jueves, 23 de junio de 2016

ALEGRÍAS DE CÁDIZ

Fueron a coger coquinas
los Voluntarios de Cádiz
fueron a coger coquinas
y a la primera descarga
olvidaron las carabinas...

No podía ser de otro modo. En Cádiz, todo rebujado. Como siempre. La letra de las Alegrías que acababa de escuchar no hacía sino confirmárselo.
La Ciudad de Cádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro Rey que al Señor Don Fernando VII”. Recordaba esa frase desde muy niña, cuando la leía cada vez que visitaba el museo con su padre. Habría que ver a aquella gente, plantando cara al francés hace dos siglos ya.
Se abrochó la trenca antes de salir del tablao y enfilar la Plaza Mayor. El invierno seguía en todo lo alto. Seguro que por ahí abajo, ya no hacía tanto frío. Incluso habría gente mariscando. “Madrid es lo que tiene”, se dijo.
A esa hora no había forma de encontrar un taxi. “Joder, qué hambre”.
Para engañarla, se encendió un cigarrillo. “El último hasta mañana, lo juro”. No le quedó más remedio que empezar a andar, para no quedarse congelada en la parada.
Hacía más de un año que no compartía piso con nadie y, al abrir la puerta, lo agradeció una vez más. Las cosas, como a ella le gustaban. Se dirigió derecha a la cocina, conteniéndose para no asaltar la nevera anárquicamente. Tampoco había mucho con lo que guerrear. Huevos, algo de verdura, un cartón de leche y pan de molde. Buscó ansiosa en la alacena. “¿Quedarán patatas?” No había ni una.
“Habrá que hacérsela a la francesa”. Los franchutes, una vez más. Las cocineras gaditanas, como tenían poco aceite, batían el huevo con la sal precisa y liaban la tortilla antes de ponerla en el plato. Sin patatas. El asedio durante la Guerra de la Independencia sustrajo a Cádiz de cosas básicas, como las patatas que alegraban la tortilla antes de que llegara Pepe Botella.
No estaba mala, tenía el punto de sal y el aceite justo. Se ayudaba con el pan de molde y ya parecía que el invierno no era tan crudo. No le apetecía trabajar al día siguiente. Lo del tablao como algo eventual no estaba mal, otra cosa era pensar en aquello como algo definitivo. ¡Ni hablar!
Tras terminar de picotear, sintió la necesidad de encenderse otro cigarrillo. “Este sí que es el último hasta mañana, lo juro”. Lo hizo con parsimonia, recostada en la silla de la pequeña cocina. El humo, deshecho en volutas, fue ascendiendo lentamente en jirones al mismo ritmo que sus pensamientos...
 “Más que en Cuchilleros, deberías estar trabajando en la Biblioteca Nacional ¿Has olvidado a qué fuiste a Madrid? Para algo te has licenciado en Historia y has ganado esa beca, digo yo”. La monserga más repetida cada vez que la telefoneaba su padre “¿Qué hay de esa Tesis a medias? Deberías retomarla”.
Esas mismas volutas que la habían sumergido en aquella abstracción son las que la sacaron de su ensimismamiento. Aplastó el pitillo contra el cenicero con morosidad, mecánicamente. Faltaba poco para que comenzara a clarear, aunque aun no se oía el ajetreo de los estorninos. Se desvistió deprisa, sintiendo frío. Cuando apagó la luz, justo antes de dormirse, los escuchó cantar al fin.
Durmió de un tirón, con ansia. Era de esas veces en las que uno no recuerda qué ha soñado, aunque está seguro de haber sufrido algún tipo de desarreglo onírico. Descorrió la cortina y miró por la ventana. Esto de empezar el día cuando la gente ya sale de las oficinas para comer, me mata. Aunque no me queda otra. El sueldo no es malo, ni bueno tampoco, aunque es lo único digno que he encontrado. De algo me ha servido el emperre de mi madre con eso de que bailara desde pequeñita. Qué flamenca ha sido siempre mamá para todo...
Como cada tarde, a las ocho más o menos, comenzaba a llegar al tablao el personal. Había que ir preparándolo todo antes de que arribaran los primeros clientes. Las bailaoras compartían un camerino ridículo en el que calentaban los músculos antes de actuar, se maquillaban, planchaban ellas mismas las batas o los trajes que iban a usar y charlaban hasta que les tocaba salir.
Aun faltaba una hora larga para su número cuando Joaquín Heredia, el dueño del tablao, pidió permiso y entró en el camerino. Como siempre, se le veía contento.
“Niñas, esta noche hay algo importante que celebrar –comenzó-. Nos vamos de tournee. Manolito Núñez ha conseguido cerrar, por fin, la gira por Francia. Hoteles de tres estrellas y buenas dietas, aparte del sueldo.”
Lógicamente, la noticia fue bien recibida por las artistas. Algunas ya empezaron a deleitarse pensando en el viaje, los hoteles y el dinero extra. No era para menos: salir de la rutina del tablao, cambiar de aires, sorprender a un público receptivo.
Magdalena nunca había bailado fuera de Cuchilleros. De hecho, llevaba muy poco haciéndolo para poder seguir tirando en Madrid. Justo desde que renunció a la beca. Ciertamente, le seducía la idea.
Fue entonces cuando Heredia sacó su pitillera y el encendedor y le ofreció un cigarrillo. “El último de hoy, lo juro”. La pitillera llevaba las iniciales del hombre grabadas en la tapa. El mechero era de oro, propio de la gente de rumbo. Cuando se lo acercó para dar lumbre al pitillo, Magdalena pudo leer la marca: Dupont.
El nombre le llamó la atención. Hacía mucho tiempo que no la recordaba pero, en ese momento, le vino a la mente la anécdota que su padre contaba de vez en cuando en casa. Era una historia bien conocida y aireada en las reuniones familiares desde siempre. Resulta que el tatarabuelo de su abuelo había sido el famoso General Morla, quien rigió el destino militar de la ciudad de Cádiz durante la Guerra de la Independencia. Su padre no se cansaba de recordar que  Morla, su antepasado, recibió al vencido general Dupont, que bajaba prisionero con su ejército hacia la bahía gaditana. Y proseguía recordando que, con sus mariscales, sería recluido en el castillo de San Sebastián, en donde se le servía de comer lo que en casa de Morla se cocinaba.
“Por una buena temporada, Dupont tuvo que cambiar los pichones en fricasé, los pavitos cebados a la rabigote o las roelas de ternera en fricandó por potaje de bacalao con garbanzos y espinacas, cocido, mondongo o manteca de cerdo”. Y siempre terminaba con la misma frase, lleno de orgullo: “No puede haber más grandeza de espíritu en un general vencedor”.
“¡Magda espabila que, después de estas bulerías, actúas tú!”
Le fue difícil salir de su mundo. Tenía que bailar.
Se sentía bien esa noche. Era uno de aquellos días en los que su baile tenía pellizco. Los focos le molestaban un poco, quizá porque estaba habituada a los del tablao de Madrid y los de este local de Burdeos estaban dispuestos de una forma algo extraña. La gira había comenzado hacía cinco días y esta era su tercera actuación.
Al acabar, la obligaron a saludar un par de veces. “Parece que les han gustado las Alegrías, me estoy ganando el sueldo”.
Fue en ese segundo saludo, con las luces del local encendidas, cuando lo vio sentado en una mesa de la segunda fila.  Estaba solo, no compartía el velador con nadie…
Aquella noche, Magda no durmió en el hotel de la rue Clemenceau en el centro de Burdeos. Amaneció en una casa de dos plantas, en pleno campo.
Arnaud y ella se entendían, desde la noche anterior, en un francés tosco pero más que suficiente si dos quieren conocerse. La luz, la disposición de la cama, los cuadros, el espejo sobre el buró eran nuevos para Magdalena. No los recuerdo de anoche ¡Dios mío, qué guapo es!
“Bonjour, ma chérie!”, se le escapó a Arnaud desde la ducha.
“Hola, buenos días ¿qué hora es?”
“La de ir a comprar al mercado. Hoy cocino yo”.
Magdalena se revolvió feliz bajo el edredón y se entretuvo en ver cómo el sol incidía sobre el parqué recién acuchillado. “Ciertamente, me muero de hambre. Siendo la hora que es, en este país la gente debe haber ya almorzado”.   
En lo que tardó en levantarse Magdalena de la cama, ducharse y volver al mundo real, a Arnaud le dio tiempo de volver del mercado cargado de bolsas.
Cuando lo vio, Magda enarcó las cejas mostrando sorpresa.
“¿dónde vas con todo eso?” preguntó.
“El salmogejo y los camagones se acabaron por hoy. Los vas a cambiar por una estupenda sopa bullabesa y, de segundo, quiche lorraine. Typical French!”
Magda lo dejó hacer, a su aire. Se notaba que a Arnaud le gustaba la cocina y manejaba los tiempos, como un torero de arte.
Para empezar, la bullabesa: sirvió el pescado en una fuente, el pan en otra y el caldo en una sopera. Mientras, la quiche se estaba terminando de hacer en el horno.
”Hay que servirla muy caliente, así que vete apurando la sopa”.
Magda disfrutó de cada instante de la comida. Sintió cómo los sabores, las texturas, la reconciliaban de nuevo con el mundo. “Para alcanzar el nirvana, ahora sólo me hace falta un pitillo. Esta semana dejo el tabaco, lo juro”. Hizo una mueca de disgusto. Demasiadas veces se había hecho ya ese propósito.
La sacó de su abstracción un pequeño grabado que vio colgado en una pared del espacioso comedor. Lo que le llamó la atención es que era obra de su cocinero por aquel día, como atestiguaba la firma, “Arnaud D.”, y sintió curiosidad por la “D” solitaria.
“Arnaud, ¿qué esconde esa inicial?”, preguntó con aire misterioso.
“Esa “D” corresponde a la primera inicial de mi apellido, Dupont”. Arnaud permaneció un momento callado, rumiando algo en su fuero interno.
“¿me dijiste que eras de Cádiz, no? Pues verás lo que acabo de recordar. Un antepasado de nuestra familia, el general Dupont, estuvo preso allí después de ser derrotado por vuestro ejército, cuando la invasión del gran Napoleón. Y mi padre siempre nos contaba que estuvo recluido en una fortaleza militar, desde la que veía el mar, mientras se entretenía traduciendo a Horacio”.
Magda lo miraba con los ojos como platos, sin fuerzas para interrumpirlo.
“¿Sabes lo que más me gustaba de esa historia cuando la oía de niño?”, prosiguió Arnaud. “Tengo grabado en la memoria que cierto general que mandaba en Cádiz se ocupó personalmente de que mi  tatarabuelo comiera cada día lo que en su casa se cocinaba y hacía enviar a la prisión con toda la solemnidad posible”.
A Magdalena Morla todo empezó a darle vueltas. El círculo se había cerrado…
        
