sábado, 2 de abril de 2022

La mirada de Cristo

“Mi pasado, Señor, lo confío a tu misericordia, mi presente a tu amor, mi futuro a tu providencia”

(Padre Pio).

Las posibilidades de acercarse al Evangelio y de acercar el Evangelio a nuestras vidas son insospechadas, en buena parte dependen de la sensibilidad del lector u oyente. En el Evangelio hay que prestar atención a todo: a las palabras y a los silencios; a las obras y a los gestos. Porque el hombre no sólo se expresa verbalmente, sino que tiene otros medios y modos, entre ellos la mirada. Por eso en este inicio de Cuaresma vamos a mirarle a los ojos, y descubrir la grandeza de su amor. ¿Cómo era la mirada de Jesús?

Si los ojos son el reflejo del alma, a través de ellas podremos llegar a conocer los sentimientos de Cristo Jesús, para interiorizarlos y hacerlos propios. Y todos necesitamos ese cruce de miradas clarificador, pues en la mirada de Cristo se percibe la profundidad de un amor eterno e infinito que toca las raíces más profundas del ser. Contemplar la mirada de Jesús nos servirá, también, para aprender a mirar cristianamente la realidad.

Qué bueno es contemplar la mirada de Cristo, la mirada de Dios. Es una mirada que enamora, es una mirada que lleva al cambio y que compromete. Dios no sólo ha hablado al mundo y al hombre, también los ha mirado, y Jesús es esa mirada plena, definitiva y exhaustiva de Dios. Cristo no es sólo la Palabra de Dios encarnada; encarna también su mirada: entrañable, benevolente, misericordiosa, paterna. Descubrir esa mirada profunda, personal y cordial manifestada en Jesús, nos ayudará a superar los miedos, a deshacer las dudas y a iluminar las oscuridades de nuestro caminar en la vida.

 ¿Cómo sería por ejemplo la mirada de Cristo al joven rico?: “Entonces le miró con amor, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo, y ven, sígueme, llevando la cruz” (Mc 10,21). El señor le pondría sus manos encima de los hombros y le miraría a los ojos con un gran cariño. Una mirada que el joven rico no aguantó y apartando la mirada del Señor, se retiró entristecido y disgustado. Aquel hombre oyó sólo las palabras radicales de Jesús, pero no le miró a los ojos. De haberlo hecho, habría descubierto que esa tarea imposible para los hombres, no lo es para Dios.

¿Cómo sería la mirada del Señor a la mujer adúltera?: “Entonces Jesús levantándose, le dijo: Mujer ¿dónde están?, ¿ninguno te condenó? Dijo ella: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Tampoco Yo te condeno; vete y no vuelvas a pecar” (Jn 8,10-11). La única vez que el Señor levanta la vista del suelo es para mirarla a ella. Una mirada llena de comprensión, de amor, de misericordia con mayúscula. En la mirada de Cristo aquella mujer se supo amada, se supo valorada y se convirtió en discípula, porque se conoció a sí misma no como una pecadora, sino como una mujer y una mujer de Dios, y comprendió lo mucho que valía a los ojos de Dios. Que fe tan grande la de aquella mujer, que, ante la respuesta del Señor (“Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”), se queda sola delante de Cristo porque se reconoce pecadora y sabe que Jesucristo es el sin pecado, el hijo de Dios.

¿O cómo sería la mirada de Cristo a Zaqueo?: “Al llegar a aquel sitio, levantó Jesús los ojos y le dijo: ¡Zaqueo, baja enseguida! Porque hoy he de hospedarme en tu casa” (Lc 19,5). En aquella mirada, Zaqueo se sintió llamado y amado. Jesús no juzgó su vida ni la moralizó, sencillamente la visitó. Y esa visita cordial, abierta y desprogramada fue suficiente para que Zaqueo comprendiera el alcance del gesto. En aquella mirada Zaqueo descubrió esperanza, futuro, amor y desenterró de él una conversión, un nuevo estilo de vida.

¿Cómo sería la mirada del Señor a Judas?: “Enseguida, llegándose a Jesús, le dijo: ¡Salve, Maestro! Y le besó. Más Jesús le dijo: ¡Amigo! ¿a qué vienes? ...” (Mt 26,49-50). Se ha escrito mucho sobre el beso de Judas, el más frio de la historia, pero no tanto sobre la mirada de Jesús al propio discípulo. Una mirada que Judas tampoco aguantaría, como el joven rico, que miraría también hacia otro lado, apartando sus ojos de los ojos de Cristo. En Getsemaní, en los ojos de Jesús debió aflorar una tristeza infinita, no tanto por Él, que ya había asumido beber el cáliz, sino por la pérdida de un amigo. Aun así, no le retira la amistad. Es el encuentro de dos libertades: la de Judas, que se vende y vende, y la de Jesús, que se entrega y perdona, ofreciendo la mejilla, agredida por el beso traidor de un amigo equivocado.

