aun así, te quiero. La mirada de Jesús
fue una propuesta renovada de amistad. También una mirada dolorida, porque el
amor nunca es indiferente ante la infidelidad, pero sobre todo fue una mirada
acogedora y compasiva. Aquella mirada arrancó del interior de Pedro el
arrepentimiento, le hizo renacer; se dejó mirar así y esto le salvó.
Ojalá en tu oración personal, abriendo los ojos del alma, descubras la mirada de Cristo. Una mirada que te dice: que bueno es que existas; Una mirada que te recuerda lo mucho que vales a sus ojos; una mirada que enamora. Ojalá que tu mires al Cristo de Gracia a los ojos y te enamores de Él.
miércoles, 9 de marzo de 2022
miércoles, 2 de febrero de 2022
lunes, 31 de enero de 2022
martes, 28 de diciembre de 2021
PROPÓSITO DE AÑO NUEVO
Decía mi admirada Isabel Allende que “debemos de tener memoria selectiva para recordar lo bueno, prudencia lógica para no arruinar el presente y optimismo desafiante para encarar el futuro”. Estos días, donde la sexta ola parece más que ola, un tsunami, tengo esta frase como un “leitmotiv” de mi día a día.
La
memoria selectiva nos ha permitido emborronar aquellos momentos en los que nos
hemos sentido frágiles ante un monstruo minúsculo, casi invisible y dejar
grabado en la memoria de lo vivido aquellos instantes en los que nos hicimos
fuertes en la fortaleza nuestros hogares, en el baluarte de nuestras familias.
La prudencia lógica nos ha llevado a valorar todo aquello que dimos como
heredado por el mero hecho de estar aquí, ahora y estar vivos. Y el optimismo
desafiante nos debe ayudar a mirar al futuro como una nueva oportunidad para
avanzar y no caer en esa falsa superioridad que nos hizo pensar que éramos
indestructibles por ser simplemente humanos.
Lo
que este golpe de realidad nos ha dejado claro es que la pandemia ha trastocado
lo cotidiano y es muy probable que cuando todo esto termine muchas de aquellas
cosas que hacíamos habitualmente hayan desaparecido de nuestras vidas. Que todo
ha cambiado, que esto nos ha cambiado y que nos ha hecho diferentes. Que
tenemos nuevos miedos, que han salido a flote responsabilidades ocultas y que,
por fin, nos damos cuenta que éramos verdaderamente ricos y no lo sabíamos.
Ricos en muchas cosas, ricos en libertad.
Nos
hemos dado cuenta que nuestras acciones de hoy pueden ser muy relevantes para
un futuro cercano. Nos hemos dado cuenta que el amor y la amistad son más
importantes que el dinero y el “yo primero”. Que la vida está para ser vivida y
no para atesorarla.
Pues
vivamos, con responsabilidad, pero vivamos. Es el momento de coger el toro por
los cuernos porque donde hay un cambio hay una nueva oportunidad para ser
mejores, para intentar estar a la altura de lo que nuestra vida nos venía
pidiendo, pero nunca lo dimos como prioritario. No perder la perspectiva de lo
importante, la vida verdaderamente vivida, y que nos hará mirar hacia el futuro
con optimismo.
A
Dios le pido que para este año nuevo haga conmigo un ejercicio de creatividad y
que me ayude a hacer de cada día una obra maestra, utilizando todos los colores
de la paleta de la vida y, sobretodo, sonreírle a medida que la escribo.
Raúl González.
miércoles, 24 de noviembre de 2021
LOS SECRETOS ENTERRADOS EN EL CEMENTERIO DE LA SALUD Y CONVIVENCIA-TAPEO
domingo, 14 de noviembre de 2021
VOLVEMOS
Tras un paréntesis debido a la pandemia que estamos viviendo, nuestra asociación vuelve a retomar su actividad socio-cultural contando con las medidas sanitarias que correspondan en cada momento.
miércoles, 13 de octubre de 2021
ANTICUARIOS
La pequeña localidad de
Villeneuve les Avignon se asoma al gran río Ródano en la orilla opuesta a la
ciudad papal. Precisamente surgió en torno a una fortificación que mandó
construir el Rey de Francia para defender sus fronteras con el Sacro Imperio
Romano Germánico. No se distingue de otras localidades provenzales en cuanto al
esmero en el cuidado del urbanismo y el paisaje, en sus casas con postigos
coloreados y sus calles de suave serpenteo, que se conservan tal y como las
pintaron Van Gogh o Cezanne.