           Enrique García Luque

sábado, 28 de mayo de 2016

FERIA EN HONOR A NTRA. SRA. DE LA SALUD

El pasado jueves 26 de mayo nuestra asociación se dio cita en el recinto del Arenal para celebrar su tradicional almuerzo de la Feria en Honor a Nuestra Señora de la Salud.
Esta convivencia familiar ha tenido como marco este año la Caseta de la Hermandad del Huerto.
Tras el almuerzo la fiesta continuó entre sevillanas y rumbas y nuestros más pequeños aprovecharon la distracción y diversión de los mayores para arrastrar a algún papá o abuelo y darle un paseo por la Calle del Infierno. 

miércoles, 20 de abril de 2016

Abbas Ibn Firnas

El pleno municipal del Ayuntamiento de Córdoba, este pasado martes 12 de abril, ha aprobado por unanimidad que el aeropuerto de la ciudad pase a llamarse “Aeropuerto de Ibn Firnas”

¿Y quién era ese personaje para tal honor?
Basta profundizar un poco en internet para saberlo.

Se trata de un poeta, astrólogo, alquimista, músico y físico que vivió durante el Emirato de Córdoba. Nació en Ronda en el año 810 JC y murió en Córdoba el 887 de la misma Era.
Y su principal hazaña por la que se le conoce es por haber realizado el primer vuelo conocido. Nada de Leonardo da Vinci, los Montgolfier o los hermanos Wright. El primero que voló fue Ibn Firnas.

Se le conocen dos vuelos. El primero en el año 237 de la Hégira (año 852 de Jesucristo). Se sabe que lo realizó lanzándose desde el alminar de la Mezquita de Córdoba y que dio con sus huesos en el suelo. El aparato que utilizó era más lo que hoy es un paracaídas.
El año 237 H corresponde al final del gobierno del emir Abderramán II, que murió el 238.
Debemos saber que ese alminar desapareció al ser derribado por Abderramán III con motivo de la ampliación del patio y construcción del nuevo alminar, y del que sólo quedan los cimientos.
Es interesante observar cómo el desarrollo va ligado a la riqueza. Voy a citar varios hechos puntuales de ese reinado: acogimiento del músico Ziryab, construcción de las mezquitas de Jaén, Barcelona y Gerona, y ampliación de la de Córdoba. Y acogimiento de sabios en la corte, pues en el caso de Ibn Firnas se sabe que formaba parte de ella.
¿Y ese desarrollo literario y científico se basaba en el económico?
Pues el año 237 H, que es cuando se realiza ese primer lanzamiento al aire, es posiblemente cuando se acuña mayor numerario con Abderramán II.

Abderramán II, dirham del año 237 H, ceca de Al Andalus
Peso: 1’8 gr; diámetro: 22 mm
El año del primer vuelo

En el referido año 237 H es cuando se da el mayor número de variantes en los dírhames, y suelen ser sencillos y sin adornos.

El segundo experimento aeronáutico de Ibn Firnas se sitúa en el año 261 H (875 JC)

Muhammad I, dírham del año 261 H, ceca de Al Andalus
Peso: 2’6 gr; diámetro: 37´7 mm
El año del segundo vuelo

Ya gobierna Al Andalus el emir Muhammad I, y como se puede observar se ha producido una evolución en la numismática. Son piezas muy mejoradas estéticamente y con una escritura evolucionada.
En este momento nuestro personaje realiza un verdadero vuelo lanzándose desde una colina de La Arruzafa. Ahora no se trata de un paracaídas sino de un artefacto a especie de alas de madera y plumas que le permite volar. Es cierto que sufrió un accidente aparatoso fracturándose las dos piernas pero llegó a identificar sus errores, pues al aparato le faltaba una cola.

Juan Manuel López Márquez


sábado, 2 de abril de 2016

LA RENDICIÓN DE BREDA


Breda es una ciudad situada en lo que hoy es Holanda, y que formaba parte de ducado de Brabante. Su importancia estratégica la convirtió en las guerras de Flandes en pieza codiciada.
La ciudad de Breda fue conquistada por los Tercios españoles en 1625, siendo entregadas las llaves de la ciudad por su gobernador Justino de Nasseau al general de los Tercios Ambrosio de Espínola. Continuaría en poder de España hasta 1637 en que volvió a poder de los holandeses.
Pasaría desapercibida dicha conquista a no ser por el cuadro de Velázquez titulado “La rendición de Breda” o “Las lanzas” que se conserva en el Prado.
Personalmente siempre me ha llamado la atención de dicho óleo la belleza del caballo, situado en una posición no habitual en la pintura, en primera línea y visto por detrás.

Pero no será el análisis estético de este cuadro lo que desarrollaremos sino de algunas piezas numismáticas contemporáneas a dicho acontecimiento.


Alberto e Isabel, patagón de Bruselas, no datada
Peso: 27´5 gramos; diámetro: 42 mm.


Anverso: ALBERTVS ET ELISABET DEI GRATIA
Reverso: ARCHID AVST DVCES BVRG ET BRAB

En anverso los bastones de Borgoña
En reverso escudo de armas coronado con los cuarteles de Castilla y León, Granada, Aragón, Sicilia, Austria, Borgoña moderno y antiguo y Brabante. Y rodeado del collar de la Orden del Toisón de Oro

Isabel Clara Eugenia, que ese es el nombre de esa Elisabet, era hija de Felipe II y su tercera esposa Isabel de Valois. Y era de entre sus hijos la predilecta, tanto que sólo a ella le permitía indagar en sus documentos y servir de consejera.
Contrajo matrimonio con su primo Alberto de Austria, siendo soberanos de los territorios de Países Bajos, e Isabel como gobernadora desde la muerte de Alberto en 1621 hasta su fallecimiento en 1633; pues al referido fallecimiento sin sucesión los territorios volvieron a la corona española.
Los patagones son de las monedas de mayor tamaño acuñadas en España. Vulgarmente se les llamó “tejos”; esta palabra, en desuso hoy, se mantiene en el dicho de “tirar los tejos” que como sabemos es una invitación al matrimonio.


Felipe IV, escalín de Amberes, 1625
Peso: 4´95 gr

Anverso: PHIL IIII. D.G. HISP ET INDIAR REX
Reverso: ARCHID(uce) AVST(riae) DVX BVRG(undiae) BR Z(elanda)

León rampante sosteniendo escudo con las armas de Austria y Borgoña antiguo. Mano como marca de ceca de Amberes.
En reverso el mismo escudo que en el patagón anterior con la añadidura de los escusones de Portugal y Flandes-Tirol, y fecha de 1625

Era 1/8 de patagón, y similar a 2 reales españoles de la época en peso y tamaño.
El escalin o schilling de 12 pfening o dineros, provenía lingüísticamente del bajo latín "schelingius". Su valor osciló entre 10 sueldos (el de Lieja) y 6 (el de Amsterdam).
En este caso tenemos una moneda acuñada el mismo año, 1625, de la rendición de Breda. En ese momento, ya fallecido su esposo, Isabel Clara Eugenia había pasado a ser gobernadora de los Países Bajos y asumiendo la soberanía su sobrino Felipe IV.