¿Cómo miraste Señor a Pedro después de las negaciones?: “En aquel momento, estando aun hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor... Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22,60-62). ¡Cuánta comprensión y esperanza debió percibir Pedro en esa mirada! Sería una mirada que iría sin rencor alguno, sin condena. Todo lo contrario, más que de reproche, sería una mirada llena de cariño, que diría aun así te perdono, aun así, te quiero. La mirada de Jesús fue una propuesta renovada de amistad. También una mirada dolorida, porque el amor nunca es indiferente ante la infidelidad, pero sobre todo fue una mirada acogedora y compasiva. Aquella mirada arrancó del interior de Pedro el arrepentimiento, le hizo renacer; se dejó mirar así y esto le salvó.

 Ahora, a ti que me estás leyendo, yo te pregunto: ¿Cómo te mira el Cristo de Gracia? Seas quien seas, hayas hecho lo que hayas hecho en tu vida, te aseguro que Cristo te mira con el mismo cariño que a Pedro, con la misma comprensión y ternura que a la mujer adúltera, con una mirada llena de amor como a la del joven rico, porque para Él, para Dios eres todo. Por mucho que estés arrugado o aplastado por tus miserias, por tus debilidades, sigues valiendo mucho para Dios.

Ojalá en tu oración personal, abriendo los ojos del alma, descubras la mirada de Cristo. Una mirada que te dice: que bueno es que existas; Una mirada que te recuerda lo mucho que vales a sus ojos; una mirada que enamora. Ojalá que tu mires al Cristo de Gracia a los ojos y te enamores de Él.

Francisco de Asís Linares Martínez

martes, 28 de diciembre de 2021

PROPÓSITO DE AÑO NUEVO

Decía mi admirada Isabel Allende que “debemos de tener memoria selectiva para recordar lo bueno, prudencia lógica para no arruinar el presente y optimismo desafiante para encarar el futuro”. Estos días, donde la sexta ola parece más que ola, un tsunami, tengo esta frase como un “leitmotiv” de mi día a día.

La memoria selectiva nos ha permitido emborronar aquellos momentos en los que nos hemos sentido frágiles ante un monstruo minúsculo, casi invisible y dejar grabado en la memoria de lo vivido aquellos instantes en los que nos hicimos fuertes en la fortaleza nuestros hogares, en el baluarte de nuestras familias. La prudencia lógica nos ha llevado a valorar todo aquello que dimos como heredado por el mero hecho de estar aquí, ahora y estar vivos. Y el optimismo desafiante nos debe ayudar a mirar al futuro como una nueva oportunidad para avanzar y no caer en esa falsa superioridad que nos hizo pensar que éramos indestructibles por ser simplemente humanos.

Lo que este golpe de realidad nos ha dejado claro es que la pandemia ha trastocado lo cotidiano y es muy probable que cuando todo esto termine muchas de aquellas cosas que hacíamos habitualmente hayan desaparecido de nuestras vidas. Que todo ha cambiado, que esto nos ha cambiado y que nos ha hecho diferentes. Que tenemos nuevos miedos, que han salido a flote responsabilidades ocultas y que, por fin, nos damos cuenta que éramos verdaderamente ricos y no lo sabíamos. Ricos en muchas cosas, ricos en libertad.

Nos hemos dado cuenta que nuestras acciones de hoy pueden ser muy relevantes para un futuro cercano. Nos hemos dado cuenta que el amor y la amistad son más importantes que el dinero y el “yo primero”. Que la vida está para ser vivida y no para atesorarla.

Pues vivamos, con responsabilidad, pero vivamos. Es el momento de coger el toro por los cuernos porque donde hay un cambio hay una nueva oportunidad para ser mejores, para intentar estar a la altura de lo que nuestra vida nos venía pidiendo, pero nunca lo dimos como prioritario. No perder la perspectiva de lo importante, la vida verdaderamente vivida, y que nos hará mirar hacia el futuro con optimismo.

A Dios le pido que para este año nuevo haga conmigo un ejercicio de creatividad y que me ayude a hacer de cada día una obra maestra, utilizando todos los colores de la paleta de la vida y, sobretodo, sonreírle a medida que la escribo.