Una abadía con
preciosos salones abovedados y jardines y magníficas vistas, y una gran cartuja
semiderruida son por este orden sus mayores atractivos turísticos. Precisamente
por estar catalogados en este orden en las guías de viajes, todos los turistas
van a la abadía y dejan de lado la cartuja, lo que provoca que la abadía esté
abarrotada y haya largas colas para entrar, mientras que a la cartuja se pueda
acceder sin reserva ni espera y se pueda vivir la telúrica experiencia de
recorrer sus claustros, salas y la iglesia en absoluta soledad, sin cruzarse
con ser humano alguno (doy fe). Son las consecuencias del vicentismo imperante
(¿dónde va Vicente?, donde va a la gente), que aconseja evitar las atracciones
turísticas con calificación sobresaliente y pasar a las de notable, para que
las visitas sean mucho más agradables. Siempre y cuando no se tenga la
imperiosa necesidad de hacerse la foto con la Gioconda detrás para ponerla en
Instagram o no tengas problema en reconocer ante el cuñado que no, que no
entraste en Versalles, que las colas son de dos horas y el Salón de los Espejos
no es el mismo cuando está plagado de señores de Oklahoma en bermudas y
chanclas y jovencitas de los suburbios de Liverpool disfrazadas de María
Antonieta pese a su evidente sobrepeso.
Bueno, sigo, que me
pierdo. A donde quería llegar es a que la otra atracción turística de
Villeneuve les Avignon que suele aparecer en las guías de viajes es su mercado
de antigüedades de los sábados.
No es uno de esos
“rastros” en los que se amontonan hierros y cachivaches sin utilidad aparente.
Lo que llama la atención es que se exponen solo objetos de cierto valor como
mobiliario, porcelanas, vajillas, crucificados de bronce, pinturas
devocionales, etc. Objetos que parecen tener una antigüedad de entre 100 y 150
años. Y la calidad y abundancia del material da una idea de la pronta
existencia en Francia de una clase media numerosa, acomodada y refinada.
Me gustan especialmente
este tipo de antigüedades por tratarse de objetos que han estado en íntimo
contacto con sus propietarios. Siento un morbo especial al verlos y tocarlos e
imaginar su historia y la vida de quienes los han usado y disfrutado.
En el mango de alpaca
del espejito de mano juvenil que le compramos a Gemita imagino las manos de la
muchacha que lo recibió como regalo de
Reyes y que tantas veces se miró en él, trato de seguir el rastro de su jabón
perfumado y creo que al asomarme a él, por un momento imperceptible, no es mi
imagen la que aparece, sino la de aquella que aprendió la geografía de su
rostro, sus accidentes e imperfecciones, durante largos ratos mirándose en su
superficie pulimentada. Me pregunto qué fue de su vida, si encontró el amor que
esperaba, si la hizo feliz, si terminó sus días acompañada de los suyos o en
anónima soledad.
Y en esos platitos de
postre de porcelana que conseguimos a buen precio por ser la hora de cierre del
mercadillo, escucho su tintineo al impactar con suavidad contra la superficie
de la gran mesa del comedor principal en el momento de ser colocados con
precisión geométrica y lógica cartesiana para preparar una cena navideña. Trato
de captar el sabor de la repostería que preparaba aquella tía soltera. Escucho
las conversaciones de sobremesa, las historias familiares, las canciones que se
repiten un año tras otro en las mismas fechas…
No me atrevo a llevarme
recuerdos personalísimos, postales de viajes escritas, fotografías de boda o
comunión, condecoraciones de guerra, títulos académicos. Pasado despreciado por
familias que solo dieron valor a lo que se podía vender por dinero. Leer esas
postales me produce la misma sensación, morbosa y culpable, que espiar a una
muchacha en la intimidad de su habitación por el ojo de la cerradura.
Dice Josemi Rodríguez
Sieiro que le da pena ver una casa con decoración minimalista, porque es
significativo de una persona sin pasado. Digo yo que peor es cuando se
avergüenza de su pasado o en su inmersión en la predominante cultura cosmopaleta
de nuestros días, no es capaz de apreciarlo.
Manuel del Rey Alamillo