Juan Manuel López Márquez

miércoles, 9 de marzo de 2016

LA MODA FEMENINA EN LA PINTURA

La pintura, al igual que otras artes, resulta un instrumento muy valioso para conocer modos y costumbres de otras épocas. En concreto, en lo que aquí nos interesa, sobre el modo de vestir. Tenemos vestigios históricos o arqueológicos que nos pueden aportar algunas ideas sobre épocas pretéritas, pero es muy fácil que el paso del tiempo les haya terminado afectando. También la literatura, pero por muy precisa que sea nunca podrá equipararse a la imagen visual. Por lo tanto, a falta de fotografía o cine, la pintura se convierte, quizás junto con la escultura, en la más útil de las artes para nuestro estudio.
Si visitamos un museo y examinamos la pintura profana desde el punto de vista del vestido, veremos que en cada sala nos encontramos un estilo homogéneo, puesto que las salas se suelen distribuir según épocas y países. Por tanto, llegamos a la conclusión de que el modo de vestir está influido por condiciones morales, culturales, económicas, etc., de ahí que en ocasiones nos encontremos con un mayor gusto por lo exuberante o por lo ostentoso y en otras se prefiera lo simple o austero.
La otra tónica evolutiva sería la que marcan dos tendencias opuestas: bien resaltar a la propia mujer, la belleza de su figura; o bien que el vestido sea un fin en sí mismo, objeto principal de belleza, convirtiendo a la mujer en un simple perchero o maniquí.
Para este trabajo me he encontrado con dos importantes limitaciones: una, no existe una pintura de suficiente calidad y detalle como para que nos pueda servir hasta bien entrada la Edad Media; la otra, hasta el Siglo XV toda la pintura es religiosa, por lo que está determinada por factores ajenos al modo en que en esa época vistiesen las féminas.
Por ello, comenzamos este estudio con el optimismo y la apertura al mundo propios de la Baja Edad Media, continuaremos con el Renacimiento y su pasión por la figura humana; el exceso y la exuberancia del Barroco; y la Ilustración y su vuelta a los principios clásicos.

LA MODA FEMENINA EN LA BAJA EDAD MEDIA
Normalmente solemos imaginar la Edad Media como una época oscura, de gentes de vida austera y gustos primarios que veían el mundo a través de una pequeña ventana desde construcciones de gruesos muros de piedra.
Siendo cierto que se trató de una época de escaso desarrollo económico, en la que la inmensa mayoría de la población sólo podía pensar en trabajar para sobrevivir, sin embargo las pinturas que nos han dejado muestran un gusto evidente por los colores vivos.
La pintura medieval podría definirse en cuanto al color, por la utilización de colores primarios, muy vivos, y por una luz que emerge de las propias figuras, contrariamente a lo que sucede en el Barroco, en el que los protagonistas reciben una luz externa incluso al propio lienzo.
En cuanto a la moda, en esa época la gente del pueblo no cuida su indumentaria, únicamente busca en ella abrigo y comodidad, de ahí que no se llegue ni tan siquiera a teñir la ropa.
Se da la circunstancia de que los pigmentos necesarios para teñir la ropa de una forma efectiva suelen ser muy caros, al elaborarse en países lejanos, por lo que solamente están al alcance de una minoría muy selecta.
Es en la época de las Cruzadas cuando algunos nobles entran en contacto con la moda oriental, mucho más rica y colorida, y de vuelta a sus castillos traen consigo prendas para sus mujeres y los codiciados pigmentos que sirven para darles color. Y la nobleza de la época comienza a lucir el color, junto con las joyas y las piedras preciosas, como una señal de ostentación de significación de su riqueza y poder.
PINTURAS DE LAS MUY RICAS
HORAS DEL DUQUE DE BERRY
Humberto Eco, en su Historia de la Belleza escribe lo siguiente: “Para manifestar su poder, los señores se adornan con oro y joyas, y se cubren con ropas teñidas con los colores más preciosos, como el púrpura. Los colores artificiales, que proceden de minerales o vegetales y son objeto de complejas elaboraciones, representan, por tanto, la riqueza, mientras que los pobres se visten exclusivamente con telas de colores desvaídos o modestos”.
Dado que la mayor parte de los cruzados provienen de Francia, es ese país el que se muestra a la vanguardia de las nuevas tendencias, y así será hasta hoy.
En pintura, la colección que mejor serviría para mostrarnos la moda femenina bajomedieval sería un libro de horas iluminado, Las muy Ricas Horas del Duque de Berry, elaborado por los hermanos Limbourg, cuyo original se encuentra en el Museo Condé, en el castillo de Chantilly. 

PINTURAS DE LAS MUY RICAS HORAS DEL DUQUE DE BERRY
Como se puede ver, las damas visten prendas de colores variados, pero generalmente vivos, aderezados con incrustaciones de pedrería y oro. Es ese gusto por el color lo primero que llama la atención.
Pasando a otros aspectos de su indumentaria, vemos que su aspecto es muy cuidado, nada desaliñado, con cabellos recogidos o trenzados y siempre adornados con un tocado.
Los vestidos cubren casi toda su anatomía, dejando solamente a la vista la cara, el cuello y las manos. Escotes cuadrados o inexistentes. Pese a ello, las telas parecen ser livianas y en la parte superior ceñidas, por lo que no ocultan las formas del cuerpo femenino.
  MODELO DE VALENTINO
En el siguiente capítulo veremos cómo en el Renacimiento se progresa en el gusto por la figura femenina, lo cual se traduce en la moda, y de ahí se evoluciona hacia modelos totalmente opuestos.
Como despedida, veamos en este modelo de Valentino que la moda bajomedieval, con escasos retoques, podría ser perfectamente homologable en nuestros días. Como dice el  Eclesiastés, nada luce nuevo bajo el sol.