Raúl González.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

LOS SECRETOS ENTERRADOS EN EL CEMENTERIO DE LA SALUD Y CONVIVENCIA-TAPEO

Las fotos de "Los secretos enterrados en el cementerio de la Salud de Córdoba" y posterior convivencia-tapeo.

PINCHA Y ACCEDE A LOS ÁLBUMES DE FOTOS DE GÉNESIS

domingo, 14 de noviembre de 2021

VOLVEMOS

Tras un paréntesis debido a la pandemia que estamos viviendo, nuestra asociación vuelve a retomar su actividad socio-cultural contando con las medidas sanitarias que correspondan en cada momento.

miércoles, 13 de octubre de 2021

ANTICUARIOS

La pequeña localidad de Villeneuve les Avignon se asoma al gran río Ródano en la orilla opuesta a la ciudad papal. Precisamente surgió en torno a una fortificación que mandó construir el Rey de Francia para defender sus fronteras con el Sacro Imperio Romano Germánico. No se distingue de otras localidades provenzales en cuanto al esmero en el cuidado del urbanismo y el paisaje, en sus casas con postigos coloreados y sus calles de suave serpenteo, que se conservan tal y como las pintaron Van Gogh o Cezanne. 

Una abadía con preciosos salones abovedados y jardines y magníficas vistas, y una gran cartuja semiderruida son por este orden sus mayores atractivos turísticos. Precisamente por estar catalogados en este orden en las guías de viajes, todos los turistas van a la abadía y dejan de lado la cartuja, lo que provoca que la abadía esté abarrotada y haya largas colas para entrar, mientras que a la cartuja se pueda acceder sin reserva ni espera y se pueda vivir la telúrica experiencia de recorrer sus claustros, salas y la iglesia en absoluta soledad, sin cruzarse con ser humano alguno (doy fe). Son las consecuencias del vicentismo imperante (¿dónde va Vicente?, donde va a la gente), que aconseja evitar las atracciones turísticas con calificación sobresaliente y pasar a las de notable, para que las visitas sean mucho más agradables. Siempre y cuando no se tenga la imperiosa necesidad de hacerse la foto con la Gioconda detrás para ponerla en Instagram o no tengas problema en reconocer ante el cuñado que no, que no entraste en Versalles, que las colas son de dos horas y el Salón de los Espejos no es el mismo cuando está plagado de señores de Oklahoma en bermudas y chanclas y jovencitas de los suburbios de Liverpool disfrazadas de María Antonieta pese a su evidente sobrepeso.

Bueno, sigo, que me pierdo. A donde quería llegar es a que la otra atracción turística de Villeneuve les Avignon que suele aparecer en las guías de viajes es su mercado de antigüedades de los sábados.

No es uno de esos “rastros” en los que se amontonan hierros y cachivaches sin utilidad aparente. Lo que llama la atención es que se exponen solo objetos de cierto valor como mobiliario, porcelanas, vajillas, crucificados de bronce, pinturas devocionales, etc. Objetos que parecen tener una antigüedad de entre 100 y 150 años. Y la calidad y abundancia del material da una idea de la pronta existencia en Francia de una clase media numerosa, acomodada y refinada.

Me gustan especialmente este tipo de antigüedades por tratarse de objetos que han estado en íntimo contacto con sus propietarios. Siento un morbo especial al verlos y tocarlos e imaginar su historia y la vida de quienes los han usado y disfrutado.

En el mango de alpaca del espejito de mano juvenil que le compramos a Gemita imagino las manos de la muchacha que lo recibió  como regalo de Reyes y que tantas veces se miró en él, trato de seguir el rastro de su jabón perfumado y creo que al asomarme a él, por un momento imperceptible, no es mi imagen la que aparece, sino la de aquella que aprendió la geografía de su rostro, sus accidentes e imperfecciones, durante largos ratos mirándose en su superficie pulimentada. Me pregunto qué fue de su vida, si encontró el amor que esperaba, si la hizo feliz, si terminó sus días acompañada de los suyos o en anónima soledad.

Y en esos platitos de postre de porcelana que conseguimos a buen precio por ser la hora de cierre del mercadillo, escucho su tintineo al impactar con suavidad contra la superficie de la gran mesa del comedor principal en el momento de ser colocados con precisión geométrica y lógica cartesiana para preparar una cena navideña. Trato de captar el sabor de la repostería que preparaba aquella tía soltera. Escucho las conversaciones de sobremesa, las historias familiares, las canciones que se repiten un año tras otro en las mismas fechas…

No me atrevo a llevarme recuerdos personalísimos, postales de viajes escritas, fotografías de boda o comunión, condecoraciones de guerra, títulos académicos. Pasado despreciado por familias que solo dieron valor a lo que se podía vender por dinero. Leer esas postales me produce la misma sensación, morbosa y culpable, que espiar a una muchacha en la intimidad de su habitación por el ojo de la cerradura.