Manuel Del Rey Alamillo



          

domingo, 6 de marzo de 2016

RUTA CÓRDOBA COLONIA PATRICIA


Tal como estaba programado, el pasado sábado día 5 de marzo daba comienzo a las 11,00 horas la Ruta Córdoba Colonia Patricia acompañados de nuestra simpática guía Maribel Gutiérrez que nos fue dando una visión del esplendor de nuestra ciudad como capital de la provincia Bética de la Hispania romana.
Durante el recorrido fuimos visitando algunos de los vestigios que se conservan actualmente y que dan fe de la importancia de nuestra ciudad dentro del Imperio Romano como son las cloacas de Antonio Maura, que entre otras utilidades eran las de canalizar las aguas fecales y de lluvia provenientes del anfiteatro romano localizado bajo el actual rectorado (antigua Facultad de Veterinaria), de una aceitera cercana o viviendas; los mausoleos junto a Puerta Gallegos (puerta oeste de la ciudad); la copia del Thoracata que se encuentra en la sede de Hacienda de la Junta de Andalucía; el Templo Romano situado junto al ayuntamiento; las murallas del Edificio Riyad; y por último, el baptisterio y la cripta que se encuentra en la Diputación de Córdoba. Siempre acompañados de las explicaciones didácticas a lo largo de la ruta de nuestra guía Maribel que supo ganarse la atención y aprecio del grupo.
Para finalizar esta intensa jornada cultural y retomar fuerzas acabamos con un tapeo-convivencia en la Taberna El Cordobán.

lunes, 29 de febrero de 2016

"EL QUINTO SABOR"

La maleta pesaba tanto como la barba sin afeitar, la camisa arrugada tras horas de avión y el sueño que no se había presentado en todo el vuelo. Sólo pensaba en llegar al hotel y dormir todo lo que me permitiera mi agenda y el calor que hacía a esas horas en aquella caótica ciudad.
Orlando San Ginés, sonriente, se aprestó a cargar con mi equipaje. Sorprendido, no le dejé hacer en un principio. Fue una escena algo violenta. Inmediatamente, me pesó haber actuado así por miedo a que el taxista malinterpretara el gesto. Hacía mucho tiempo que esos detalles habían dejado de ser frecuentes en España y esa falta de costumbre fue la que me hizo dudar antes de dejar hacer, por fin, al chófer.
Como es normal en esa época del año, el cielo limeño estaba plomizo y el calor húmedo me sorprendió vestido aún con la ropa del invierno que acababa de dejar, haciendo de las suyas, al otro lado del mundo.
El taxi estaba impoluto. Reparé incluso en la corbata, oscura y algo torcida, que el conductor llevaba bajo su chaleco de punto. También había notado un olor a colonia masculina, rancia, como esas que ya no se encontraban en España, cuando San Ginés se me había acercado para recoger la maleta.
Arrancó sin más trámites. A los pocos minutos, estuvimos a la altura del puerto de El Callao y, algo después, pasamos junto al Rímac, el río que atraviesa la ciudad. Alcanzamos los primeros barrios, de aspecto desordenado.
Hasta entonces, ninguno de los dos habíamos vuelto a abrir la boca desde el aeropuerto. El taxista me examinó por el retrovisor.
- Así que de España, ¿verdad?
Asentí, observándolo todo con curiosidad.
- Sí, soy español. Aunque sólo en parte- me apresuré a contestar.
San Ginés, entonces, entornó los ojos y se fijó detenidamente en mis ojos ligeramente rasgados. Antes de darle tiempo a replicar, puntualicé: “mi bisabuelo era japonés, aunque su hija se casó con un español y… ya puede imaginarse usted el resto”.
La pregunta del chófer no se hizo esperar y no me cogió por sorpresa. - Si no es indiscreción ¿qué ha venido a hacer usted a Lima?
Consulté mi reloj y calculé que aún quedaba un buen trecho hasta llegar al restaurante en pleno centro.
Kikunae Ikeda
- He venido al Perú siguiendo los pasos de mi bisabuelo. Ando buscando el quinto sabor.
El taxista levantó una ceja, delatando que no entendía a qué me refería.
- Usted recordará eso que aprendimos en el colegio de que podemos percibir cuatro gustos: amargo, salado, ácido y dulce ¿cierto? Bueno, pues existe un quinto sabor escondido en ciertos alimentos: el que descubrió mi bisabuelo- le deslicé con cierto misterio. A lo que no estaba dispuesto era a contarle cómo lo consiguió.
Me arrepentí de la confidencia y decidí cambiar de conversación. - ¿Qué tal se come en “Las Brujas de Cachiche”?-  pregunté al chófer. Estoy citado allí.
- Señor, “Las Brujas” es uno de los mejores restaurantes de todo Lima. Comida criolla bien rica. Además, en pleno barrio de Miraflores, el mejor de la capital.
Al oír aquel nombre, no pude dejar de acordarme de lo que había leído en el diario de mi bisabuelo. Mi mente volvía, de nuevo, hacia donde yo no quería.
- Si no le importa, apague el aire acondicionado. Prefiero sentir la brisa- espeté al taxista.
El bofetón fue de aire húmedo, cargado de salitre. El aire de un Pacífico oscuro, revuelto, que batía con fuerza las piedras redondeadas que conformaban la orilla. Miraflores quedaba aún lejos.
Allí vivía, a principios del siglo XX, la culpable de esta azarosa historia. Una verdadera bruja de Cachiche, caserío de la costa sur de Lima donde las mujeres tenían fama de bellas y bondadosas. Aquella se llamaba Ailén y había hechizado a mi bisabuelo.
Ella fue la que consiguió reunir, en una memorable cena, a mi antepasado y al Doctor Le Blanc, en cuya tarjeta de visita se podía leer que poseía “increíbles-poderes-fenomenológicos”…
Juntos, habían asistido a la función del mago en el Teatro Municipal cierta noche. El plato fuerte de la actuación del Doctor Le Blanc había sido el número de hipnosis, con el que cerraba siempre su repertorio.
“Se trata, damas y caballeros, de un número muy peligroso, sólo realizable por los conocedores de los secretos de los brahmanes del famoso reino de Bután, donde me inicié en estos arcanos... Noten, distinguido público, que las alteraciones psíquicas de hipnotizador e hipnotizado durante el experimento pueden ser i-rre-ver-si-bles. De ahí, el deber de avisarles de la peligrosidad del mismo”. El Doctor Le Blanc hablaba con un acento francés impostado. El público guardaba silencio expectante. El mago hundió el mentón en el pecho y se llevó las manos a las sienes, imitando la pose de los grandes maestros de la hipnosis.
“Obviamente, necesitaré la participación desinteresada de algún voluntario de entre los presentes en el público”. Un joven imberbe se levantó, resuelto, desde la tercera fila del patio de butacas. “C’est magnifique!! Gracias, mi valiente amigo” exclamó el ilusionista. “Antes de proseguir, permítame preguntarle si usted y yo nos hemos visto anteriormente o nos conocemos”, a lo que el voluntario contestó con un ensayado “por supuesto que no, Doctor”. A mi bisabuelo no le pasó desapercibida la mirada cómplice que cruzaron entre ambos, y susurró –escéptico- a su bella acompañante: “este mago no es sino un impostor más”.
El número de magia prosiguió con arreglo al patrón premeditado del mago, que adornó la puesta en escena con visajes y ademanes perfectamente ensayados. Fue todo un éxito. A la salida del teatro, la gente se deshacía en elogios acerca del espectáculo. 