Dice Josemi Rodríguez Sieiro que le da pena ver una casa con decoración minimalista, porque es significativo de una persona sin pasado. Digo yo que peor es cuando se avergüenza de su pasado o en su inmersión en la predominante cultura cosmopaleta de nuestros días, no es capaz de apreciarlo.

Manuel del Rey Alamillo

martes, 1 de diciembre de 2020

DIOSES, SEMIDIOSES Y OTROS ÍDOLOS

Una de las características de la mitología clásica consiste en la estrecha interacción existente entre dioses y hombres. Aunque los dioses griegos eran amorales y les importaba bien poco la virtud de los humanos, sí tomaban partido por unos u otros y se implicaban en los conflictos de aquí abajo de forma directa, casi diríamos presencial.

De estas estrechas relaciones surgieron los semidioses, seres nacidos de un dios y una mujer o de un hombre y una diosa. Eran hombres de cualidades extraordinarias que estaban destinados a llevar a cabo grandes hazañas, que perduran en la memoria colectiva miles de años después: Aquiles, Hércules, Perseo…

Se trata no obstante de personajes mitológicos. No nos deben llevar a confundir la realidad con la ficción como le ocurría a aquel personaje del Quijote que discutía con el cura comparando las hazañas de Amadís de Gaula con las del Gran Capitán. A lo que el cura, con toda razón le replicaba que cómo iba a comparar a un personaje de ficción con otro real. Para aquél este matiz era irrelevante.

Ocurre sin embargo que en nuestra complicada manera de ser como sociedades somos aficionados a crear semidioses. Personajes que siendo mortales de carne y hueso, padeciendo las mismas debilidades y limitaciones que tú y yo, nos empeñamos en rodear de cualidades extraordinarias, más que las que de por sí tienen. Y en cuanto a sus debilidades, quedan ocultas o las pasamos por alto, necesitados como estamos de creer en su semidivinidad.

En relación con esto último resulta curioso que en el tiempo de la imagen, de la información, sigamos produciendo estos mitos pese a que sus logros, vista la repetición de la jugada en la soledad de nuestro salón, no nos deberían parecer tan extraordinarios.

Hace unos días nos dejó uno de estos semidioses: Diego Armando Maradona. Sus virtudes futbolísticas están fuera de toda duda. Nadie ha sabido manejar el balón como él. Doy fe de que verle calentar era todo un espectáculo. Le vi jugar en directo dos veces, con dos camisetas distintas, de dos equipos españoles que resultaron los menos trascendentes de su carrera.

No me pareció sin embargo que fuese un jugador más resolutivo, más capaz de revertir el resultado de un partido él solo, que otros que he podido ver, que le han superado en otras cualidades: gol, llegada, visión de juego, fuerza, velocidad, concentración, compromiso…

Seis años, sólo seis, estuvo en la cumbre, ganando un Mundial, llegando a otra final, y en su club, el Nápoles, dos ligas y una copia de la UEFA. Magro historial en comparación con algunos de nuestros internacionales actuales o recientes.

¿Qué tuvo entonces que no tuvieran otros? Para empezar un territorio abonado. Un país donde el fútbol es religión y necesitado de ídolos que le rediman de su pobreza y de su fracaso como nación. Y una ciudad, Nápoles, donde la inmoralidad y el vicio son pecado venial que se perdona a cambio de un regate imposible el domingo por la tarde.

Pero sobre todo, Maradona estuvo en el lugar y el momento preciso. Hizo su mejor partido y consiguió sus dos goles más famosos, la mano de Dios y el mejor gol de la historia, en un Mundial, ante Inglaterra, tres años después de la Guerra de las Malvinas. La venganza perfecta. Por una vez, a través del juego, se imponía un modelo de sociedad tramposa e individualista sobre otra occidental, aburrida, donde priman el cumplimiento de las normas y el orden colectivo. Para colmo terminaron ganando el Mundial.

Entre nosotros hemos tenido personajes míticos que por sus cualidades en su menester han marcado a una generación y que hoy día son legendarios. Muy propenso a ello ha sido el mundo del toro: la muerte en la plaza en el momento más álgido de su carrera, Manolete o Joselito, o el órdago que hubieron de jugarse otros con la muerte, como El Cordobés, les confirieron unos rasgos sobrehumanos.