Mi bisabuelo tenía ganas de conocer a aquel supuesto médium. Como científico que era, le encantaba desenmascarar a farsantes y rebatir teorías sobrenaturales. Ailén parecía conocer a todo el mundo en Lima y organizó el encuentro con el Doctor Le Blanc, al que esperaron a la salida del teatro para invitarlo a cenar. Una calesa los condujo a un famoso restaurante regentado por un oriental, el señor Wang, venido de la lejana ciudad de San Francisco, lo que confería un aire cosmopolita al establecimiento en el que se daban cita la flor y nata de la sociedad limeña de aquella época.
Durante la cena, los hombres hablaron largamente de ciencia y parapsicología. El Doctor Le Blanc defendía su trabajo refiriendo que la hipnosis era fruto de estudios admitidos y comprobados por la ciencia médica. Mi antepasado asentía escéptico. Mientras, Ailén los contemplaba en silencio, fumando con desgana valiéndose de una larga boquilla. Mi bisabuelo, por su parte, le refería al ilusionista el trabajo que realizaba en la Universidad Imperial de Tokio. Llevaba años obsesionado con hallar un gusto distintivo que encontraba en ciertas viandas, como espárragos, tomates o algunos quesos y carnes y que era diferente a los cuatro sabores básicos. Él, que era químico, pensaba que podía aislar al causante de ese quinto sabor. Había invertido en la tarea mucho trabajo, aunque sin resultado. Remató su intervención con una frase que pretendía sonara lapidaria: “Doctor Le Blanc, nuestros mundos son muy distintos. Yo me dedico al estudio sistemático y riguroso”.
Ailén decidió intervenir para mitigar la tensión que se percibía en el ambiente. Habían terminado la cena hacía un buen rato y propuso probar una novedad que estaba considerada el último grito del restaurante. El señor Wang había importado la idea de la “Casa de Té" del Golden Gate de San Francisco donde había trabajado hasta establecerse en Lima.
- Se trata de probar las misteriosas “Galletas de la Fortuna”- dijo Ailén, con un punto enigmático en la voz.
- ¿Galletas de la Fortuna?- se asombró mi bisabuelo.
Ailén explicó entonces a los dos hombres en qué consistía aquel postre que se estaba poniendo de moda en todo el continente. Mi bisabuelo sonrió incrédulo y pensó una vez más en lo fácil que era embaucar a la gente. Llevado por su espíritu burlón, tomó la galleta de la bandeja plateada que le tendía ceremonioso el señor Wang. La partió por la mitad, extrajo el billete impreso, se ajustó los lentes y leyó en voz alta: “Estás cerca del final. Déjate ayudar. La sugestión es el camino”.
- Oh la la!!- exclamó Le Blanc. “Su-ges-tión” ¿ha oído bien? ¿Qué es la hipnosis sino sugestión, mon amie? ¿no se atreve a expeguimentag un poco?
El caso es que, en apenas unos minutos y gracias a la intercesión de la guapa Ailén, mi bisabuelo estaba sentado frente a un concentrado Doctor Le Blanc en un extremo del restaurante, despejado a tal efecto, bajo la atenta mirada de los comensales que a esas horas ocupaban el local.
- Relájese, amigo Ikeda, relájese- espetó Le Blanc a mi bisabuelo.
- Se siente demasiado cansado para pensar, su cuerpo no le responde. Los brazos y las piernas le pesan profundamente y no puede mantener abiertos los párpados. Abandónese…
Y prosiguió: Ahora, sin dejar de dormir, levante la cabeza y míreme.
Mi bisabuelo, como un autómata, acató la orden del mago, que sonrió complacido.
- Está bajo mi poder, he anulado su voluntad y obedecerá todo aquello que le diga. Le Blanc ensayó unos pases magnéticos en el aire y prosiguió: Señor Ikeda, usted ahora mismo no está aquí, sino en su querido Tokio. Concretamente, a la orilla del mar –aventuró el ilusionista- ¿qué es lo que está viendo?
Pasados unos segundos, mi bisabuelo abrió los ojos y los dejó fijos en el ángulo de la estancia mientras comenzó a hablar de forma imprecisa.
- Veo las islas frente a Odaiba, donde algunos pescadores faenan mientras los cormoranes revolotean intentando robarles algún pez. Estoy paseando por la orilla, con los pies dentro del agua y un libro bajo el brazo. Está atardeciendo y, al fondo de la playa, veo una silueta.
Los comensales contemplaban fascinados la escena y contenían la respiración esperando que mi antepasado se decidiera a seguir relatando su visión.
- Es una mujer. Está desnuda, aunque me ofrece su espalda. A sus pies hay un kimono abandonado. Decido acercarme y, al sentirme, ella se gira… ¡¡es Ailén!!
Está preciosa –prosiguió-, realmente bella, pese a que cubre su cuerpo con algas que me impiden admirarla en todo su esplendor. No me importa, parecen parte de su figura. Ella sigue recogiendo algas de la orilla y sigue engalanándose con ellas, mientras me sonríe. Me pide que la bese…
En ese momento, Ailén decidió levantarse y, por gestos, le pidió a Le Blanc que parara aquel experimento. Le Blanc susurró: De acuerdo mi querida amiga, pero he de despertarlo sin brusquedades. Antes de sacar del trance al hipnotizado, éste tuvo tiempo de añadir:
- Me acerco a besarla, está muy bella. Ahora parece que sus labios fueran también de algas…Al estrecharla, se deshace entre mis brazos, pero alcanzo a darle un beso.
En ese momento, mi bisabuelo dejó de hablar, alterado. Se recuperó apenas y exclamó:
- ¡Es el quinto sabor!    Umami… - involuntariamente, había pronunciado esa palabra en japonés, que significa sabroso………..

- Señor, ¿le apetece otro pisco sour antes de empezar a comer o prefiere probar ahora otro cocktail?- Con esa pregunta, el maître de “Las Brujas de Cachiche” interrumpió mi relato justo en ese momento.
Creí percibir un gesto de decepción en mi interlocutor, sentado frente a mí. Hasta este viaje, no conocía personalmente a Octavio Velásquez, periodista de El Comercio. A su derecha, sobre el mantel de hilo, un manuscrito apenas acabado de la biografía del Profesor Kikunae Ikeda, mi bisabuelo: el famoso descubridor del “UMAMI”, el quinto sabor.
- Creo que ya conoce en qué terminó todo esto ¿no es cierto? – exclamé tratando de volver a la realidad tras referirle el extraordinario relato de mi bisabuelo.
Velásquez me miraba de hito en hito. No había abierto la boca durante todo ese tiempo.
- El resto, ya es historia- exclamé. Poco después de todo aquello, al regresar a Tokio, mi antepasado consiguió purificar los cristales de glutamato monosódico precisamente de un concentrado de algas marinas. Y hoy se utiliza para potenciar el sabor natural de los alimentos, aunque a mi me gusta mucho más intentar descubrirlo en una loncha de jamón o en una copa de Jerez. Dicen que ambos manjares lo poseen.
El periodista levantó la cabeza de su libreta de apuntes y me sonrió, confirmándome que él también conocía de sobra el éxtasis que ciertos alimentos pueden depararte.
Por supuesto, pedí otro pisco sour y otro más tras el almuerzo.
Fue en el taxi, muy cerca de mi hotel, donde me di cuenta de que me había dejado el idolatrado diario de mi bisabuelo en el restaurante. A esas alturas, me convenía más telefonear desde Recepción que dar media vuelta y plantarme de nuevo en “Las Brujas”.
Entré muy agitado en el hotel, apresurándome al mostrador de la recepción cuando el conserje se me acercó y me dijo:
- Acaban de traerle este paquete que se había dejado en el restaurante donde ha almorzado, señor.
Aliviado, dejé escapar el aire y aferré el diario manuscrito de mi bisabuelo donde había consignado su viaje al Perú en 1908 y todo lo que había acontecido después. Junto a él había una nota, en papel reciente, escrita a mano:
“Te espero en Cachiche“.
Debajo, unos labios silueteados con carmín y una firma: Ailén.

Enrique García Luque

domingo, 21 de febrero de 2016

Un buen camino para crecer en la Fe

Como bien es sabido, las Cofradías en nuestra sociedad son unos instrumentos potentes de llamamiento o reclamo social. Se organizan en las mismas como grupos pertenecientes a una Parroquia y colaboran por el bienestar de la Cofradía y, por ende, de la Parroquia. Las hermandades y cofradías han contribuido enormemente al florecimiento de la vida cristiana entre nosotros mismos. Estas asociaciones religiosas han aportado un importante caudal a la vida espiritual de nuestro pueblo y actualmente continúan alimentando la vida cristiana de muchos católicos repartidos por toda nuestra geografía.

En esta vida cristiana conviene distinguir entre lo importante y lo secundario, un ejemplo de esta confusión, podría ser la supervaloración de las promesas o las ofrendas: “no asisto a Misa del Domingo, pero voy cada viernes a visitar a la imagen de mi devoción.”

Y es que ser cofrade cristiano no puede limitarse a unas prácticas religiosas exigidas por unos Estatutos, se tiene que notar en la vida diaria. Hay que ser cristiano de corazón y no conformarse con serlo solo de devociones. Es necesario hacer descubrir a nuestra gente menos formada, la riqueza de nuestra fe y qué es lo esencial, entonces se actuará de otra manera y las prácticas religiosas las realizarán no como una obligación, sino como una necesidad interior.

Las cofradías no se entienden sin su estética y su manera de vivir la fe, sin ella no seríamos una cofradía, sino una asociación de fieles, sin la fe no serían lo que son, serían una asociación histórico-cultural, pero no una cofradía.

Desde la Iglesia se nos llama continuadamente a la necesidad de una formación progresiva y adecuada: “Para que los laicos puedan desempeñar adecuadamente y con celo sostenido esta misión, necesaria e ineludible hoy más que nunca, tenemos que ofrecerles instrumentos de formación de su ser cristiano y de su vocación peculiar. Hay que reconocer a los laicos el derecho que tienen a recibir formación en la Iglesia. Ellos, a su vez, tienen la responsabilidad de esforzarse por formarse más y mejor con la ayuda de los pastores y con los medios con que cuenta la comunidad cristiana a este respecto (Apostolicam Actuositatem n.29).” Sin embargo, con juicio crítico al respecto, encontramos que este movimiento cofrade y cristiano puede resultar en algunos casos demasiado básico, cuando no, repleto de desorientaciones o contradicciones.