Parece como que las sociedades latinas y sureñas serían más propensas a la idolatría que otras más septentrionales. Y que la profusión de imágenes de los personajes, en todas las posturas y situaciones de su vida podría trivializarlos, humanizarlos. Sin embargo conocemos un personaje que se sale de tales parámetros: Diana de Gales. En los años ochenta, en el inicio de la epidemia de SIDA que mató a millones de personas de todo el mundo, los enfermos estaban estigmatizados y marginados de la sociedad cuando aún no se conocían del todo los medios de transmisión de la enfermedad. Lady Di apareció en una conocida imagen abrazando a un niño negro enfermo de SIDA. La imagen era de por sí llamativa, pero se convierte en desconcertante viniendo de un personaje de la Familia Real británica, de siempre poco propensa al populismo. Su prematura muerte, aún joven y cuando parecía recomenzar su vida con otro cuento de hadas vinieron a consagrarle como uno de los personajes contemporáneos más venerados en su país y en los de su entorno cultural, llegando a ser comparada con la gran santa del Siglo XX, Madre Teresa de Calcuta.

La música es capaz de congregar multitudes que se sienten arropadas estado rodeadas de otros que visten igual, con los que comparten similares valores, llegando a vivirse momentos de auténtico paroxismo colectivo. Precisamente un músico, también de la Pérfida Albión, es nuestro siguiente personaje: John Lennon. Si a su excepcional talento musical unimos unas letras sencillas, con mensajes poco elaborados pero que transmiten ideas que llegan al corazón de millones de personas, y una muerte también prematura y traumática, tenemos el cóctel perfecto para otro semidios.

También la figura de Verdi ha experimentado la confluencia de una constelación de estrellas. Gran músico, especializado en un género en plena eclosión en su época, la ópera. A su inmensa popularidad contribuyó su adhesión a la causa de la Unificación italiana, plasmada en uno de los himnos que se identificó con este movimiento, el “Va pensiero” de la ópera Nabucco, un coro de esclavos hebreos que cantan con nostalgia a su patria perdida “O mia patria, si bella e perduta”. Dio nombre a uno de los lemas de los insurgentes, Viva VERDI, que en realidad era un acrónimo de Viva Vittorio Emanuelle Re d’Italia (Viva Victor Manuel, Rey de Italia). A su funeral acudieron más de 300.000 personas.

Me resulta curioso que muchos jóvenes que se definen como pacifistas, buenrollistas de izquierda caniche como diría Juan Manuel de Prada, porten camisetas con la imagen de un asesino despiadado, que sembró la muerte y la pobreza por allá por donde pasó: el Che Guevara. Portar esa imagen es un símbolo de rebelión contra el sistema, contra cualquier sistema, es la revolución nihilista, sin ideas, la revolución por la revolución. Pasemos por alto el fusilamiento de opositores, de campesinos, los campos de concentración para disidentes y homosexuales… Un héroe de la democracia y la libertad. Pues eso es para cierto imaginario colectivo.

Otro tanto ocurre con el Dalai Lama. Estamos acostumbrados a escuchar a actrices y cantantes famosas mostrando su admiración y su adhesión a los postulados del Dalai Lama, un señor que ha hecho de la austeridad radical y su rechazo a toda forma de hedonismo su modo de existencia. Y lo hacen desde sus opulentas mansiones de Malibú o la Costa Azul enfundadas en vestidos de 3.000 euros. Y es que el Dalai Lama es muy cool en ciertos ámbitos en los que el envoltorio es más importante que el contenido.

Como se puede ver, las masas necesitan seguir a determinadas referencias, que encarnen los valores supremos que desean imponer y que guíen sus vidas. La imagen, como hemos visto, resulta fundamental, más incluso que la verdad del personaje. Bien lo sabían los primeros dictadores y emperadores romanos. César, que era calvo y enclenque, y Augusto que tampoco era un prodigio físico, se hacían representar en esculturas que mostraban una fortaleza física y sobre todo anímica, que transmitía seguridad a los ciudadanos de Roma que contemplaban sus retratos en piedra a la entrada de la ciudad.

Seguiremos creando ídolos. Algunos están por venir. Y quizás se trate de personajes que ahora mismo nos resultan anodinos o incluso ridículos. Pero la casualidad les llevará a estar en el momento y el lugar adecuados.

Manuel del Rey Alamillo