Los cofrades de nuestro tiempo alcanzan unas personalidades religiosas y formativas de lo más variadas, no solo a nivel individual y personal, sino también difieren entre sí de unas provincias y ciudades a otras. Siguiendo en esta línea, hemos de destacar una característica esencial que nos encontramos: existe una diversidad formativa, cristianamente hablando, que no puede ser tratada del mismo modo y en todos los casos, ya que corremos el riesgo de realizar tareas educacionales demasiado simples para unos, o demasiado complejas para otros; esto es, aburrir a los que disponen de una mejor formación, o ahuyentar a los que disponen de menor formación por no entender determinados conceptos o prácticas habituales.

La realidad a la que hemos de hacer frente en nuestra sociedad es de todos bien conocida: secularización, abandono de los sacramentos, aborrecimiento por todo lo que implique orden, mandato o precepto preestablecido, es decir, a las mismas estructuras de la Iglesia, carencia (en ocasiones profunda) de la fe, etc. La única forma posible de enfrentar estos y otros muchos problemas –la mayoría provocados por una posición pasiva, acomodada y despreocupada del laico-, ha de ser logrando la superación de esta formación deficiente desde una perspectiva y posición misionera que se nos ha encomendado. Es el único modo de poder cumplir con éxito la finalidad de tener una atención prioritaria a la educación básica y permanente de los fieles cristianos en el seno de las Hermandades.

Todos ellos (asociaciones, movimientos y agrupaciones de fieles) alcanzarán tanto mejor sus objetivos propios y servirán tanto mejor a la Iglesia, cuanto más importante sea el espacio que dediquen en su organización interna y en su método de acción, a una seria formación religiosa de sus miembros. En este sentido, toda asociación de fieles en la Iglesia debe ser, por definición, educadora de la fe (Catechesi tradendae, n.70).

Si bien, también hemos de partir de la idea de que la formación es una opción libre en la que el cofrade participa o no voluntariamente en función del interés que le despierte y del grado de concienciación que logremos transmitirle. Pero tal y como se deduce de lo expuesto, se nos exige (y se nos ha de exigir) una formación cristiana adecuada hacia nuestros cofrades. Y así pertenecer y formar parte de este grupo parroquial de un modo óptimo, positivo y fructífero. Conociendo y practicando la fe cristiana de un modo acertado, sin desviaciones ni contradicciones.

 Francisco de Asís Linares Martínez

martes, 16 de febrero de 2016

LAS ARRAS DE RUTH Y RAÚL

Hace unos días contrajo matrimonio mi hija Ruth y como ya ocurrió con otros de mis hijos yo les proporcioné las arras para la boda.
Por diversos motivos pensé en 13 monedas hispanomusulmanas, y cuando lo manifesté se me objetó que cómo iba a emplear ese tipo de monedas en una boda cristiana. Y pensé que eso no ocurriría si se empleaban por ejemplo denarios romanos; si en el primer caso se trataba de otra religión, en el segundo estábamos hablando de ateos. Por ese motivo me decidí por las monedas musulmanas.
Y decidí, dada su belleza, seleccionar piezas acuñadas en Medina Azahara.
Los trece dirhames que se exponen a continuación están acuñados en la mítica ciudad, y son las monedas que componen las arras en su matrimonio.
Veámoslas pues merece la pena:


Abderramán III, 337 H, Medina Azahara
Peso: 3´25 gr; diámetro: 25 mm

Abderramán III, 337 H, Medina Azahara
Peso: 2´63 gr; diámetro: 25´3 mm

Abderramán III, 337 H, Medina Azahara
Peso: 3’29 gr; diámetro: 24´5 mm

Abderramán III, 337 H, Medina Azahara
Peso: 2’69 gr; diámetro: 24’5 mm

Abderramán III, 337 H, Medina Azahara
Peso: 3’04 gr; diámetro: 25´5 mm

Abderramán III, 337 H, Medina Azahara
Peso: 2 gr; diémetro: 25 mm

El bloque más numeroso lo componen seis dirhames del año 337 H (947-8 JC), y como se puede ver son bellísimos tanto por los adornos que portan como por la escritura empleada.
Quiero hacer notar que son de las primeras piezas acuñadas en Medina Azahara, fabricación que había comenzado en ella el año anterior. Que se comenzase a acuñar en esos años no significa que se inaugurase en ellos la ciudad, pues la corte ya llevaba varios años en ella.
No voy a extenderme, simplemente que las veais despacio y observeis los adornos florales de su reverso. Es difícil encontrar piezas en mejor estado. 


Abderrmán III, 338 H, Medina Azahara
Peso: 2’56 gr; diámetro: 24 mm


Abderramán III, 338 H, Medina Azahara
Peso: 2’73 gr; diámetro: 24´5 mm

Abderramán III, 340 H, Medina Azahara
Peso: 2’84 gr; diámetro: 23’23 mm

Abderramán III, 344 H, Medina Azahara
Peso: 3’9 gr; diámetro: 24 mm

En los años sucesivos irán desapareciendo esos adornos, sobre todo a partir del 340 H hasta la muerte del califa en el 350 H


Al Hakem II, 351 H, Medina Azahara
Peso: 2’92 gr; diámetro: 26’4 mm

Al Hakem II, 351 H, Medina Azahara
Peso: 2’7 gr; diámetro: 24’9 mm

Al Hakem II, 361 H, Medina Azahara
Peso: 3’06 gr; diámetro: 26’4 mm

En el 350 H encontramos ya piezas de Al Hakem II, y en esos primeros años se distinguen perfectamente de las de Abderramán, su padre.

El último dírham puede llevar a engaño. Da la impresión de haber sido recortado pero no es así; lo que le ocurre es que el flan metálico sobre el que se acuñó era menor que el cuño, siendo precisamente de los denominados de gran módulo. Llama la atención la limpieza de la escritura.

La ceca de Medina Azahara tuvo una intensísima actividad pues en ella se acuñó toda la moneda de la España musulmana, pero a su vez una vida efímera, unos 30 años, desde el 947 al 977 de la era cristiana salvo algún año extra. Unos pocos años después  la ciudad fue asaltada e incendiada por los propios musulmanes comenzando así la destrucción de la misma.

          Juan Manuel López Márquez